El fin de la era sin fin: ¿tiene sentido el consumo?

Es verdad que no sabemos para dónde vamos. Pero esa es solo otra de las verdades que por fin han salido a la superficie: nunca hemos sabido para dónde vamos. Yvon Chouinard

Por Sandra Oróstegui

 

La astrología viene anunciando el cambio de era. El coronavirus, según ella, es sólo un pequeño temblor del verdadero terremoto que revolcará al mundo humano. Quizás por eso, muchos dicen que la pandemia no cambió nada. Lo cierto es que si les creemos a los astros, aunque los consideremos profetas dementes, la era sin fin está llegando a su fin. Yvon Chouinard

 

Leo en el New York Times que Macrón habla del “fin de la abundancia”. Europa, el paraíso que se enriqueció a punta de saqueos y explotación del resto del planeta , empieza a hablar de racionamientos, cierres de fábricas, austeridad y escasez. Más al este, por el contrario, los chinos crean tiendas fast fashion que les permiten a miles de personas adquirir cantidades casi ilimitadas de ropa, al tiempo que muchos se preguntan si el camino del desperdicio nos mantendrá con vida en el planeta. Y aparece en el horizonte una pregunta que hace cincuenta años era imposible  ¿tiene sentido el consumo?

 

De hecho, el multimillonario Yvon Chouinard, dueño de la marca Patagonia , en 2011 invitó a sus consumidores a dejar de comprar las chaquetas y preferir la ropa de segunda. Ahora dio un pasó más y decidió deshacerse de su fortuna para salvar al planeta. “Esperemos que esto influya en una nueva forma de capitalismo que no termine con unos pocos ricos y un montón de pobres”. Con el proyecto Chacabuco que busca dedicar el dinero de la empresa a trabajar por el planeta se vislumbra muy cerca la idea de que los límites de la naturaleza quizás se impongan sobre la ilusión de la riqueza ilimitada.

 

Caen, poco a poco, los mitos del éxito a costa de no dormir, de pasar hambre, de quedar encerrado en el cubículo de la oficina en jornadas interminables. Por fin los chefs, esos esclavos del capricho de comensales irritantes y desconsiderados,  empezaron a denunciar los fuertes impactos psicológicos de su labor. Por primera vez los gritos de un Gordon Ramsay se llaman por su nombre: maltrato.

 

El teletrabajo también develó la densidad de las oficinas. Sabíamos que eran  nidos de chismorreos y quejas silenciosas, pero al quedar encerrados en la casa, la sospecha se ratificó. Además, las pérdidas masivas de empleo despertaron lo que observo como una silenciosa protesta contra “el lugar de trabajo” y ahí derecho, contra la idea de trabajar.

 

Es verdad que no sabemos para dónde vamos. Pero esa es solo otra de las verdades que por fin han salido a la superficie: nunca hemos sabido para dónde vamos.

 

La proyección de crecimiento incesante, éxito ilimitado y riqueza infinita fue una ficción muy bien narrada. Probablemente construyamos una nueva fábula para seguir sosteniendo la vida humana. Yo espero que esta vez la vida no sea un personaje secundario y que la pintemos tal como es: mortal.

 

Su Renaul 6 se la bancó por toda la Ruta 40, al atravesar la Patagonia. Fotos: Luiyi Urli. Yvon Chouinard

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