Amado descansa en su cocina después de un largo turno de trabajo en Jackson Heights, Queen. (Ryan Christopher Jones/The New York Times)
Amado descansa en su cocina después de un largo turno de trabajo en Jackson Heights, Queen. (Ryan Christopher Jones/The New York Times)

NUEVA YORK — En Nueva York, la esperanza a veces te cuesta el sol.

La ciudad les da la bienvenida a los inmigrantes pobres, pero sus viviendas no. La mayoría de las rentas están más allá del alcance de personas como Amado, quienes llegan buscando una mejor vida o más dinero que puedan enviar a casa.

Por eso recurren a los sótanos de Queens.

Debajo del barrio se encuentra una sombría ciudad de apartamentos ilegales, donde no entra la luz.

Los propietarios de casas para una y dos familias han convertido sus sótanos en dormitorios improvisados, construidos de manera ilícita con pasillos estrechos, habitaciones sin ventanas, muros tambaleantes y cableado eléctrico enredado. No hay un recuento preciso de cuántos existen, pero los cálculos se aproximan a las decenas de miles.

Los sótanos, un secreto a voces, son un refugio para miles de personas que trabajan en cocinas de restaurantes, en bicicletas como repartidores, en pequeñas fábricas y en sitios de construcción.

Viven solos en pequeñas habitaciones o comparten espacios compactos con desconocidos, o incluso duermen por turnos. Los apartamentos son indudablemente peligrosos. Sin embargo, también hay una suerte de seguridad ahí. Inmigrantes de todo el mundo, que se encuentran en el país de manera legal e ilegal, han encontrado un santuario en Queens con personas que comparten su lengua, su comida y su cultura.

La habitación pequeña y oscura donde Amado se queda cuesta 650 dólares al mes. A él le toca pagar 325. Su compañero de habitación está en el país ilegalmente, al igual que el hermano de su compañero, quien a principios de este año se quedaba con frecuencia a dormir y compartía una cama individual. Los hermanos dormían uno al lado del otro, pies contra cabeza, mientras Amado descansaba en su propia cama individual, leyendo en silencio el Antiguo Testamento.

Amado, a la derecha, mientras trabaja en el restaurante mexicano Tulcingo en Jackson Heights, Queens. (Ryan Christopher Jones/The New York Times)
Amado, a la derecha, mientras trabaja en el restaurante mexicano Tulcingo en Jackson Heights, Queens. (Ryan Christopher Jones/The New York Times)

En su rincón de la habitación, se veía el brillo de la pequeña televisión, donde pasaban las noticias y las telenovelas, lo cual proporcionaba algo de luz.

Entrecerraba los ojos para alcanzar a ver, incluso con sus gafas puestas.

UN SECRETO A VOCES

Queens es el barrio más diverso de la ciudad, un lugar donde se hablan 800 idiomas. Los comerciantes trabajan hasta entrada la noche porque la gente siempre está camino al trabajo o de regreso.

En todas partes, letreros de “SE RENTA” adornan las ventanas de las casas y tapizan los postes eléctricos. No hay explicación de las reglas ni advertencias de peligro. Los apartamentos en los sótanos varían considerablemente en tamaño, calidad y legalidad.

La amenaza de redadas por parte de las autoridades de inmigración provocó que los residentes estuvieran nerviosos todo el verano. Sin embargo, los inmigrantes dijeron que aún se sentían muy protegidos en Queens, donde hay más acceso a ayuda legal gratuita para sus casos.

También pueden encontrar viviendas menos costosas que en otros lugares, aunque no cumplan con los estándares de construcción de la ciudad. Ocho zonas en Queens se mencionan de manera constante como los diez lugares de la ciudad donde más se han presentado quejas debido a adaptaciones ilegales en las casas.

Esas adaptaciones pueden provocar tragedias, entre ellas casos en los que los residentes no pudieron escapar de incendios que se propagaron rápidamente hasta envolver los sótanos donde vivían.

(Ryan Christopher Jones/The New York Times)
(Ryan Christopher Jones/The New York Times)

Impulsada por grupos de defensa como Chhaya, que se enfoca en las necesidades de vivienda de los residentes surasiáticos, la ciudad hace poco comenzó un programa piloto que proporcionará préstamos a los propietarios para que instalen ventanas, detectores de humo y de monóxido de carbono, y salidas independientes. Sin embargo, el programa solo beneficiará al 40 por ciento de los propietarios de casas en Brooklyn.

Las leyes de la ciudad establecen que los techos de los sótanos deben tener al menos dos metros de alto, los espacios de viviendas deben tener una ventana y la ciudad tiene que aprobar los departamentos con un certificado de ocupación, antes de poder rentarlos.

Ese tipo de reglas hacen que prácticamente todas las viviendas de sótanos que se ofertan en Queens sean ilegales, entre ellas el hogar de Amado. Los techos de su habitación miden menos de dos metros, y el espacio no tiene detectores de humo a la vista. Más de la mitad de los departamentos se encuentran debajo de las casas, por lo que técnicamente son sótanos. En Nueva York, todas las viviendas ubicadas en sótanos son ilegales.

 

VIVIENDO EN EL SÓTANO

En la entrada del hogar de Sosimo y Dalilia, hay un nido de cables que parece un desastroso plato de espagueti que se quedó pegado a la pared después de que lo lanzaron.

El matrimonio trabaja en un servicio de limpieza en seco y vive con dos hombres más en un sótano con paneles de madera bajo tierra.

Se mudaron ahí cuando su hija Jessica, ahora de 27 años, se fue a la universidad para poder pagar su colegiatura. Antes pagaban 1600 dólares al mes por un departamento. Ahora pagan 500 dólares al mes por su habitación.

Amado baja las escaleras hacia su apartamento en un sótano en Queens. (Ryan Christopher Jones/The New York Times)
Amado baja las escaleras hacia su apartamento en un sótano en Queens. (Ryan Christopher Jones/The New York Times)

La estrecha cocina consta casi en su totalidad de una estufa conectada a un tanque de propano diseñada para cocinar al aire libre. Sin embargo, no pueden usarla durante el verano porque el departamento alcanza temperaturas insoportables.

Hay otras casas que son legales y están bien iluminadas. Oksoon Son, de 65 años, se mudó hace casi dos años al sótano de la casa que rentan su hija y su yerno, pues quería ayudar a criar a sus nietos.

Es el tipo de lugar que a la ciudad le gustaría desarrollar a través del programa piloto. Su departamento está muy limpio y apenas puede encontrarse una sola partícula de polvo. Dos globos de helio que quedaron de la graduación del jardín de niños de su nieto flotan en el techo.

Son, quien antes se dedicaba a la manicura, llegó a Queens desde Corea del Sur en 1980. Después de pasar tiempos difíciles, como cuando vivió en un refugio para indigentes durante más de un año, crio a su hija y a su hijo en las unidades habitacionales públicas de Queensbridge.

Logró cumplir su sueño de forjar una mejor vida para sus hijos, y disfruta cada momento en el que cuida a sus tres nietos.

Amado con su esposa, Justina en una celebración de cumpleaños en San Pedro Cuayuca en Pubela, México. (Ryan Christopher Jones/The New York Times)
Amado con su esposa, Justina en una celebración de cumpleaños en San Pedro Cuayuca en Pubela, México. (Ryan Christopher Jones/The New York Times)

“Me gusta este lugar”, dijo en coreano una tarde mientras la luz de las ventanas iluminaba todo el lugar. “Me encanta cómo entra el sol”.

 

LA LUZ

Eso es lo que quiere Amado. Un poco de sol, del que apenas disfruta cuando camina al restaurante donde ha trabajado seis días a la semana durante once años.

Amado, que tiene más de 50 años, ha vivido en Estados Unidos durante casi 29 años, después de haber llegado aquí gracias a un traficante. Primero atravesó California, en autobús, para llegar a Brooklyn con su hermano y después terminó viviendo en esta habitación de sótano en Queens. Ahora está en el país legalmente y puede ir y regresar a México.

“Fui el primero de la familia en llegar aquí”, dijo en español. “Para mí fue muy difícil. Me daban mucho miedo las escaleras eléctricas, por ejemplo”. Amado se rio de sí mismo.

No tiene una vida social de verdad en Nueva York. Los miércoles, va a Make the Road New York, una organización sin fines de lucro que opera en la avenida Roosevelt. Dice que está en deuda con ellos, por la asesoría legal que le proporcionaron hace dos años, cuando tuvo problemas con su green card. Asiste a casi todas las manifestaciones para prestar su cuerpo y su voz a cualquier causa que lo necesite.

(Ryan Christopher Jones/The New York Times)
(Ryan Christopher Jones/The New York Times)

Los demás días se la pasa en el sótano donde el brillo de su celular, que es su conexión con la familia que dejó en México, le proporciona un poco de luz adicional.

Una pared de la habitación de Amado refleja el sacrificio que hizo: colocó recibos en la pared: los depósitos bancarios y los giros postales que le envió a su esposa en Coatzingo, México.

Amado anhela estar en Coatzingo, su aldea de origen donde vive su familia. Puede viajar allá solo dos veces al año.

Con el dinero que ahorra viviendo austeramente en el sótano en Nueva York, es mecenas de su familia y del pueblo, pues usan sus ganancias para comprar pequeños lujos, como una pantalla plana de gran tamaño.

Por eso está en Nueva York. Si Amado se hubiera quedado en Coatzingo, lo más probable es que no habría conseguido un trabajo para mantener a su familia. Los cultivos de la granja de la familia rinden frutos pero producen pocas ganancias.

Planea quedarse en Nueva York por lo menos cinco años más, cuando cree que habrá ahorrado suficiente dinero para tener una buena vida en México y darles a sus hijas la opción de vivir en Estados Unidos para cumplir cualquier sueño que tengan.

Hasta entonces, seguirá viviendo en la oscuridad.

*Copyright: c. 2019 The New York Times Company