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Viaje ¿Sin Retorno?

 

 

¿sin retorno?

Por Diana Marcela Díaz Granados

 

 

Muchas han sido las veces en que me pregunto por qué esa necesidad absurda de contornear  la verdad y perpetuar la falsa expectativa de un probable retorno a casa cuando un familiar estrecho como el caso de la abuela, o un amigo queridísimo de la infancia, o la vecina confidente o un colega súper camarada de tu antiguo trabajo te pregunta: ¿cuándo será que piensas regresar a tu país? La respuesta puede sonar rara, sobrada y hasta ruda, pero tiene un carácter profundamente honesto: donde estoy lo tengo todo. Resulta ser que este nuevo hogar del cual usted hace parte ahora es tan acogedor, tan cómodo, tan amañador que bastan esas cualidades para alcanzar el anhelado equilibrio duplo, alma y cuerpo. Un nuevo mundo estará siempre atiborrado de nuevas experiencias culturales, gastronómicas, religiosas, académicas, políticas, etc., con las cuales lidiar. Ese bendito cuento amenazador del afamado Síndrome de Ulises por lo menos en mi caso pasó desapercibido. Y no es justamente porque me crea la mujer maravilla o la sobrina de Darwin y tampoco porque pretenda pintar el panorama como el edén más perfecto (porque para colmo llegué al peor momento de crisis del país, el de la Rousseff). No. Yo lo llamaría estrategias empíricas y precarias de dominio propio y algo de suerte. Una especie de soporte vital básico. Cuando se es capaz de esquivar el estrés crónico proveniente de un centenar de incertidumbres en el país receptor, el nivel de adaptación se hace cada vez mayor. Para citar un ejemplo en mi caso particular, debo confesar que la mayor dificultad fue, es y seguirá siendo la lengua. Esa barrera que uno cree superar en un par de meses porque viene creyéndose uno esa mentira popular que le venden sobre conseguir hablar otro idioma en sólo tres meses, o aquella teoría reforzada que justifica que como el latín es la raíz de todo lo habido y por haber va a quedar de papayita lograr sacar cualquier lengua de manera tan fluida como al estilo de Shakira. Puras y físicas mentiras. Yo sufro el impacto y la impotencia de comunicarme en otra lengua. Les aseguro que así sean los clichés más sonados, Ranqueados y famosos del globo, nunca se podrán comparar un “te amo” a un “adoro você”; un “gracias” a um “obrigado”. ¡Jamás!. Aspectos como entonación, nasalidad, ritmo, eso tiene un arraigo y una familiaridad tan profunda que procede del vientre materno, esa codificación tan específica alcanza dimensiones epigenéticas, es increíble. En mi caso ese minishock lo vivo en carne propia especialmente cuando me expongo en esferas académicas o sociales donde por derecha hay que argüir de manera inteligente e impecable, evitando a como de lugar el temido –oso- y donde hay una alta probabilidad de una descollado, se venga con toda la fuerza amenazadora la avalancha de pleonasmos. No podemos ser tan ridículos de creernos nativos sólo porque vivimos 2 meses en aquel país lusófono o en este otro franco hablante. Esa expresividad tan variable es tan atrayente que mayor es el ímpetu de abordar lenguas con estructuras tan pero tan complejas como las que nos ofrece el continente del sol naciente. Y así por delante van extruyendo un sinnúmero de desafíos quizá gestados en un pasado transitorio y que ahora hacen mella en el inconsciente y se aprovechan del escenario actual para manifestarse. Como decía Einstein “la mente que se abre a una nueva idea, jamás vuelve a su tamaño inicial”. El chip cambia. El software se actualiza, la memoria aumenta en tamaño, las sinapsis neuronales se propagan, se establecen nuevas conexiones de red. Hay mayor plasticidad. Somos los mismos pero diferentes. Como hacer un rectángulo con una hoja de papel y luego rasgar en cualquiera de sus lados una pedazo imperceptible. ¿Es la misma figura? Parece, pero no lo es. Nos convertimos en individuos con perfiles aptos para todo, multifuncionales: atletas, bailarines, políglotas, mediadores de paz, maestros zen, jefes de cocina, científicos acérrimos, bohemios, amantes del arte, mejor dicho unos sibaritas orgánicos. Se siente el sabor de la libertad. La gloria inmarcesible. El hambre de más mundo. Soñamos con morir después de los ochenta porque nos queda corta la realidad que estamos viviendo. Por eso la mayoría como yo, seguirá respondiendo: aquí estoy y aquí me quedo.

 

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