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¿Qué es un niño?

¿Qué es un ?



Por: Carlosgermán Celis E



 

Quizá parezca una pregunta obvia. Más si se piensa que niños nacen todos los días y no es difícil verlos en la mayoría de lugares que frecuentamos. Además, los ha habido a lo largo de toda la historia del hombre. Sin embargo, si se reflexiona, por ejemplo, en la declaración universal de los derechos del niño es sorprendente advertir que surge apenas en 1959, es decir, que tuvimos que esperar a mediados del siglo XX para que se le reconociera como un sujeto con derechos. Lo anterior, permite escudriñar brevemente la historia de la infancia, pues no siempre se le vio como lo exhibe hoy la publicidad, en sus comerciales de pañales y juguetes, para quienes un niño es un ser feliz, siempre sonriente, sin angustias e inmerso en un provocativo mundo de fantasía e ingenuidad al que, incluso, el adulto anhela retornar. En el medioevo los niños eran paridos y dejados en cualquier lugar, fue cuando la iglesia inventó al niño Jesús y santificó la infancia, que la familia y la maternidad adquirieron un valor especial. Esto disminuyó la tasa de mortandad infantil y descongestionó los monasterios a donde iban a parar los niños abandonados, que una vez crecían eran útiles para labrar las tierras y cultivar los terrenos de los monjes y los príncipes. Cuando aparece el ideal de la sagrada familia empieza a ser sancionado el abandono y la matanza de niños para ir construyendo la representación de una futura mano de obra que era necesario cuidar, o que en la pubertad podía ser objeto de oferta matrimonial con fines de utilidad. Ya en el siglo XVII con la formación de la pedagogía ilustrada se reconoce en el niño un ser que tiende a las pasiones y por eso es necesario inventar métodos correctivos e incluso violentos para hacer de ese pequeño salvaje un hombre de bien, un hombre a la altura de los ideales de su . La necesidad de la disciplina introdujo la importancia de que los adultos se hicieran cargo de la educación de los niños y por tanto era necesario brindarles cuidados distintos. De esta manera se fue pasando de una indiferencia a una preocupación por el niño, lo cual, dio apertura a que el siglo XVIII descubriera la infancia. Esto implicaba reconocerlo no solo en su candidez, como se lo imaginaron los padres de la iglesia tan amnésicos sobre su propia infancia como los publicistas de hoy, sino también como alguien que tiende a la maldad y a unas formas de gozar que no dan cuenta de su inocencia. Entonces reconocerlo en sus modos de satisfacción sexual y su capacidad para el mal, justificó la disciplina y las tecnologías del castigo que se presentaron como los rudimentos de la pedagogía. Luego, en el siglo XIX, al mejor estilo del maquillaje burgués, estas prácticas se perfilaron y la coerción fue dejando de ser física para ser más moral y mental. Además la creciente burguesía en su afán de hacerse a un reconocimiento como el de la aristocracia, y que no obtenía por la gracia de la sangre sino por efecto de la transacción comercial,  le otorga al niño el valor de quien representa el futuro de la familia, y no tanto en la vía del linaje sino como protector del patrimonio y continuador de la mercadería. En este sentido, el niño no es visto tanto como el milagro de la continuidad de la vida sino como una inversión tanto afectiva como económica. Ese valor patrimonial del niño hizo que se le viera como un adulto pequeño, se lo vestía como tal y se lo obligaba a adoptar comportamientos de grande que se reforzaban con sus cuidadores y en las escuelas. Estos aspectos también fueron labrando un reconocimiento del niño, del infans, que quiere decir el que no habla, y le fueron otorgando una cierta especificidad tanto social como psicológica. Esta fue en gran parte la apertura para que occidente fuera valorando al niño en el ámbito familiar y la manera en que se le fue dando un lugar a la infancia. Lugar que en este siglo ha sido tomado especialmente por la publicidad, como discurso que impone las coordenadas sobre lo que ha de entenderse por un niño, y con ello su imperativo de felicidad en el consumo, que lo han ido convirtiendo en un objeto de intercambio económico en nombre del afecto. Un niño es una pregunta que se abre desde la fragilidad de un ser que depende del otro para existir, de que alguien lo aloje en su deseo para que pueda ser posible su existencia. nos enseña que el hombre es el animal que al nacer es el más indefenso, el más prematuro para enfrentar los avatares de la vida, de ahí su dependencia, y la que se actualiza cada vez que se ve amenazado con la pérdida de algo que le es querido y tan necesario como una parte de su propio cuerpo. llamó a  esta experiencia la , la pérdida que a la vez es un llamado a saber, a preguntar, a construir y a inventar. Por eso el niño es preguntón, porque cuando pregunta no solo desafía y sorprende el saber del adulto sino que demanda respuestas para ganar algo de confianza en su manera de estar en el mundo que va construyendo. En el niño que pregunta está la interrogación de por qué es un niño o una niña, de cómo vino al mundo, cómo nacen los hermanos, o por qué no tiene hermanos, preguntas con las que intenta hacerse a un saber para atenuar su angustia. Cada niño con sus preguntas nos enseña qué es un niño y dependiendo de cómo se le responda va haciéndose a recursos en lo simbólico que le dan una idea del lugar que ocupa en la vida de sus padres y de los demás. Cada adulto, sin ser muy consciente de esto, responde al niño desde lo que piensa es un niño. Según como cada uno entienda qué es un niño así lo trata. Si cree que es alguien que no entiende o que no tiene la inteligencia suficiente, desde esa posición emergerá la calidad de sus respuestas. Freud define al niño como un investigador, es decir, como alguien que no rechaza el saber; sin embargo, nuestra sociedad enmascara la curiosidad del niño con un gran culto por lo infantil, basado en el imaginario de que habita en una felicidad ilimitada. El juego del niño, su comportamiento, e incluso gran parte de sus malestares, constituyen las maneras en que responde al saber que le viene del otro. El rechazo al saber no es propio del niño, el que no quiere saber nada de lo que le acontece, de lo que le hace sufrir, y prefiere desperdiciar la vida en distracciones es el adulto infantilizado, que niega la , porque le recuerda que aunque no pidió venir al mundo ha de justificar su existencia. Esos adultos cada vez con menos tiempo para ser padres porque trabajan para pagar su felicidad y la de sus hijos, los ingresan en una saturación del tiempo propio de la infancia, con los imperativos mercantiles de estimulación que prometen niños más inteligentes, competitivos y felices, que con agendas cada vez más apretadas saltan de una actividad a otra, y si esto fuera poco también tienen que ir al colegio. Todo esto que movido por el delirante imperativo de triunfo social y la obligación de ser feliz y exitoso, nos va imponiendo un ideal de niño que por efecto de saturación no es más que un olvido por lo infantil.

 

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