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El Pequeño Emperador o el síndrome de Peter Pan

Por Carlos Andrés Cruz
Psicólogo

Gracias a las diferentes plataformas tecnólogas que en la actualidad existen y a la facilidad de acceso que están tienen, el hombre puede comunicarse e interactuar de manera desbordada con casi cualquier persona en el mundo. Para nadie es un secreto que las redes sociales se han convertido en una extensión de la propia existencia, en un espacio en donde cada uno de nosotros podemos gritar desesperadamente que estamos vivos, de tal manera que “si no perteneces a una de ellas se podría afirmar que no existes”. Los expertos llaman a esto la hiperconectividad.

No me atrevo a imaginar esta dentro de unos 10 o 15 años si desde ahora muchas personas, atrapados quizás por la definición actual de la existencia en términos informáticos o tal vez por la distorsión del principio de realidad que el amor suele producir, los de familia, abuelos o tutores en general buscan el reconocimiento de “estrellas de Hollywood” para sus hijos, nietos o a cargo, encontrando como refugio y aliado a las redes sociales (registro civil de los actuales). Alimentando desmesuradamente el ego, y fortaleciendo el desequilibrio entre los grandes principios que rigen la vida del ser humano tanto individual como socialmente hablando: el principio de realidad Vs Principio del placer.

Dentro de las conductas más comunes se encuentran la publicación de múltiples videos, GIF y fotos, regalos sin esfuerzo y tratos especiales, todos ellos dignos de un “rey”, dignos de una estrella brillando en la estratósfera “centros del universo”, del que termina gobernando las vidas de sus progenitores, profesores y personas cercanas; y aunque parezca un poco exagerada este tipo de concepción, la realidad salta a la vista, basta con entrar a cualquier red social para darse cuenta de las miles de publicaciones que a diario son realizadas, todas estas con el mismo patrón y mensaje particular “este es mi jeque, esta es la próxima estrella…” y en este momento no estamos reflexionando sobre los limites que todo ser humano necesita para vivir y relacionarse con su entorno. Para el psicoanálisis la única manera de asir la realidad es a través de los símbolos y estos a su vez le dan contorno a nuestra realidad en el mundo, lo real solo se puede alcanzar a través de los límites, de lo contrario esa realidad se distorsiona de manera contumaz.

No hay nada de malo en amar a nuestros hijos, en darles el cuidado que ellos requieren y hacerlos sentir importantes para nosotros, el problema radica en la medida en que les tratemos como si en el mundo no hubiese alguien mejor que ellos, en percibirlos como dioses e idolatrarlos de tal forma que pareciera que todo el mundo debería estar rendido a sus pies. Y acá volvemos a la realidad, que se distorsiona y esos niños que deberían ser buenas personas terminan desbordando su entorno y la vida que los rodea. Sin respeto por sus semejantes, sean estos cercanos o no.
Producto de esta forma de “si acaso se le puede llamar así”, se están enviando a la sociedad personas arrogantes e inútiles, con el ego bien inflado, vanidosos, mantenidos y narcisos, en otras palabras, despreciables dentro de la sociedad. Que no se les haga extraño cuando no les puedan hablar mientras estén con sus amigos, que no se alarmen cuando ni si quiera puedas ordenar una acción o pedirle un favor y mucho menos solicitarles acatar una orden o reglas, si es que las hay, dentro de la casa; es más, me atrevo a pensar que serán precisamente ellos quienes las impongan y modifiquen a su gusto, dentro de las cuales estaría la de mantenerlos hasta los 40 años. Hace unas décadas apareció un concepto que aunque no ha sido aceptado por los especialistas y las instituciones de salud mental, como el famoso no lo han aceptado ha ganado terreno en la popular, gracias a el famoso libro El síndrome de , La Persona que nunca crece (The Syndrome: Men Who Have Never Grown Up) publicado en 1983 por el Dr. Dan Kiley. El síndrome de se caracteriza por la inmadurez en ciertos aspectos psicológicos, sociales y culturales. La personalidad en cuestión es inmadura y extremadamente narcisista. El individuo crece, pero la representación internalizada de su yo es el paradigma de su infancia que se mantiene a lo largo del tiempo. De forma más abarcadora, según Kiley, las características de un “Peter-Pan” incluyen algunos rasgos de irresponsabilidad, rebeldía, cólera, narcisismo, arrogancia, dependencia, negación del envejecimiento, manipulación, y la creencia de que está más allá de las leyes de la y de la ley por ella establecida. Todo esto sería una coraza defensiva para protegerse de su inseguridad, miedo a no ser queridos y aceptados. En ocasiones los que padecen este síndrome acaban siendo personajes solitarios. Con escasa capacidad de empatía o de apertura al mundo de los “grandes”, al no abrirse sentimentalmente, son vistos como individuos fríos o no predispuestos a darse, lo que vuelve como un “boomerang” a través de la no recepción de entregas o muestras ajenas de cariño. Algunos profesionales avanzando tal vez audazmente en sus diagnósticos los han denominado esquizo – afectivos.

Tomemos conciencia de este grave error y deleguemos las responsabilidades que cada quien, de acuerdo a su edad y función dentro de la sociedad, merece. Ocupando nuestro lugar de padres y modelos a seguir, debemos darles los elementos necesarios para que el niño sepa quién es y a qué lugar pertenece.

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