Uncategorized

La educación de la apariencia

 

 

 

La de la apariencia

 

Por: Edimar Ortiz

 

Una profesora de derecho alguna vez afirmaba: es mejor parecer que ser, pero ¿por qué querer parecer lo que no se es? El define el verbo ser en su acepción trece como: Corresponder, parecer propio. Es decir, la apariencia se corresponde con la esencia. Por otra parte, el mismo DRAE, define al verbo parecer en su cuarta acepción como: Tener determinada apariencia o aspecto, y en su quinta acepción lo define como: Asemejarse. Teniendo en cuenta las anteriores definiciones se puede apreciar una diferencia notable entre los dos conceptos: ser es corresponderse a sí mismo, parecer es asemejarse a algo o alguien que puede ser uno mismo u otro. Ser uno y parecer otro es un desdoblamiento improductivo que nos complica la vida y mucho más cuando hablamos de cuestiones económicas. En ese caso lo mejor que se puede hacer es la correspondencia entre lo que somos y la imagen que proyectamos, es decir: lo que parecemos.

 

En un mundo que se mueve a una velocidad a la que no podemos marchar sin renunciar a parte de nuestra esencia, sólo nos queda el refugio de la apariencia: no ser lo que los medios de comunicación, la publicidad ni el sistema financiero quieren que seamos -a ellos no les importa lo que somos-, sino parecer lo que ellos quieren que parezcamos. ¿Qué hacer para no quedarnos atrás en la carrera de ostentación? La respuesta nos la dan en todo momento los anuncios publicitarios: endeudarse. Recientemente hablando con un amigo argentino acerca del reciente de Argentina, concluíamos que la ha cambiado de objeto: ya no produce bienes ni transforma materias primas ni, mucho menos, presta servicios, su base es el crédito, generar deudas. La gran cantidad de créditos y de oportunidades de pago, nos dan la falsa idea de que podemos obtenerlo y acceder a todo de manera fácil e inmediata. No importa cuánto vendemos, importa cuánto nos deben.

 

La del y del esfuerzo cede ante la nueva cultura light: el endeude y la . Todo debemos obtenerlo ya porque si no se acabará la promoción o aquello que queríamos comprar habrá pasado de moda y no podremos lucirlo ante las personas para que vean cuán a la moda estamos, cuánto tenemos, incluso, de ser posible, debemos aspirar a lo que aún “no está en el mercado”. Literalmente debemos pavonearnos, mostrar esa cola inmensa y brillante con forma de abanico para impresionar porque es la mejor forma de tener amigos, pareja, estatus social, respeto y todo aquello que nos hace sentir bien. El estado de bienestar como sinónimo de la felicidad y la realización personal. Sin embargo, como dice una canción de Héroes del Silencio: la apariencia no es sincera.

 

En el documental Finlandia: el sistema escolar más asombroso del mundo se pregunta a varios estudiantes que están a punto de terminar la secundaria qué piensan estudiar y qué quieren hacer de sus vidas, las respuestas tienen un denominador común: la realización personal. La mayoría de los estudiantes no aspiran a mejorar su posición social ni a incrementar su capital, aspiran a desarrollar un proyecto de vida que tiene por base la realización como personas y la utilidad social no tasada en dinero. El sistema educativo finlandés busca crear ciudadanos que velen por los derechos y el desarrollo social a través de la construcción colectiva de conocimiento. Personas que sean personas, que sean seres humanos, seguros de lo que son y de lo que pueden llegar a aportar al proceso de construcción y desarrollo de los demás. Se podría refutar que en un país como Finlandia esta clase de respuestas y aspiraciones son posibles porque todos lo tienen todo: salud, educación, vivienda, recreación y demás condiciones necesarias para vivir, a diferencia de un país como Colombia donde las carencias económicas y sociales se ven reflejadas en carencias espirituales e inseguridades que buscan ser cubiertas con lujos y tecnología, tratando de imitar a ese primer mundo que tanto admiramos y envidiamos. Pero esta refutación carece de peso cuando notamos que los medios que utilizamos para parecernos a ese primer mundo, no son los adecuados, pues sólo imitamos la forma: vestirnos como ellos no nos hará ser como ellos.

 

Nuestra cultura, perpetuada por un sistema educativo en el que lo importante es lo adjetivo: obtener la nota más alta, parecer el más inteligente, acumular conocimientos sin contexto ni aplicación, o, en su defecto, parecer el más malo, crea personas frustradas que se conforman con un carro y una casa propia a costa de deberle plata a los bancos y a cualquier entidad de crédito. Pero esa misma cultura también crea narcotraficantes, sicarios, prepagos y toda clase de personas a quienes ni siquiera les es posible un crédito y simplemente cogen lo que necesitan, cobran al sistema lo que el sistema les ha debido durante toda una vida de marginación, así como el protagonista del cuento El cobrador, de Rubem Fonseca, ellos son los frustrados entre los frustrados. Habría que replantear un sistema educativo y una cultura que cede ante el paradigma posmoderno de la apariencia, lo efímero y lo inmediato y comenzar a plantearnos, como sociedad, preguntas que nos permitan a todos una verdadera realización como personas.

no critiques, crea

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *