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La Biblioteca de mi Madre

Toda la culpa es de la de mi madre

 

Por Miguel Castillo Fuentes

 

El primer que leí fue mi madre. Así es, ella fue el primer que leí porque cuando yo era apenas una criatura que no sabía caminar ni decir palabras que los demás pudieran entender, ella me leía cuentos. Ella, mi madre, desde que la conozco ha leído libros, no muchos, pero sí varios, los suficientes como para que una de las imágenes que asociaré siempre con la palabra “hogar” sea la de una biblioteca. Recuerdo que era un mueble de madera pintado de negro, y en su interior podía yo encontrar libros tales como Los viajes de Gulliver, en una edición especial para niños y que desde entonces es uno de mis libros favoritos; La peste, de Albert , el cual leí envuelto en un temor que hasta entonces no conocía; Cien años de soledad, en una edición que trucaría por otro libro y que años más tarde, por uno de esos azares comunes en la literatura de Paul , volvería a encontrar en una venta de libros sobre un andén de ; Coma, cuyo autor no recuerdo y nunca fui capaz de leer; Cocine de primera con Don Segundo, libro de cocina de un chef cuya cadena de restaurantes llegaría a conocer veinticinco años más tarde, cuando viví en Pasto; Historia económica de Colombia, de Salomón Kalmanovitz, libro que cambié por otro, y ella, por primera vez, se molestó porque ese “era un libro muy valioso”, y vaya que tenía razón; Triangulo de las Bermudas, un maravilloso compendio de historias de ovnis y cosas paranormales que de niño me encantaban, y otros tantos como enciclopedias, diccionarios, biografías y muchos más que hoy se me hacen imposibles de enumerar.

Todos esos eran sus libros, su biblioteca. Y esa biblioteca siempre estuvo a mi alcance, tanto que con el pasar de los años, y por la ausencia de riquezas económicas, fui cambiando por otros libros que yo quería leer y no podía comprar. Así, por mi culpa, su biblioteca desapareció para que en su lugar naciera una nueva, una que ha ido creciendo según mis propios caminos de . Ella, mi primer libro, jamás se molestó por eso –salvo, claro está, cuando perdí el libro de Kalmanovitz–, por el contrario, siempre me animó para que buscara nuevos libros, así los suyos tuvieran que irse.

Ahora que pienso en esto recuerdo también dos actos de ella que hoy, tantos años después, hacen que sienta algo tan bello por dentro que quiera llorar de la felicidad: el primero es que cada tanto, cuando era posible, ella me daba dinero exclusivamente para comprar libros; no era mucho, pero era suficiente como para ir a la librería de Piedecuesta o a la calle 45, en Bucaramanga, para terminar comprando uno o dos libros “de segunda” –extraño placer del libro ajeno, del libro ya leído por alguien que nunca conoceremos–. Y el segundo acto, uno que hizo que mi felicidad fuera absoluta, sucedió una tarde en la que me sorprendió con una salida al centro del pueblo con el único fin de comprar un estante que yo pudiera usar como biblioteca; todos mis libros estaban en un desorden absoluto porque ya eran muchos y ella, al ver esto, ahorró dinero en secreto para darme ese regalo con el que pude, finalmente, ver esos libros de pie, descansando uno al lado del otro, siempre como invitándome a leerlos. El resto es ya una historia que continúa escribiéndose, sin embargo quiero repetir algo: toda la culpa es de mi madre y esa biblioteca que ella tuvo siempre en casa.

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