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Carta a un profesor encantador

Por María Rodríguez

Charles, seamos sinceros: tú no me miras como a la mujer que está a mi lado. De hecho a ella ni la determinas, a mi sí. Oh, como quisiera saber qué está pasando por esa bella cabeza adornada por tu brillante pelo negro porque después de juntar dos diminutos papelitos en tu bolsa con mi nombre y te devolviste a preguntar quién era esa estudiante que quería trabajar doble… y esa era yo…- muerte de la vergüenza pensando quién carajos se le había ocurrido hacer eso para dejarme en ridículo- ese día me preguntaste cuál era el tema que quería trabajar para el semestre. Sin embargo, en una sonrisa que disimulaste muy bien, supe que esa pequeña equivocación te había gustado.
Sí, querido Charles, al siguiente día estabas especialmente atractivo. Gran acierto al comprar esa camiseta polo azul oscura que deja ver tus delgados pero musculosos brazos. No sé qué hacer contigo. Mi cabeza loca va de la esperanza al pesimismo muy fácil. Sí, me miras… es como si los únicos en el salón fuéramos esos locos preguntones–que se esfuerza por llamar tu atención- y yo –que espero tenerla toda para el resto de mi vida; ¿O será que crees que merezco más atención porque soy la más bruta de la clase?
¿Sabías que tengo un demonio amargado que habla en mi oído izquierdo y me dice que no puede ser, que el romance nunca ha sido fácil para mí y que esta vez no puede serlo? Ramón, el demonio, también me dice que aunque soy divertida, linda e inteligente (él me quiere un poquito), en este mundo hay viejas más divertidas, más lindas y más inteligentes que yo dispuestas a hacerte muy feliz. Incluso me dice que seguramente ya la tienes. Ramón puede estar en lo cierto.
Ramón es inteligente y se ampara en todos mis miedos y mis fracasos para hacerme dudar de esta bella historia o para impedirme soñar, para decirme que eres demasiado bueno para mí- por ese complejo absurdo de inseguridad que me acompaña-. Mi adorado tormento, es que todo este rollo del me ha sido negado. Piensa en todas esas mujeres a las que nunca ves solas, que pueden escoger entre 8 manes que se pelean su , que tienen 3 novios al tiempo… esa no soy yo. Ellas tienen un chip que a mí me fue negado. Me ha ido como a los perros en misa, diría mi abuelita.
Ayer cuando te detuve al final de la clase para contarte lo que había pasado con un chico, no te esforzaste en responderme: Tranquila, los hechos no cambian, pero los signos sí…- y sí, yo soy ese signo chiquitico de tu clase-. No te tomaste mucho tiempo. Y cuando nos encontramos en una pequeña librería de la ciudad me preguntaste cómo me había ido y si tu ayuda había sido útil. ¿Haces eso con todas tus alumnas? Seguramente, porque eres un ser de luz, amable y generoso.
Pero volvamos al optimismo, finalmente creo en ese llamado “Ley de la Atracción”. Las miradas, cosita deliciosa, son las miradas las que tanto me confunden. Hoy yo estaba concentrada en mis pies, viéndolos por debajo del escritorio, detallando mis nuevos zapatos que me quedan tan bien. Estaba distraída y en el fondo del mundo oía tu bella voz hablando con el resto de preguntones hambrientos del curso. Cuando levanté mi cabeza vi que me estabas mirando y me esquivaste rápidamente. ¿Esto te dice algo? Esa atención no merecida me da esperanzas o llenan este ego. Y no soy la más bruta de la clase, no Ramón.
Nada que hacer, siento que yo te gusto al menos un poquito. Un petit peu. ¿Y ahora qué hago? Seguro mis consejeros de cabecera me dirán que pa’ lante, que me tire de cabeza, que el que no llora no mama. Pero yo no quiero llorar ni mamar-bueno, no así- . No todavía. ¿Qué hacen las personas en mi situación?, ¿invitan a salir a su ? Dímelo tu Charles, debes tener algo de experiencia en este tema. Si ustedes lo vieran me entenderían. Su voz es gruesa, un poco ronca; tiene una sonrisa inocente y perversa a la vez; cejas pobladas y una de ellas se levanta para acentuar ciertas frases, además, de una barbita suavecita…

Pues creo que te invitaré a tomar un café, corriendo todos los riesgos. He pensado en todo tipo de respuestas posibles de tu parte: “sí, el otro año, cuando yo ya no sea tu profesor” o “claro, ¿puedo llevar a mi esposa que está embarazada y muere por el café aunque le hace daño a los gemelos?”, o “claro, yo te llamo” y ni siquiera me pidas el número. Todo puede pasar. También que tengamos el café mas idílico de nuestras vidas. Porque yo te gusto y tú me gustas… ahí está Don Ramón, de nuevo, diciéndome que seguro me miras tanto porque me parezco a tu tía solterona. ¡Cállate Ramón!
Después de cada fantasía irracional en cada una de sus clases, pasé durante todo el semestre por diferentes estados: negación –no me puede gustar mi profesor-, ira –jueputa, si sigo con esta estupidez me va a tocar cambiarme de clase-, inseguridad –me está mirando, ¿será que le gusto o notó mi mirada coquetona?- … Ya mañana acaba este curso, no sé si nos veremos otra vez. Entonces, me arreglaré para parecer que no estoy arreglada, llegaré a clase dos minutos después del comienzo para que me veas entrar y me sentaré en un puesto diferente, para ver si hoy también me sigues. Ya veremos si al final de nuestra última clase pasa algo que aniquile nuestras cobardías o me entregue al destino que me hará esperar unos 5 años o más, tal vez, para volvernos a encontrar contigo, sin menos cabello y yo más jovial y decidida.E

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