Una invitación para leer-nos: Tomás Vargas Osorio el santandereano de la angustia


Por: Carlosgermán Celis E


Cualquier instante en la vida de un santandereano se hace ocasión propicia para acercarse a la obra de nuestro pensador Tomás Vargas Osorio (1908-1941). Al parecer se trataba de un hombre carismático. Fue capaz de hacerse a un lugar en las letras regionales y nacionales con una impronta de creatividad cosmopolita, que para su tiempo resultaba un admirable prodigio. 

Esto también nos invita a pensar cómo desde lugares campesinos como Oiba se fue gestando en nuestro autor una curiosa sensibilidad para el trabajo con las palabras, la exploración de géneros, la búsqueda permanente por nombrar lo que se escapa del paisaje y lo que hace arraigo para el hombre de estas tierras. Un breve recorrido por su vida también nos recuerda la importancia histórica y cultural de un lugar como el Socorro en donde el joven Tomás Vargas Osorio tuvo sus iniciáticas aproximaciones a la cultura letrada, pues allí encontró libros, interlocutores y unos clubes de lectura que le brindaron la oportunidad de acercarse a la escritura como recurso para explorar y ensayar el complejo juego del lenguaje. 

Después de leer varias notas necrológicas pude notar que fue un hombre apreciado, no solo por su trabajo, sino por lo que era en tanto persona. Se lo recuerda como sensible, enfermo, dulce y solitario, dueño de una conversación amena y fluida, movido por una gran inquietud artística. Y aunque su obra no fue muy extensa, sí es generosa en comparación con su corta vida, además, potente por la intensidad con que ha venido cobrando un creciente interés en las letras colombianas. 

Su ejercicio como periodista fue notable. Riguroso intelectual, editor y redactor de diversos periódicos como “Vanguardia Liberal” y “El Tiempo” en donde fue admirado por su desempeño y aportes culturales. También se destaca su talante intelectual, evidente en su obra ensayística en donde expresa una forma inédita de concebir la literatura, pues por su pluma reflexiva pasaron nombres como los de Dostoievsky, Unamuno, Kierkegard, Nietszche, autores de los que poco se hablaba, y que Vargas Osorio empezó a dar cierta familiaridad en la tertulia de los santandereanos de su tiempo. 

Este carácter cosmopolita se actualiza y sorprende toda vez que se va poniendo al descubierto una obra que empieza a ser patrimonio cultural de los colombianos. Su profunda reflexión sobre la literatura y sobre la vida, ha trascendido la herencia familiar que custodiaba la obra, y actualmente adquiere relevancia en nuestro contexto, no solo como objeto de estudio, sino de admiración artística por lo que puede gestarse en Santander. 

La fuerza con la que nuestro pensador interrogaba las mieles del progreso, la curiosidad con que observaba la cultura de su entorno para descifrarla a través de su poesía, el modo en que leía los clásicos, ya daba luces a estudios originales de recepción sobre las obras. 

Y su escritura poética, dirigida a todos, brinda a la obra de este hijo de Santander una relevancia que trasciende los límites de lo nacional, así como la apertura al diálogo con las literaturas de otras latitudes. La obra de nuestro escritor expone toda una veta inexplorada de posibilidades de lectura, de investigación, e interpretación con todo el potencial de producir nuevas enunciaciones, renovadas maneras de reflexionar acerca de nuestro entorno, pero, sobre todo, acerca de nosotros mismos.      

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