Opinión

Un debate que pudo ser pero no fue


elshabbat.com


@Mariaporia


Hace algunos días el debate público en redes sociales se centró en las donaciones de unos desayunos que una reconocida multinacional había hecho en Bogotá. Empezó porque un nutricionista sugirió lo problemático que resultaba que estuvieran donando , que podían afectar la salud de las personas. Las críticas a su postura no se hicieron
esperar pues otras personas defendían que no se podía criticar el contenido de las donaciones pues estas calmaban el hambre de muchas personas. Más allá del maniqueísmo evidente en las redes, considero que abrió las puertas para un debate mucho más complejo respecto de la economía política que impacta a la salud pública a través de la alimentación.

Mali es uno de los países que más recibe “donaciones” de comida en el mundo. Entre ellos, toneladas de cereales de desayuno, leche en fórmula y cubos de caldo. Los alimentos procesados, por supuesto, hacen que la preparación de las comidas sea mucho más rápida. Las mujeres, quienes normalmente asumen las tareas de cuidado y alimentación en los hogares, ahorraban mucho
tiempo entre la cosecha y la preparación de diferentes alimentos, simplemente usando, por ejemplo, los cubos de caldo. Así, empezaron a alimentar a los niños con esos caldos que, lo único que hacen es agregar sodio y sabor al agua. Aunque no se puede establecer una causalidad, resulta curioso que las tasas de malaria y malnutrición aumentaron drásticamente a medida que
se popularizó su uso. Por supuesto, este tipo de comida calmaba el hambre de los niños por un momento, pero el exceso de sodio, aceites hidrogenados y glutamato monosódico que contienen también empezó a enfermarlos. Lo más interesante es que mientras esto ocurría la producción local de alimentos de alto valor nutricional decayó, pues no resultaba rentable para los productores, y el gobierno impulsó permisos de deforestación y siembra de tierras cultivables para venderlas a las multinacionales
que les “devolvían” su producido en forma de caldos de sal.

Este tipo de decisiones políticas ha generado que muchos países en vías de desarrollo, incluyendo Colombia, hayan aumentado su
dependencia externa de productos que pueden sembrar y cultivar a un menor costo dentro de sus propios países. Esto no es un secreto para nadie. Sabemos que en nuestro país los campesinos deben botar toneladas de frutas, vegetales y leche pues las políticas agrarias les resultan tan desfavorables, que no es rentable transportar sus productos a las ciudades. Consumimos frutas
importadas mientras los campesinos, que las producen a pocos kilómetros de nuestras casas, pasan hambre por no poder venderlas. Parece algo que va en contra del sentido común.

Está ampliamente demostrado que el abastecimiento de productos de economías locales es nutricional y energéticamente más eficiente que su importación. Sin embargo, a medida que la economía política a gran escala, los tratados de libre comercio y el mercado global imponen sus propias reglas, los gobiernos toman decisiones opuestas a esta idea tan
intuitiva. ¿Por qué para algunos gobiernos parece ser preferible mantenernos malnutridos, con enfermedades crónicas y a costa del desarrollo de la economía local? ¿Están poniendo por encima de nuestra salud a los negocios y beneficios que les otorgan las grandes corporaciones? ¿Tendremos alguna alternativa como consumidores, pero sobre todo como ciudadanos?

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