El Shabbat 



Por José Luis Elorza


A principios de este siglo infame, cuando cursaba mis últimos años de bachillerato en un pueblito del suroeste antioqueño, un amigo y yo nos vimos involucrados en una pelea de adolescentes contra uno de los riquitos del lugar y sus “escoltas”. El padre de dicho contendiente, era el típico gamonal que hacía y deshacía sin el más mínimo temor a sufrir algún tipo de consecuencia legal. Era tal el poder de estos señores feudales, propietarios de la tierra y de las vidas de la gente humilde, que el progenitor de nuestro rival de boxeo callejero se daba el lujo de retar y golpear salvajemente, en medio de sus borracheras estruendosas, a cuantos obreros, campesinos o transeúntes se cruzaran entre él y sus bárbaros impulsos. Cuando estaba de “buen humor”, se paraba en el balcón de su casa, en pleno parque municipal, sacaba su revólver calibre 38 y hacía tiros al aire sin preocuparse de la numerosa concurrencia que se encontraba tan solo a unos metros de su demencia etílica. En estas y otras circunstancias y anécdotas vergonzosas, los agentes del orden y la ley se limitaban a recomendarle al finquero rubicundo que guardara su arma, a la par que se sentaban a beber parejo con él en la sala de su casa. Y cuando, sin razón alguna, le daba una brutal paliza a un borrachito que no podía defenderse, o no quería hacerlo por puro y físico pavor, el propio comandante de estación limitaba su accionar a brindar acompañamiento hasta su casa a nuestro terrateniente pintoresco. Hubo incluso varias ocasiones en que la víctima de turno, casi inconsciente por los puñetazos recibidos y los golpes asestados con el perrero o la cacha del revólver, fue quien increíblemente terminó en el calabozo.

La pelea no fue mayor cosa. Mi amigo, quien ahora es policía, sometió al hijo del gamonal sin lastimarlo. Lo que recuerdo de lo que vino después es a una turba de espectadores, que eran nuestros vecinos, gente humilde como nosotros, cayéndome encima para defender al amito mancillado: todos querían quedar como héroes salvadores y ajusticiadores ante los ojos de los ricos.

Días después, el gamonal buscó a mi amigo en la tienda donde trabajaba los fines de semana y le propinó en la espalda un tremendo golpe con su perrero de guayabo. Cuando nos citaron a la inspección municipal, nos alegramos porque creímos que podríamos poner en evidencia, con pruebas físicas y con testigos, la agresión cometida por un hombre adulto y poderoso contra un muchacho de apenas quince años. Cuál sería nuestra sorpresa cuando la inspectora encargada nos dijo en nuestra cara, palabras más, palabras menos, y casi textualmente, que pesaba más un alegato entre estudiantes que no pasó a mayores que un delito por maltrato a un menor de edad, y que ellos por ser ellos tenían la razón.

Escribo este recuerdo por su vigencia escandalosa, y porque fue entonces cuando tuve plena y temprana claridad sobre cómo es que funciona nuestro sistema legal en particular y nuestro país en general: unas pocas familias gobiernan la nación como un feudo privado, una finquita de su propiedad, y ponen al frente del gobierno a los títeres y pelafustanes que van a legislar en favor de sus mezquinos intereses económicos, pasando por encima del obrero, el campesino y el pueblo que carga sobre sus hombros el peso de la desigualdad.

La verdad es que aún no sé cómo logré salvar el pellejo y salir ileso en esa triste y reveladora noche de sábado, pero mi espíritu y mi fe quedaron fracturados para siempre.

Si te ha gustado, ¡compártelo con tus amigos! No critiques, crea

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here