Del Facebook a la calle: elemental

Facebook first shared details of the attack last week, fearing as many as 50m people had been affectedM GETTY IMAGES

Por: Sandra Oróstegui

first shared details of the attack last week, fearing as many as 50m people had been affectedM
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Decir que las que tenían los para separar lo de lo se han desmoronado, es ya una obviedad. Sin embargo, el fenómeno no es que se hayan desdibujado los territorios de lo uno y lo otro, sino que se trocaron y se fundieron. Lo que era público ahora se usa con  actitud de dueños y señores; y lo está en la palestra de las multitudes. En suma, todos y nadie estamos en el círculo.

 

Las calles, los andenes, las bancas de los parques, los restaurantes, los jardines de los edificios, los baños públicos, el transporte público, los servicios de salud públicos, las plazas públicas y todo lo que todavía tiene el apellido público, se usa con el nombre mío.

 

Ya lo dije la semana pasada, lo público es visto por los funcionarios como propio. Así ellos y así nosotros. El señor Carrasquilla, ministro de Hacienda pública, usa de forma privada los bienes públicos -uno de los más públicos de todos: el agua- y sale airoso del debate en el Congreso.

 

El debate es ético, por supuesto, lo que demuestra que lo público perdió su carácter.  Lo que debería defenderse por sí mismo, requiere un debate.

 

Por el otro lado, los actos cotidianos íntimos y los sentimientos profundos -que van desde la tristeza anodina de algunos días, hasta el sentido pésame para el padre ausente- están todos en la comidilla de las redes sociales. El internet abrió de par en par, las puertas de lo recóndito.

 

Pululan los “house tour” en youtube. Abundan las fotos de celebraciones íntimas. Si se quiere rastrear a alguien, basta con entrar en su cuenta de alguna red social y ahí se sabe qué come, a qué hora duerme, qué lee, cuál es su estado afectivo, cuántas mascotas tiene, cuántos años tienen los hijos, dónde vive, con quién.

 

El resultado: opresión, opresión y opresión. Oprime la y oprime el Facebook. Oprime la falta de agua, electricidad y gas natural; y oprimen las exigencias estéticas de Instagram. Oprime la necesidad de pertenecer y oprime el fastidio de compartir con el que está ahí.

 

La fusión de lo público y lo privado es la confirmación de las profecías orwellianas y su riesgo. Como lo predijeron los señores distopistas de mitad del siglo XX, el peligro de tanta conexión es que las presiones de corte totalitario se conviertan en la regla.

 

Quizás si se vuelve a la calle, se cierra el chismerío de las redes sociales, se habla con la tecnología de la voz y se aprovecha para ceder el turno en la fila, se puedan recuperar las libertades arrebatadas por la dictadura de la conectividad.

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