Feminismo Opinión

Sobre el feminismo y cómo los privilegios nunca hicieron mudo a nadie    


El Shabbat


31/10/2019


Por Esteban Álvarez


Quizás la única ventaja del sistema de estratificación social que manejamos en es que nos permite deducir de una manera matemática quién tiene acceso a qué, es decir, del 1 al 6 sabemos más o menos de qué goza cada uno, y aunque en teoría ante la ley somos todos iguales, sabemos que un caso de homicidio en un barrio humilde no tendrá nunca la misma resonancia que, por ejemplo, el caso de Colmenares.

Sabemos que no está bien, pero lo aceptamos, es un privilegio contar con el respaldo de la institucionalidad y con lo que se supone es el aparato judicial, cuyo objeto en teoría es suministrar justicia y garantizar la paz social. Sin embargo, el tema de los privilegios es mucho más espinoso y complicado, porque en un país lleno de carencias como Colombia, en algunas ocasiones los derechos tienen aspecto de privilegio, y no lo sabemos.

Un ejemplo que descubrí recientemente, gracias en parte a la herramienta sociológica que supone la estratificación en Colombia, es que dos personas en mi círculo virtual están casi en los extremos del espectro de la escala salarial. De ambas puedo asegurar por las conversaciones que hemos sostenido, que tienen estudios universitarios, y que nacieron en la década del noventa.

La primera de ellas trabaja diez horas diarias de lunes a viernes, va a la oficina un sábado de por medio, y cuenta con una hora de intervalo para almorzar, devenga 900,000 pesos brutos al mes, poco más de 300 dólares, sin descontar salud, ni prestaciones sociales; critica su trabajo con cierta regularidad, y posiblemente tiene razones.

La segunda persona goza de un salario cercano a los 12,000 dólares al mes, me parece una cifra abultada y no me consta que sea cierto, pero no tengo razones para desconfiar de ella. Sé que trabaja bastante también, y que resiente que el peso de su jornada le quite el tiempo que le gustaría emplear para escribir, se queja de su trabajo también, y posiblemente también tiene razones.

Aquí la cuestión del ejemplo: si ambas son profesionales en su propio campo, trabajan muchas horas a la semana y sacrifican su propio bienestar por dinero, ¿la asimetría en los salarios supone un privilegio en beneficio de mi segundo contacto o un derecho por haber escogido una carrera más redituable? Pero más importante aún, ese hipotético privilegio plantearía eventualmente que mi segundo contacto tuviese algún impedimento para cuestionar dicha asimetría.

Y así mismo podríamos medir todos los privilegios, que alguna vez son fortuitos, como haber nacido varón, blanco y económicamente cómodo como Antonio Caballero, y otras veces son adquiridos, como el de mi segundo contacto que se quemó las pestañas en la Universidad y tuvo la fortuna de encontrar un trabajo que le rindiera tan bien económicamente. Si mencioné al columnista de Semana, a quien considero un misógino inconsciente de sus privilegios, es porque evidentemente voy a hablar de .

Sólo para efectos de honestidad, confieso que nací varón, que aunque soy mestizo mi piel es sensiblemente más blanca, y que en la escala de estratos con la que nos medimos en Colombia he oscilado entre 2 y el 4. Dicho esto, reconozco que he tenido muchísimos privilegios fortuitos de mi parte, el más importante sin lugar a dudas es el desarrollo libre y sin cuestionamientos de mi personalidad y mi vida sexual.

A mi hermana que es un año menor que yo, ‘la cuidaron’ mucho más, y recién ahora percibo que esos cuidados que le prodigaron con tanto cariño mis padres, en realidad eran acotaciones a su libertad individual, y que en últimas terminaron definiéndola como ser humano, y como mujer, según patrones de replicación cultural hegemónicos, que todos, o casi todos, conocemos y aceptamos.

Por esta razón y por otras tantas, las asimetrías me causan mucho malestar. Por eso también es que considero una necesidad que los hombres como género consciente de sus propios privilegios, entiendan que la reaparición del feminismo en la vida política occidental supone una oportunidad de transformación social que no puede ser desaprovechada.

La razón por la que elaboré este entramado conectando las escalas salariales y los desequilibrios sociales entre los géneros, es porque mi segundo contacto además de ser feminista y a que a su discurso subyace cierto marxismo, considera que es imposible que los hombres hablemos de feminismo. Yo personalmente no estoy de acuerdo.

Es cierto que de Simone de Beauvoir lo más atinado que puedo decir es que es mejor filósofa que novelista, pero igual de cierto es que tener pene, o que me hayan permitido desarrollar mi sexualidad con mayor libertad nunca me impidió aproximarme a ninguna abstracción teórica, porque hasta donde he logrado entender, el feminismo, como los demás ‘ismos’ ha de tratarse justamente de eso.

Y siendo una abstracción teórica, susceptible de ser comprendida por cualquier cerebro humano, el feminismo sí que debe ser un asunto de los hombres, porque los privilegios nunca hicieron a y es importante que esta abstracción teórica se estabilice y algunas de sus militantes comprendan que no se trata de una guerra cromosómica contra aquellos que nacimos XY, sino contra la cultura que creamos y reprodujimos por siglos.

Si algo me quedó de la lectura de ‘El segundo sexo’ fue precisamente la idea de que no es la igualdad sino la simetría la que resulta necesaria, para que el papel social y político de la mujer tenga el peso y consideración que debería. Dicha igualdad no puede construirse fundamentada en un discurso excluyente, dicha igualdad se construye desde el pragmatismo y la cooperación.

Tengo esperanza en que los privilegios adquiridos pueden ser extendidos en la mayoría de los casos hasta convertirse en derechos, y que aunque no pasa lo mismo con los privilegios fortuitos, estos pueden ser deconstruidos, después de todo, haber nacido hombre y tener la piel blanca, es en última instancia pertenecer a la misma humanidad.

Una mirada desde la perspectiva del privilegiado puede llegar a ser tan importante como una desde la posición del oprimido. De otra manera estaremos sujetos a demostraciones primarias y provocaciones culturales, que perpetúen el esquema de dominación que va mucho más allá del género y los salarios.

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