Remando por la paz

Ahora que las aguas parecen calmarse vale la pena reflexionar sobre lo que nos está pasando. Vivimos en un país con algunos de los índices de desigualdad y de violencia más altos del mundo, golpeados por varios conflictos internos que se remontan a más de cien años, luchas bipartidistas que se resolvieron a sangre y fuego, levantamientos en armas de campesinos olvidados por el Estado, grupos vengadores que se aliaron con las fuerzas militares para imponer su visión del orden y de un supuesto estado de derecho y de legalidad sometiendo al pueblo al miedo y la barbarie.

Por Javier Morales

Ahora que las aguas parecen calmarse vale la pena reflexionar sobre lo que nos está pasando. Vivimos en un país con algunos de los índices de desigualdad y de violencia más altos del mundo, golpeados por varios conflictos internos que se remontan a más de cien años, luchas bipartidistas que se resolvieron a sangre y fuego, levantamientos en armas de campesinos olvidados por el Estado, grupos vengadores que se aliaron con las fuerzas militares para imponer su visión del orden y de un supuesto estado de derecho y de legalidad sometiendo al pueblo al miedo y la barbarie. Todo eso y más ha sucedido en nuestro territorio, en esto que nos empeñamos en llamar país y que algunos insistimos en sacar de esos ciclos de violencia para siempre.

 

Es cierto que la paz, como concepto y como simple palabra, ya parece malgastada, en estos pocos años de proceso de paz con las antiguas Farc la paz se ha convertido en la bandera de defensores y detractores, cada quien dándole el uso en el que cree o en el que más le conviene. Y es que la paz ha perdido su valor cuando buena parte del país se niega a ver las atrocidades de la guerra que ha vivido la población durante décadas, una guerra que ha dejado huérfanos por doquier, tierras arrasadas, hijos también muertos por enfrentarse a otros hijos de esta misma tierra porque alguien por encima de ellos dio la orden de halar los gatillos, de sembrar las minas, de lanzar las bombas. Es posible que más de la mitad del país siga ajeno a la crudeza de esa realidad, que solamente vea la violencia como una consecuencia abstracta de lo que siempre hemos vivido y que se volvió normal. Por eso la paz también parece abstracta, es como si no supiéramos qué es lo que se quiere pacificar, de qué paz se está hablando, por eso es tan fácil que los detractores del proceso hablen de una “falsa paz”, porque en el fondo no quieren que la gente entienda la guerra que vivimos, mucho menos que entiendan una posible paz, que en varios sentidos, es cierto, todavía está por llegar.

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Aunque el gobierno pasado, en su tarea de impulsar los acuerdos de paz y darlos a conocer a la gente, hizo uso del concepto de reconciliación como bandera para que entendiéramos de qué se trataba la paz, tampoco esto fue suficiente; y, sin embargo, es la clave de todo. La reconciliación es el sustento de todo el proyecto que permitió que una guerrilla abandonara las armas, que un gobierno tuviera la voluntad de negociar con ellos y concederles cosas a cambio, que una sociedad apoyara el proceso. Reconocernos por fin como iguales y entender que las décadas de muerte que venimos arrastrando son una consecuencia absurda de otros problemas que ni el Estado ni la sociedad han sido capaces de solucionar de forma racional, es decir, a través del diálogo, de las políticas honestas y del compromiso de todos como país. La reconciliación es la joya de la corona para alcanzar la paz y lo que menos se nos dijo —aunque se nos dijo— fue lo difícil que sería, lo mucho que habría que aguantar y superar para alcanzarla. Serán años de dificultades y de crisis los que tendremos que transitar para poder decir que hemos logrado reconciliarnos, que hemos entendido la diferencia como una realidad social y que el poder político no puede ser una herramienta para aplastar al otro y para imponer una visión propia de país. Esa meta es tarea de todos y requiere del trabajo diario, del sacrificio y de una voluntad inquebrantable para lograrlo.

Aunque no lo parezca, ya hemos sido testigos de diferentes momentos que nos permiten decir que hemos dado los primeros pasos que dicta el acuerdo de paz para que alcancemos la reconciliación. Que exjefes de las desaparecidas Farc se reúnan con exjefes paramilitares y reconozcan en un mismo espacio la necesidad de bajar las armas, de ablandar los corazones, de mirar a las víctimas a los ojos y reconocer que se hizo daño a pesar de las “buenas intenciones”. Y esto no ha sucedido una sola vez, en este par de años y medio después de la firma son varias las reuniones de este tipo que se han dado. Como digo, son los primeros pasos pero no por eso se deben desdeñar, hay que valorarlos y celebrarlos como señales de que vamos en el camino correcto y de que es necesario persistir; que es necesario dejar que el proceso avance.

La persistencia es el concepto que nadie trajo a colación al momento de explicarnos lo que significaba un proceso de paz, ahora, justo ahora, es cuando más debemos entenderlo y aplicarlo, no desfallecer en el propósito de ver un país reconciliado, libre, justo y próspero nos debe invitar a sacar fuerzas de cada uno de los momentos difíciles como los que se han venido dando en los últimos meses. Que llegara al gobierno un presidente bajo la bandera de quienes no están de acuerdo con el proceso de paz (porque no lo entienden, esa es la triste verdad) era una posibilidad y en esa realidad estamos, por eso la persistencia será clave porque viviremos tres años más de una lucha constante por defender el derecho de las comunidades más apartadas y olvidadas del país de vivir en paz. Y esa lucha debe ser incansable pero serena. Los acontecimientos recientes demuestran que los acuerdos de paz y su implementación cuentan con el blindaje de las instituciones del país. Eso debe llenarnos de confianza de que estamos del lado correcto.

Nadie hubiera podido predecir la turbulencia política y social que acabamos de atravesar por cuenta de las objeciones de Duque, del caso Santrich, de la ferocidad con la que un sector del país está dispuesto a atacar y deslegitimar el proceso de paz. Pero esas aguas turbulentas son las que hemos transitado como país siempre, la violencia, de la que hablé líneas arriba, es ese río feroz que nos ha venido arrastrando, ese mismo río que nos recuerda la imagen nefasta de cadáveres inflados, comidos por buitres, lanzados al olvido.

Ese río es el que debemos enfrentar y sortear, tal y como lo ha hecho valientemente un grupo de excombatientes del Caquetá, quienes acaban de regresar de participar en su primera competición internacional en un mundial de rafting en Australia. Los ahora deportistas extremos han bautizado a su equipo “Remando por la paz”, y creo que no es posible encontrar una mejor metáfora para entender lo que vive el país y lo que nos exige como sociedad: debemos unirnos para remar por la paz y la reconciliación. Las aguas turbulentas pasarán y, río abajo, ya en calma, las próximas generaciones podrán disfrutar de nuestro empeño y nuestra persistencia en dejarles un país mejor.

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