Reguetón: La Banda Sonora del Apocalipsis

Por Carlos E. Pérez

Despiértame cuando pase el Reguetón

Gustavo Cerati.

 

Recientemente en el país se dio una polémica por una valla publicitaria de una cerveza en la que se daba a entender que el reguetón era el siguiente paso evolutivo de la música en Colombia, en la valla se mostraba a Joe Arroyo y seguidamente la imagen de un cantante de reguetón con el mensaje que decía que los ídolos en Colombia han evolucionado. Aparte de lo ofensivo que resultó para algunos representantes de la comunidad afrocolombiana, por el hecho de que la valla menciona la palabra evolución y se mostraba a un popular reguetonero de piel blanca después de la imagen de Joe, es evidente que resulta absurda y falaz esta afirmación, no hay que ser músico para saber y entender que este genero musical es, parafraseando al músico puertorriqueño Residente, la comida chatarra de la música. Esta afirmación fue hecha en una entrevista en Miami durante una entrega de premios en la que Residente se despachó y afirmó que entendía que a la gente le guste un estilo de música que es fácil de bailar y sirve para pasar bien el rato, sin embargo, dijo que “si escuchamos las cinco canciones más populares de la radio resulta difícil distinguir quien es quien ya que todas suenan igual, son idénticas, cuatro acordes fuertes, y es una falta de respeto a los que están haciendo música de verdad”. El excantante de calle 13 se refirió a la riqueza de la música Latinoamérica y colombiana en particular y mencionó a artistas como Toto la Momposina, a los Gaiteros de San Jacinto y Petrona Martínez, y continuó su discurso diciendo que se debería dar prioridad a este tipo de artistas que si representan la cultura de la región y no a gente que hace “música” sólo por el interés de vender.

Pero no es el único músico que ha criticado este genero, artistas de la talla de Pablo Milanes también se han referido a este tipo de música sobre la que ha comentado: “Me parece asqueroso, no tiene ningún valor musical, ni poético, ni orquestal ni nada. Me parece que su valor es nulo y no solo de este ritmo, sino de la música que se esta escuchando porque hay una gran falta de valores”. Pero esta critica no es solo a un tipo de música particular sino más bien a la forma en que la industria musical refleja los valores de la época actual, que se caracteriza por la inmediatez, fugacidad y superficialidad o como diría el filosofo Zigmunt Bauman, la liquidez, refiriéndose a lo desechable que resultan los contenidos culturales en esta época.

Y es que es cierto que cada época tiene unas manifestaciones artísticas y culturales que la representan, por ejemplo, en los años sesenta se dio la explosión de la psicodelia y el rock que representaban una ruptura con los años cincuenta conservadores en donde aún estaban frescos el racismo como forma de organización social en el sur de Estados Unidos y Sudáfrica, y el rol de la mujer se limitaba al de madre y esposa. Lo mismo pasó al final de los setenta con el Punk en Reino Unido que de cierta manera representó una ruptura con el hipismo y una reacción en contra de la aparición del modelo neoliberal que según David Harvey fue una contrarrevolución liderada por la clase capitalista y las corporaciones con el objetivo de derribar el antiguo modelo que se caracterizaba por la intervención del Estado en la economía.

Ante esto, resulta evidente que cada época tiene una música que la define y siguiendo con esta línea de pensamiento, ¿que se puede decir de la época actual si la analizamos desde su estilo musical más popular?

Para responder esta pregunta hay que analizar algunos aspectos que definen la época que vivimos, por ejemplo, la globalización que ha traído consigo la desindustrialización que ha generado grandes olas de desempleo en el norte global, la crisis económica del 2008 que ha traído precarización laboral y una desigualdad creciente, tanto que según OXFAM el 1% de la población posee mas riqueza que el 99%, o, dicho de otra forma, 3.600 millones de personas poseían en 2015 la misma riqueza que 62. Lo anterior ha sido un factor determinante en el resurgimiento de la extrema derecha en el mundo debido a la instrumentalización política de la crisis de refugiados, que se dio en oriente medio con grandes cantidades de refugiados queriendo salvar sus vidas escapando hacia a Europa y USA, y que ha llevado al poder a gobiernos con discursos abiertamente racistas y xenófobos culpando a inmigrantes y refugiados de la debacle económica en esos países, recordando épocas oscuras que se creían olvidadas.

Y que decir de Colombia, donde después de ocho años el país volvió a elegir ser gobernado por el jefe del inframundo, como acertadamente lo llama el senador Iván Cepeda, y cuyo amor por la guerra y la muerte esta poniendo en riesgo el único logro que un representante de la clase dirigente colombiana ha tenido en toda su historia: el fin del conflicto con la guerrilla de las FARC. Y que decir de la degradación ambiental creciente y la advertencia de la comunidad científica de que tan solo quedan 12 años para detener un alza de 1.5 grados en la temperatura global que representaría un punto de no retorno y el final de la vida como la conocemos.

Ante este panorama cualquiera pensaría que los contenidos musicales que se consumen masivamente estuvieran relacionados de alguna manera con la situación que se vive globalmente. Pero no, no es así, es todo lo contrario, la música actual y el reguetón sobre todo parecieran diseñados para adormecer y para alejar a la gente de la realidad lo máximo posible mientras el mundo sigue su camino hacia la autodestrucción.

Y mientras todo esto sucede, en todos los lugares, en casi todos los países hay un mismo sonsonete que define esta era, que como el soma de la novela de Aldous Huxley, nos adormece y nos hace olvidar y bailar desenfrenadamente mientras el 1% de la población continua planificando un futuro distópico en el que la mayoria no contaremos más que como espectadores o víctimas.

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