Política

El “autosuicidio” presidencial de Humberto de la Calle

Foto de la campaña de De la

Por Andres Giraldo

de la Calle es el candidato más preparado para asumir la Presidencia de en . Su hoja de vida intachable, su trayectoria siempre prolífica y bien intencionada, sus acciones que trascienden el discurso y que se materializan en resultados tangibles, lo perfilaban sin duda como la mejor opción para tomar las riendas del país en el próximo cuatrienio. Así lo percibí y así se lo manifesté a personas muy allegadas a él. Además, ha sido el único funcionario público del que tengo memoria que haya renunciado a un alto cargo por un asunto ético. Lo hizo en 1996, cuando fuera vice presidente, para zafarse del gobierno de Ernesto Samper, cuya campaña se financió con dineros del narcotráfico.

Pero una vez empezó a conformar su equipo de trabajo para la campaña, mis esperanzas por tener un candidato consistente se fueron diluyendo. Primero, cuando se incorporó el exsecretario de transparencia Camilo Enciso, quien hasta su ingreso a esa campaña era militante activo del Partido de la U, y de quien no puedo decir nada debido a una mordaza inconstitucional que me puso un juez de la República a través de un fallo de tutela en favor de ese sujeto. Ese fallo coartó de tajo mi libertad de opinión, expresión y prensa. Me debí retractar de haberlo llamado “corrupto, sesgado y conveniente” en un informe periodístico que publiqué con soportes documentales y en mis estados del Facebook. “Corrupto” nunca lo llamé, “sesgado” no es un delito y “conveniente”, de acuerdo con la definición de la RAE, definitivamente no es. Por lo cual, de corazón solo me retracté del tercer punto y sobre los otros dos solo por el formalismo del fallo. Espero que el fallo de segunda instancia me restaure mis derechos. Desde ese momento, decidí tomar distancia de esa campaña y así se lo anuncié a las personas que conozco.

Luego, fue nombrado como gerente de la campaña Daniel Quintero Calle, un eterno joven, locuaz e “irreverente” que se hizo célebre cuando fundó con dos amigos el llamado “Partido del Tomate”, una parodia de las revoluciones antipolíticas de Europa y los Estados Unidos que a partir de simbolismos quisieron transformar las dinámicas politiqueras en el hemisferio occidental. Pues bien, este outsider bienintencionado terminó cooptado por el Partido Liberal cuando Simón Gaviria cortó de tajo una huelga de hambre de estos jóvenes revolucionarios amarrados a la Registraduría Nacional del Estado Civil porque no les dejaban inscribir a sus candidatos para las elecciones de 2014 sin pagar una póliza. Con un mísero plato de lentejas, Gaviria se llevó a Quintero Calle a sus filas para aspirar a ser representante a la Cámara por Bogotá. Quintero Calle se quemó en esas elecciones, pero su “lealtad” a las huestes liberales ha sido recompensada con cargos directivos en el gobierno de Juan Manuel Santos. Pasó de ser un joven irreverente que lanzaba tomates a los carteles de los políticos corruptos a ser un burócrata más sumergido en mares de mermelada al lado de esos políticos. Eso me terminó de convencer de que esa campaña iba por mal camino. Quintero Calle renunció hace poco a la gerencia de esa campaña. No trascendieron los motivos. Pero Humberto de la Calle siguió deshaciéndose en elogios para este párvulo que hizo creer a una cantidad de jóvenes incautos en que se podía hacer política por fuera de la política y los traicionó. Espero que asuma su responsabilidad política, dé debates de altura, y que, si las ve, no trate de zafarse de mis palabras a través de los juzgados llorando para que le tutelen derechos que no merece.

Y para rematar el “autosuicidio” de De la Calle, anuncia con gran alborozo que su fórmula vicepresidencial es Clara Eugenia López Obregón. Clara López es la mayor infiltración de la derecha en la izquierda colombiana. Una persona que desde su cuna ha hecho parte de todos los cócteles de la alta alcurnia bogotana, ha querido parecer como una revolucionaria en la izquierda a partir de alianzas convenientes de las que siempre sale incólume a pesar de la podredumbre moral que la ha rodeado. Como Samper, todo pasa a sus espaldas. Sus cargos más recordados fueron como Secretaria de Gobierno y natural reemplazante en la Alcaldía de Bogotá del nefasto Samuel Moreno Rojas. Es decir, desde su Despacho en el Palacio de Liévano pasaron sin que se diera cuenta el cartel de la contratación, los Nule, los contratos de las ambulancias y muchos desfalcos más, todo esto sin que a ella le salpicara ni una sola gota. Qué suerte. O qué poder. Y el poder para desviar la atención mediática y las investigaciones en Colombia no surge precisamente de la izquierda ni del barrio Policarpa. Eso sucede usualmente en Anapoima, Los Rosales, El Jockey o El Nogal.
Y hace poco terminó su tramoya en la izquierda aceptando el Ministerio de Trabajo del Gobierno de Santos, quebrando aún más al Polo Democrático que está cada vez más derretido por el calentamiento político. Sus resultados al frente de esa cartera fueron nulos y se notó que solo era un “mientras tanto” para activar otra vez sus lides electorales, a las que se ha dedicado toda su vida. Pues bien, finalmente cayó en la campaña de menos carácter: La de Humberto De la Calle.
Y creo que allí radica la caída imparable de De la Calle en su aspiración presidencial. En su falta de carácter electoral, que contrasta, paradójicamente, con su férreo carácter como funcionario público. 

HumbertoDe la Calle no sabe ser candidato. Las veces que lo ha sido, ha sido un completo desastre y ha terminado mal. En 1994 se dejó cooptar por los intereses rapaces de su partido y terminó inclinando la balanza a favor de Samper aceptando ser su vicepresidente, a sabiendas de la notoria ineptitud de ese candidato que lo llevó a dejarse torcer la moral (hablo de Samper) para llegar a donde siempre quiso, con mérito o sin él. De la Calle decidió renunciar a su cargo en un acto de grandeza, como ya lo anoté, pero un poco más de carácter lo habría sacado del todo de ese amargo episodio de la historia nacional.
Y ahora, cuando por fin ha demostrado todo su talante sacando a flote los acuerdos más difíciles que se puedan recordar en la historia reciente del país con relativo éxito, al lograr la reincorporación de las FARC a la vida política y civil del país, siendo el llamado natural a dirigir desde la Presidencia la implementación de dichos acuerdos por ser el único que conoce a profundidad su esencia, su alcance y sus implicaciones, una vez más, su falta de carácter, le traiciona. Ha cedido a todas las presiones electoreras, ha querido complacer a todos los sectores políticos que se la han sumado y a todos los miembros del Partido Liberal que tienen intereses divergentes y muy particulares, con cada cacique en el afán de promover a su respectivo vástago en este mar de delfines ungidos para ser los remplazantes obligados de sus padres en las lides del poder.

La cereza del pastel se le cayó esta semana en la Universidad Sergio Arboleda cuando le preguntaron que si recibiría a Ernesto Samper en su campaña. Respondió, como algo magnánimo, que los odios no se reciclan y que está dispuesto a recibir a quien le quiera dar su apoyo, que por qué no. Con eso le abrió la puerta de su campaña a la impunidad. Porque nada tiene que ver el “odio” como él lo llama, sino ese juicio político ridículo que terminó absolviendo a Samper a pesar de que las pruebas eran abrumadoras, los testimonios inequívocos y el cinismo rampante.
En conclusión, Humberto De la Calle no será presidente por su desmedida ambición de ser presidente. Prefirió abrirle la puerta a la deshonestidad sobre una campaña que él mismo fundó en la lucha contra la corrupción. Porque nadie que hable en contra de la corrupción le puede abrir las puertas a Samper invocando a la némesis del odio como justificación,  cuando Samper e impunidad son sinónimos. Eso es creernos tarados o desmemoriados. Nadie que hable en contra de la corrupción puede tener como fórmula vicepresidencial a la secretaria de Gobierno, mano derecha y reemplazante de la alcaldía más corrupta de Bogotá en toda su historia. Nadie que hable en contra de la corrupción puede poner a gerenciar a su campaña a alguien que usó a miles de jóvenes ilusionados simplemente como una plataforma política para satisfacer sus propios intereses. Nadie que hable en contra de la corrupción aceptaría como faro y guía de esta materia a un exsecretario de transparencia “conveniente”. Nadie.
Por eso creo que Humberto de la Calle se autosuicidó. Porque, aunque es un término redundante y ridículo, hace honor a algunos actos absurdos de esa tragedia. Parece que Humberto De la Calle le disparó dos veces en la cabeza a su aspiración presidencial, la ahorcó con dos sogas y le cortó las dos muñecas. Una vez en 1994 y otra vez, 24 años después, en 2018. Lo triste es que ésta era su última oportunidad. No habrá más.

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