Pensar en tiempos de pandemia

El coronavirus consiguió el anhelo más profundo del fascismo que empezó a mediados del siglo XX y que no terminó con la muerte de Hitler. Con estupor observaban, los románticos de la democracia, el ascenso al poder en casi todas las  naciones occidentales de los individuos más sectarios, machistas, racistas y hasta ignorantes.

Una enfermera recibe ayuda para ponerse su equipo de protección personal antes de administrar la atención de un paciente de Covid-19 en el Centro Médico Sharp Chula Vista en Chula Vista, California, el 10 de abril de 2020. Foto: Marcus Yam / Los Angeles Times a través de Getty Images



El Shabbat 



Por Sandra Oróstegui


El coronavirus consiguió el anhelo más profundo del fascismo que empezó a mediados del siglo XX y que no terminó con la muerte de Hitler. Con estupor observaban, los románticos de la democracia, el ascenso al poder en casi todas las  naciones occidentales de los individuos más sectarios, machistas, racistas y hasta ignorantes. El ejemplo más emblemático para los americanos es, por supuesto, el presidente de los Estados Unidos. Todo esto ya era una manifestación de la gran capacidad del totalitarismo de instalarse en los organismos políticos y biológicos de los países.

Al mismo tiempo, los jóvenes vociferaban en las calles de Hong Kong, Santiago, Bogotá  y Teherán. Los recursos digitales permitieron que los unos se vieran a los otros y Lastesis lanzaron un baile para denunciar una de las más graves pandemias de los estados patriarcales: la muerte indiscriminada de mujeres, su maltrato y abuso.

El capital ya había mostrado su decadencia. Para nadie era un secreto que el crecimiento es una ilusión que sólo existe en las constelaciones de los modelos econométricos. La pandemia del hambre, que no cesa de aumentar desde 2013, es su cara más desesperanzadora.

El planeta arde, decía Greta con furia y con razón. Las industrias, los automóviles, el consumo, sin embargo, no podían detenerse porque los últimos alientos del neoliberalismo contemporáneo cuelgan de la sobreestimulacón de las masas.

Sin embargo, faltaba algo. La total obediencia. Muchas escaramuzas de rebeldía se escuchaban por aquí y por allá. La doblegación total del individuo a su estado biológico, aún no llegaba. El individuo héroe/víctima era la pieza faltante. Salva vidas. No hagas nada y cuida a los tuyos. Estos son los eslóganes de la fase más despiadada del totalitarismo contemporáneo.

El ideal de progreso ya se derrumbó, por supuesto. Las nuevas generaciones ya saben que no tendrán un futuro mejor al de sus padres. Ya saben que la promesa de la formación universitaria es una mentira.

Sin embargo, todavía puedes ser un héroe: no hagas nada. Consume, no necesitas hacer más. Quédate en casa. Evita el contacto con otros, pero comunícate y consume. No hables de cerca, consume, consume, consume. Una llamada, un chat, una tarjeta virtual, un video, un domicilio no son nada, estás salvando vidas. Si te saltas la norma pagarás por ello.

¿De verdad son justificables las medidas policivas para evitar el contagio? ¿De verdad los humanos del siglo XXI no podemos decidir si nos arriesgamos a morir o no? ¿De verdad es necesario el estado de excepción?¿De verdad la higiene está por encima de las libertades individuales?

Las preguntas no se plantean porque es necio hacerlo, es estúpido pensar que las cifras de muerte por coronavirus son insignficantes frente a las demás muertes humanas en los últimos años. ¿Alguien ha seguido de cerca la muerte por depresión a que ha llevado este sistema?¿por hambre?¿por falta de agua potable?¿por accidentes de tránsito?¿por consumo de azúcar?

Sé que las objeciones a estos cuestionamientos están listos. Y ahí es donde observo el gran triunfo de los gobiernos y sus portavoces. Han logrado convencer y dar respuestas a todo esto de manera rápida. Despachan cualquier duda con citas de las noticias, informes de la OMS o comentarios de whatsapp.

No puedo evitar pensar en esos fanáticos religiosos a los que se les pregunta ¿después de esta pandemia cómo puede afirmar que dios existe? Dios es bueno y manda esto para que nos convirtamos y cambiemos y bla, bla, bla… Igual que las redes sociales y sus numerales repletos de optimismo dulzón y superficial.

Es una pandemia, ni lo dudo yo. La pandemia del espíritu crítico, de la libertad individual y de la capacidad de pensar con independencia. La definitiva. La que faltaba.

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