La horda de delfines que viven de una herencia maldita

CONGRESO COLOMBIA

Por Alexander Quiñones Moncaleano

La en , como sucede en muchos lugares del , tiene un modo de ser que no es precisamente democrático, o que alude a una que no tiene transparencia y no logra el beneficio para el país y sus ciudadanos. A este modo de funcionar la representativa le llaman clientelismo, mermelada, y un par de profesores de Harvard le denominan instituciones extractivas.

CONGRESO COLOMBIA

“Los delfines de Francia (francés: dauphin de France, IPA: [dofɛ̃]) —estrictamente, delfín de Viennois (dauphin de Viennois)— fue un título nobiliario francés empleado ininterrumpidamente desde 1349 hasta 1830, y reservado a los príncipes herederos al trono de Francia que fuesen hijos legítimos del monarca reinante. El último en llevar el título fue Luis Antonio de Borbón y Saboya, duque de Angulema, de 1824 a 1830. Por extensión de este término, en la actualidad la palabra delfín (deriva del latín delphinus, y este del griego δελφίνος delphinos) se usa corrientemente para referirse al sucesor designado oficial u oficiosamente para un cargo.”

La política en Colombia, como sucede en muchos lugares del mundo, tiene un modo de ser que no es precisamente democrático, o que alude a una democracia que no tiene transparencia y no logra el beneficio para el país y sus ciudadanos. A este modo de funcionar la democracia representativa le llaman clientelismo, mermelada, y un par de profesores de Harvard le denominan instituciones extractivas. Todo esto viene funcionando según ellos, Daron Acemoglu y James A. Robinson, desde la época colonial. Es decir, hace más de doscientos años. Vamos a explicar cómo vienen los y se instalan en las instituciones democráticas y se quedan con ellas.

 

Los escaños en el senado, las presidencias, las gobernaciones, las alcaldías, los consejos, todo parece que se pudiera heredar de manera directa, unos con más dificultad que otros. Varios ejemplos vimos en las elecciones al Senado pasadas, como el caso de Horacio Serpa que dejó su escaño y llegó en su remplazo su hijo, uno de tantos delfines, Horacio José Serpa. Claro que muchos dirán que Horacio José fue también elegido demócratamente, pero yo me pregunto: ¿cuánta legitimidad tiene esta elección? Lo mismo sucedió con la senadora Claudia López y su pareja. Salió una y entró la otra. Y los ejemplos se pueden multiplicar a la n potencia.  Encontramos a unos Galán Pachón que son políticos profesionales los dos, y un primo, Andrés Villamizar Pachón, a quien, como no les alcanzó la burocracia en Bogotá, lo nombraron Secretario de Seguridad de la administración de Norman Maurice Armitage. Todos de una misma familia. como políticos profesionales, se heredan los puestos y cargos de elección popular y de no elección popular, de padres a hijos, de cónyuges a cónyuges, de tíos a sobrinos; se atrornillan así en el poder político y burocrático de un país, sin tener más talento y mérito que el de nacer en una familia que ha ostentado el poder desde que la república es república, esto es, ser delfines.

 

Si volvemos a los ejemplos, los delfines ya parecen hordas y aparecen por varias docenas, de casas y familias de poder que además de heredar el poder político también heredan muchos más privilegios como son el poder de la o poder económico. Empresarios que saben que por pertenecer a una casa de tradición pueden obtener beneficios fiscales y además pueden gozar de ardides para ocultar bienes a la pública nacional; ya sabemos el caso del señor fiscal general de la nación que tiene un costoso apartamento en Madrid por más de 3 millones de euros comprado a través de una empresa con acciones al portador, que es casi imposible de rastrear.

 

Empieza uno a comprender por qué los políticos de todas las corrientes e ideologías no quieren que la declaración de renta sea pública para todos los funcionarios públicos del país. Es decir, los delfines no quieren controles políticos ni sociales. Les funciona el sistema del tape-tape. No conocemos sino unas cuantas declaraciones de renta que algunos personajes políticos has mostrado por iniciativa propia o por presión periodística y social. Esto de por sí ya habla muy mal de nuestros dirigentes, pues ¿qué tendrían que ocultar? Entre otras cosas no están haciendo las cosas de manera que se pueda hacer una trazabilidad forense de sus bienes y patrimonio. Afortunadamente hay periodistas investigativos, pocos, pero los hay, que saben hacer su trabajo y nos muestran una realidad que a pesar de la fuerza de las evidencias nos inclinaríamos a no creer.

 

Esta semana gracias en gran medida al trabajo de la periodista Diana Saray Giraldo está siendo investigado, uno de tantos delfines que tiene Colombia, el alcalde de Floridablanca Santander, por un “volteo de tierras”. Y gracias también a Gonzalo Guillen y Daniel Coronell otros dos políticos están en el ojo del huracán: Nestor Humberto Martínez y Alberto Carrasquilla.

 

No es poco los que nos queda por hacer como ciudadanos, como sociedad civil fuerte y cohesionada para que nuestro país, sus riquezas e impuestos, no se queden en los bolsillos de unas pocas familias y sus delfines que vienen sacando provecho de esa debilidad que como sociedad civil hemos mostrado. Claro, todo parece ser un círculo vicioso, una cinta de moebius, que no tiene modo de darle la vuelta.

 

Sin embargo, ayer, en la marcha por la universidad, los jóvenes demostraron que hay maneras de cambiar y que la piedra de Sísifo se quede donde nosotros queremos que esté. Está claro que la clase dirigente del país, de la que hace parte Miguel Uribe Turbay, no quiere que el Statu Quo cambie, y por ello salen a criticar las marchas y los movimientos de resistencia que surgen en el país.

 

Pero como diría el tibio Sergio Fajardo: Se Puede, que ya tiene a su hijo para que entre en el vergonzoso grupo de delfines. Se puede cambiar toda esta realidad absurda que nos rodea, pero ese cambio debemos buscarlo nosotros desde diferentes sectores y con muchas herramientas para hacerlo. El trabajo periodístico es uno de ellos. Un país sin un periodismo independiente y sin una sociedad civil fuerte siempre será el banquete de unos cuantos pillos y delincuentes que se visten de seda.

 

La de delfines que viven de una que afecta a millones de personas que deberían vivir más dignamente y con mayores oportunidades de crecer en diferentes aspectos de la vida. Esta horda debe desvanecerse con el transcurso de los años y no crecer como ha venido sucediendo de continuum. El cambio empezó y no lo podemos detener. La lucha por la equidad es nuestra como sociedad civil. Estudiantes ayer nos dieron una muestra que la manifestación social es viable y da resultados.

Los delfines se definen por su cuna. No por los méritos, sino por su apellido, delfines que aunque tienen conciencia de serlo, no desean ni por un momento cambiar ese aspecto de la vida, de su vida como delfines en una sociedad con tantas desigualdades y pobreza.

Otras columnas de Alexander Quiñones Moncaleano : Peñalosa Una Opacidad Continua

no critiques, crea

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*