Literatura

La Novela y escritores contemporáneos 



El Shabbat 



Tan pronto empezaste a leer novelas por tu propia cuenta, quizás entre los 7 y 9 años, te diste cuenta de que el mundo es enorme y de que hay tantos libros para leer que no podrás leer ni siquiera un uno por ciento de las novelas que se escriben en . Aún así quisiste leerlos todos: a , a Benno von Archimboldi, a Samuel , a Julio Córtazar, a Borges, a los dos Mann, al Gran Gabo, y un millardo más de buenos y magníficos . Borges siempre lo dijo: me causa más angustia lo que me falta por leer que la muerte.

Después de ir creciendo y haciéndote a un cerebro con voluntad y decisión, te diste cuenta de que haber leído el ‘Ulises’ a los trece años en lengua inglesa sólo fue asunto de tu gran ego, pues en realidad no entendiste un pepinillo. A Donoso lo entendiste porque los chilenos no suelen ser muy profundos, algunos argentino son otro cuento, como fue Rodolfo Enrique Fogwill, y el autor de Rayuela, la cual fue dura de roer y ni hablar de Cien Años de Soledad con tantos Buendías que tendrías que haber tenido un lápiz y un blog sin estrenar antes de comprar el libro. Seguiste leyendo, dos o tres libros por semana, y descubriste que la novela era el arte mayor que la literatura necesita, aunque el mismo Borges siga repitiendo que el reto está en el cuento.

Cuando tuviste dieciséis ya querías ser un escritor famoso, y soñabas con medallas y galardones. Empezaste a escribir poesía, muy mala por cierto. Seguiste escribiendo y leyendo, descubriendo muchas cosas, entre ellas que sí hay que leer para poder escribir algo medianamente decente y que debías pegar tu trasero en la butaca todos los días por lo menos una o dos horas. Así te haces escritor, no diciendo que eres escritor.

A los veinte años ya tenías una obra que mostrar y empezaste a enviar tus cuentos a los concursos locales y nacionales. Nunca te han respondido; aún así, sigues escribiendo porque has comprado la premisa de Baudelaire: el talento es trabajar.

A los veinticinco conociste los grupos de apoyo en los que había una veintena de pendejos como tú que escribían y andaban por la vida diciendo que eran escritores. Te reunías con ellos los viernes a hablar de literatura, a intercambiar libros, pero sobre todo a beber vino barato y, si había algo más de dinero, cerveza o bourbon. En esos grupos ya te encontrabas con los autores que habían publicado en magazines editoriales nacionales. Tú seguías siendo un escritor inédito. Así era ser un escritor a la colombiana, creerse un escritor, sin escribir, y peor aún sin ser publicado.

Llegaron los treinta y seguías viendo la vida a través de la ventana. Algunos de tus antiguos compañeros de juerga ya eran reconocidos, publicaban en revistas, ganaban en concursos nacionales y daban entrevistas en canales culturales. Unos eran columnistas de diarios, otros profesores de prestigiosas universidades nacionales. Seguías escribiendo, seguías enviando tus manuscritos para no desfallecer en el intento de llegar a ser escritor. El aprendizaje de los treinta fue claro y sencillo: la única forma de ser escritor es escribir, y tratar por todos los medios de publicar.

Así fue como descubrí maneras de acercarme al anhelo de ser, de ser un escritor, así no fuera famoso pero escritor. Detesto a los escritores de mi generación y de mi país. Me parecen malos, perversos, con ínfulas, aunque sé que se trata de algo a lo que no he podido escapar y quizá no quiera, un sentimiento subvalorado en nuestra sociedad, una expresión que nos permite entre otras seguir cuerdos: la envidia. La envidia que llega cuando veo a un Juan Gabriel Vásquez, a un Antonio Ungar, a un Santiago Gamboa; aunque, cosa extraña, ese sentimiento no aparece cuando veo a un Pablo Montoya. Y hay que aclarar algo, con Juan Esteban Constaín me da algo que nada tiene que ver con la envidia sino con la desesperación y el tedio.

La cuestión ha cambiado desde que los escritores eran distópicos, outsiders; ese tiempo donde los escritores se iban de sus casas a beber ron, la bebida de las putas y malandros, y a consumir toda clase de sustancias, y terminaban siendo trotamundos. Ya no hay esa clase de escritores, ya no hay cuevas, ya no hay París para vagamundos; ahora los escritores profesores, académicos, gente divinamente acoplada, con muchos títulos; ya los doctorados no son honoris causa, ahora se los ganan estudiando y escribiendo documentos serios sin tanta ficción. Así nace la novela contemporánea y así son nuestros escritores, de los cuales todavía no soy parte, aunque seguiré escribiendo e intentando estar al lado de Pablo Montoya o Mario Mendoza porque ya de Gabo no pudo ser.

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