Me robaron el SmartPhone. Una oportunidad para reflexionar

Lo más contundente es que este texto sería otra cosa, si no existiera el celular. Así como la esperanza que guardas en ese mensaje que acabas de enviar, o la punzada que acabas de sentir por la foto que no querías ver, o el gustillo que te dio que aquella persona se enterara del logro que acabas de publicar.

(Photo by Yui Mok/PA Images via Getty Images)

Por Sandra Oróstegui

Lo más contundente es que este texto sería otra cosa, si no existiera el celular. Así como la esperanza que guardas en ese mensaje que acabas de enviar, o la punzada que acabas de sentir por la foto que no querías ver, o el gustillo que te dio que aquella persona se enterara del logro que acabas de publicar.

A woman using her mobile phone (Photo by Yui Mok/PA Images via Getty Images)

La semana pasada me robaron el celular. La conclusión la saco porque los servicios de Google para rastrear un celular indican el momento y el lugar exacto en el que lo perdí. Eso me permitió saber que me lo sacaron del bolso y no que lo dejé tirado como tantas cosas que olvido por aquí y por allá.

Hace un par de semanas la W impulsó un numeral en Twitter que decía #elcelularesunadroga y apoyé la causa en el sentido de que hasta ese instante no me cabía duda de que el celular es un mero objeto del que dependemos neuróticamente. Sin embargo, ahora, antes de ponerme a escribir esta columna, me dije que revisaría las notas de voz que grabo cada vez que algún fogonazo me atraviesa y consigno alguna idea que no quiero perder, pero…me robaron el celular.

Y entonces, me encuentro con que el celular no es una droga; es un bastón, un ojo, un oído, una mano, una memoria…un amigo. Y aquí me acuerdo del enigmático final de un ensayo de Julio César Londoño titulado El día que la máquina nos devolvió la mirada. El texto relata la derrota de Kaspárov, en un juego de ajedrez, ante la máquina de la IBM, Deep Blue. Dice Londoño que no entiende los celos del padre, creador de la máquina, y remata afirmando: “…espero el día en que Deep Blue o uno de sus descendientes pueda, después de derrotarnos en el divino juego, improvisar una broma para romper el embarazo que sigue siempre a la humillante declinación del rey, y sostener voluntariamente una conversación apasionada con su padre, el hombre. Entonces ya no estaremos solos, y abandonaremos por algún tiempo esa patética costumbre de estar enviando botellas de náufrago a las profundidades del cosmos. El hombre habrá creado, a su imagen y semejanza, un espléndido amigo”.

No sé si el celular califique como el amigo que se imagina Londoño. Lo cierto es que culparlo por los vicios, frustraciones, inseguridades y carencias de los seres humanos, que el celular ha sacado a relucir es otra muestra de la inmadurez y cobardía constante de esta especie.

El celular representa uno de los más grandes logros de la humanidad. Transformó el modo como nos comportamos con nosotros mismos y con los otros. Cuestiona sin ambages los hábitos que tenemos. Interroga sin malicia lo que hemos hecho con nosotros mismos como especie y nos pone todo, absolutamente todo, en una zona gris a la que no nos hemos acostumbrado: ¿es dictadura lo que pasa en Venezuela? ¿Es paz lo que se firmó en Colombia? ¿El aborto es un derecho de las mujeres? ¿Pueden los homosexuales besarse frente a los niños?

Lo más contundente es que este texto sería otra cosa, si no existiera el celular. Así como la esperanza que guardas en ese mensaje que acabas de enviar, o la punzada que acabas de sentir por la foto que no querías ver, o el gustillo que te dio que aquella persona se enterara del logro que acabas de publicar. Por eso, cada vez que se va un celular, se va una parte de lo que uno ha elegido ser.

 

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