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 Los desafíos del trabajo colaborativo en Colombia     

elshabbat.com

Por Esteban Alvarez
Getty Images
Antes de enumerar las razones por las cuales considero que el es prácticamente improcedente entre colombianos y los proyectos fallidos en los que participé y que me llevaron a considerar dicha hipótesis, creo que es necesario definir lo que en el mundo académico, por no decir, el mundo real, se entiende como ‘trabajo ’.
La idea es simple, se trata básicamente de poner en circulación conocimientos e ideas con el objetivo de compartirlos y construir un ‘artefacto’ nuevo, que tenga algún tipo de utilidad social. El principio que subyace a este tipo de dinámicas es el de la mimética, extrapolación que desde la genética se aplica a la comunicación y que se resume como la viralidad de la ideas y su potencial de propagación.
Ahora bien, por qué habría de ser improcedente que entre los nacionales de un país como pudieran establecerse de manera exitosa este tipo interacciones; desde mi experiencia personal, el problema se encuentra en el verbo ‘compartir’ y en la necesidad de reconocimiento individual que suelen tener los miembros de cualquier colectivo.
Mi primer encuentro cercano con este tipo de experiencias de trabajo lo tuve con una revista digital especializada en arte, diseño, ciencia y tecnología llamada http://elniuton.com/ , para el momento en que entré a poner de manera gratuita y libre mi conocimiento al servicio del proyecto, su director @gabovanegas, ya había conformado un inner-circle fuerte que se hacía llamar ‘los socios fundadores’ y el proyecto tenía alguna relevancia local.
Nos invitaban con alguna regularidad a eventos como el @imagenfest e incluso producíamos conocimiento, la revista generaba contenidos y en teoría trabajábamos sobre una idea difusa de lo que debería ser el ‘grafitti electrónico’. Claro queda que después de trabajar casi 3 años de manera gratuita las cosas se pusieron tensas, no sólo porque el director se marchó a Alemania a hacer una maestría, sino porque el vacío de poder que dejó atrás reveló la naturaleza verdadera de ‘los socios fundadores’.    
Al proyecto, que a esas alturas del campeonato ya le pertenecía a todos los que se habían ido a hambrear y quemar las pestañas en esa oficina, le aparecieron ‘dueños’, la horizontalidad de las relaciones se quebró y de repente me encontré trabajando no con, sino para, un grupo de personajes desagradables. Me fui, y no sólo yo, y el proyecto, a despecho de su director, desapareció junto con todo su potencial.
El segundo encuentro que tuve con este tipo de dinámicas de trabajo fue mucho más breve, algunos ex-niuton prometimos reunirnos y hacer un proyecto similar, esta vez con la convicción de mantener la horizontalidad en las relaciones de poder y de que el proyecto no enriquecería a nadie. No pasamos de la primera reunión, conversamos, tomamos notas, bebimos cerveza y a la segunda reunión llegamos dos personas. Ahí murió algo que se habría llamado “Museo Nacional de las Artes Experimentales”.
Como los dos anteriores, conozco varios proyectos maravillosos que fracasaron y las razones fueron más o menos las mismas, falta de compromiso, egoísmo y sobre todo miedo a ‘perder la idea’. Sobre esta última razón, hay algo que siempre me impresionó mucho de mis pares nacionales y es la obsesión que tienen con que alguien se aproveche de algo que dijeron, o una idea que dejaron escrita en un pizarrón y se haga millonario con ella.
Pues bien, no hace mucho tuve ocasión de conocer a @MollyNeuramante una diseñadora gráfica que se define a sí misma como ‘referente en comunicaciones’ y con quien en medio de un intercambio de mensajes concerté un encuentro para ejecutar un proyecto que hipotéticamente consistiría en una colección de cartas ilustradas categorizando taxonómicamente a las ‘ex-parejas’ y sus taras.
Me preparé para la reunión ideando una metodología para recabar datos de las características predominantes de las ex-parejas de los co-habitantes de mi entorno digital inmediato y me reuní con el referente en comunicaciones en cuestión. La conversación llevó a que pusiéramos en pausa el proyecto de los ‘ex’ y en su lugar exploráramos la posibilidad de hacer un proyecto de difusión cultural que tuviera una vinculación temática con los polinizadores.
Una idea brillante pensé, le dimos varias vueltas y barajamos opciones convencionales como una agencia de noticias, un fanzine, un cómic, hasta que finalmente, como un perro que se muerde la cola, coincidimos en que un álbum o una colección de cartas ilustradas con algún tipo de mecánica de juego sería un proyecto bonito.
Antes ella había propuesto ya la posibilidad de apelar a fondos europeos de cooperación para obtener algún tipo de financiamiento y había ofrecido la experticia de un entomólogo amigo suyo para disponer del acervo científico que requeriría el trabajo, yo empecé a leer sobre polinizadores y recordé que uno de mis socios en http://animazingstudios.com/ es un nerd empecinado de los juegos de rol y siempre había querido participar en la elaboración de un videojuego desde sus bases.
Estaba hecho, pondría de nuevo mi tiempo y mi energía al servicio de un proyecto colaborativo, pero entonces Macondo me recordó que vivo en Macondo y que el genio macondiano es por excelencia egoísta, y quien se llamara a sí misma ‘referente en comunicaciones’, reclamó con más que vehemencia por la invitación ‘abusiva’ a mi colega y aseguró que la idea de hacer un juego de cartas que sirviera para crear consciencia sobre el peligro que corren los polinizadores en Colombia había sido suya y que llevaba años desarrollándola con su entomólogo. Supongo que la idea de apelar a fondos europeos en el marco del postconflicto también le pertenece sólo a ella.
Después de superar mi frustración y de saberme bloqueado, me tomé un par de minutos para reflexionar sobre las cosas que nos dijimos durante la reunión, sobre esa idea difusa y poderosa de ‘salvar al mundo’ salvando las abejas, sobre lo que implica ser colombiano y sobre hacer las cosas de una manera diferente y llegué a la conclusión que presenté a modo de hipótesis en el primer párrafo de este texto: el trabajo colaborativo es prácticamente improcedente entre colombianos.
Creo que somos un pueblo carenciado y que compartir es un acto de generosidad que sólo tiene sentido desde un grado de saciedad mínima con la existencia, sin embargo, también creo que las ideas, como las personas son libres, y que son las acciones y no las palabras, ni las pretensiones las que transforman el mundo de manera positiva, ergo, lo invito a que si usted tiene una idea que tiene potencial de hacer un poquito más potable este país, la comparta, no espere reconocimiento y haga lo posible para que se materialice.
Nuestra pobreza como nación no es una cuestión platónica, está ahí todos los días, en la calle, en los insultos que intercambiamos en redes sociales con connacionales que pertenecen a una facción política opuesta, nuestras posibilidades como nación sí son una cuestión platónica y están ahí, en las ideas que tenemos todos los días y que nos negamos a compartir.
   
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