La tragedia humana y el coronavirus

Performer Ashlee Montague dances in Times Square, New York, during the pandemic. Image: REUTERS/Andrew Kelly


Por Víctor Holguín 


El 2020 será inolvidable: el primer año de la pandemia, de la partida del maestro Aute por causas no relacionadas con la Covid-19 y de la desaparición de otro grande, el gran cantautor mexicano Armando Manzanero, por cuenta del coronavirus. Esto solo por mencionar dos caras visibles de ese incontable número de personas hoy convertidas en recuerdos, y del cual por poco hago parte.

Esta tragedia humanitaria nos ha mostrado cientos de defectos en el engranaje de la sociedad, uno de los más notorios: la falta de preparación para los grandes desastres sociales, no obstante que vivimos tiempos de “saturación” humana, dondequiera que se mira hay rostros, todos los eventos son multitudinarios, cualquier pequeña catástrofe deja fallecidos hasta en el más recóndito lugar del extenuado planeta tierra.

Otro indeseable problema, por absurdo que parezca, es una realidad innegable y es la precariedad en la que desempeñan su trabajo los cientos de miles de trabajadores del sector salud en los diferentes países, incluyendo obviamente el nuestro.

Esa deuda sin solución, y lamentablemente así seguirá, es producto del sistema social en el cual un enfermo es “cliente”, y los médicos han sido excluidos de las grandes conquistas que comenzaron los “mártires de Chicago”, al punto que muchos no conocen ni conocerán el significado de “recibir la prima” o el pago anual de las cesantías.

Mencioné antes la tragedia humanitaria de la pandemia, porque es real, miles han muerto en soledad, el último adiós lo dieron en sus casas antes de hospitalizarse. Yo salí de mi casa con la idea de hacerme unos exámenes ante un cuadro clínico atípico, con la idea de regresar horas después, a continuar mi aislamiento. A mis hijos solo les dije de lejos: “en un rato nos vemos”.

Ese rato se convirtió en 10 días, 240 horas de las que me ausenté sin esperarlo. Al igual que los que no volvieron, yo no tenía planificado nada, no pasó por mi cabeza el asunto de la clave de la cuenta bancaria, cómo se entra al portal para el pago del colegio de los niños, decirle a mi esposa cuáles son todas las cuentas por pagar y ni siquiera especificarle qué debía hacer con los seguros de vida. No hubo tiempo de nada, ni de un beso de despedida, no existe inducción alguna para el manejo de la triste enfermedad.

A mis 42 años el coronavirus estaba poniendo en “stand by” mi vida y la de todos mis allegados; por cuenta de esa infección, que al principio pintaban como banal, una “gripita que mata ancianos”, casi me toca asistir a “la última gota que en la clepsidra tiembla” cómo escribió el poeta Antonio Machado. Finalmente logré salir adelante, gracias a la intervención médica, gracias a mi respuesta inmunitaria, gracias al azar, en fin, gracias a las tantas cosas rodeadas de incertidumbre, que aún permanecen entre interrogantes.

Produce una inconmensurable tristeza reconocer que hoy más de cuarenta y dos mil compatriotas no lo lograron, más de un millón ochocientos mil seres humanos en el mundo se quedaron súbitamente detenidos esperando que las acciones de muchos fructificasen en garantizarles el esfuerzo vital para continuar escribiendo una historia. 

La tragedia de la vida humana no para allí, el encierro ha determinado cambios drásticos en la vida, ha demostrado nuestra fragilidad, muchos han caído en las suaves garras de la depresión, y un importante sector de la sociedad ha visto cómo la micropartícula les impuso un nuevo régimen económico en una sociedad para nada preparada para la solidaridad. Esa larga palabra conocida por muchos, practicada por pocos y definitivamente ajena al sistema, se convirtió en la única salida para seguir sobreviviendo.

Cabe resaltar que, en medio de este panorama, existen personas con una gran capacidad de adaptación asumiendo todo como un reto, han tenido la oportunidad de descubrir nuevas aptitudes y cultivar las ya conocidas. Han surgido desde los rincones de una habitación proponiendo nuevos emprendimientos, buscando solución a los problemas de esta realidad extraña, que muchos quieren negar pero que la irrefrenable pandemia mantiene actualizada al día.

Cuando se notificaron los primeros casos de la nueva pandemia, todo ese oscuro panorama que vivían en tierras lejanas, era apreciado como un horizonte borroso. La aparición en nuestro país de los primeros casos de la COVID-19 se presentó con una mezcla de miedo e incertidumbre entre el personal médico, esta última aún latente, con una única certeza: “la atención de los enfermos es nuestro destino y con el debemos estar contentos”.

Pese al desconocimiento de las horas que cualquier médico invierte en actualizarse, en conocer la innumerable cantidad de recomendaciones que de manera abrumadora se publican, apareció un ingrediente inesperado, aunque ya conocido: la ignorancia, ese tirano terrible que intentaron desterrar los padres de la Revolución Francesa. Los médicos pasaron de brindar esperanza a ser “mercaderes de la muerte” en un fin de semana, rumores intencionalmente alimentados por viles espíritus, que a conciencia o no de las consecuencias crearon difíciles barreras para la ejecución de la humana labor.

Frente a todo este asunto debo confesar que el heroísmo que nos han querido acuñar a los galenos, enfermeros y demás profesionales del sector, es un calificativo que sabe mal, sabe a plomo oxidado en una nación que también llama héroes a los miembros de la fuerza pública, donde si bien algunos cumplen nobles tareas, existen otros que se han encargado de apagar vidas y desaparecerlas.

Para terminar, no puedo ocultar mi permanente sensación de desasosiego. Recuerdo un viejo refrán que dice: “suerte te dé Dios, que el saber nada te vale”. En el momento en que me vi al borde de la intubación solo me embargaba la angustia, pensaba en mi vida en retroceso, en la ridiculez de tantas preocupaciones y discusiones, en los planes no desarrollados, en mis hijos aún pequeños, en la soledad de mi esposa, una extranjera en medio de una sociedad condenada a la violencia injustificable; en los esfuerzos por años realizados para alcanzar pregrado y postgrado, en esa vida “en pausa” que podía ser convertida en memorias.

La tristeza desde ese momento fue enorme y ya solo quedaba entregarme por completo a la labor de mis colegas sin chistar. En ese mismo instante fui perfectamente consciente de nuestra levedad, de la fragilidad de la vida que siempre se ha descrito imparable. Un buen amigo y compañero de trabajo, de las pocas cosas que recuerdo con nitidez en los minutos antes de la desconexión producto de la sedación, se acercó hasta mi cama y me dijo: “no te preocupes, todo va a salir bien, es importante que el cerebro y la mente estén tranquilos para que el sistema inmune funcione, confía”.

La verdad no tenía otra opción que confiar y esperar, pese a todos los conocimientos que un médico especialista debe acumular. Hablo de una sensación de zozobra, pues es lo que muchos otros mortales hicieron, encomendarse a la labor de los galenos, y no lo lograron; para sus familias, mis más sinceras y sentidas condolencias, con toda seguridad, por muchos años que tuvieran encima, la mayoría de ellos no tenía planeado abandonar este mundo en menos de una semana por culpa de “un invisible virus” y yo tampoco. En ello radica la tragedia humana: todos estamos destinados a un fin, pero no así, no en soledad, no rodeados de vacilación, sin una despedida, sin mascullar al menos una maldición pues la “hipoxemia feliz” deja el encéfalo tan embotado que ni para eso sirve.

En mi caso al menos ya tenía dos hijos, había sembrado árboles y había participado en un proyecto editorial, me resultaba tan absurda la partida que una vez recuperado recordé al Tío Marcial de la canción de Krahe:

“Y la próxima vez

Te juro que seré

Oh patria, algo más práctico

Te dejaré un borrego

Una fotonovela

Y una flor de plástico

Te dejaré un borrego

Una fotonovela

Y una flor de plástico”.

Victor Adolfo Holguín Prieto


Tags: #Covid-19, #Coronavirus, #VictorHolguin,


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