Salud

La resurrección de “HeLa”: una historia que sigue viva      

Por Diana Marcela Mejía Granados

Año 1951. Tiempos de fuerte segregación en estados unidos. , mujer de raza negra originaria de Virginia y procedente de una humilde familia labradora del campo es diagnosticada con agresivo de cuello uterino en el reconocido hospital . A partir de una simple y rutinaria biopsia de aquella masa tumoral comienza uno de los más revolucionarios descubrimientos para la ciencia.

Conocidas con el acrónimo de “”, estás células son capaces de replicarse eternamente fuera del cuerpo humano si se les garantizan condiciones ambientales y nutricionales in vitro favorables. Y es que desde un principio las células de Henrietta mostraron una naturaleza desmedida. Se replicaban y contaminaban hasta los ductos de ventilación y paredes de laboratorios donde eran estudiadas.

El enigma detrás de estas células llevó a que grandes estudiosos se esforzaran cada vez más a entender el porqué de su comportamiento caótico. Pero los resultados no se hicieron esperar. Sometidas a pruebas nucleares y hasta viajes espaciales, estas células permitieron la obtención de vacunas, agentes quimioterápicos, lucros exorbitantes para la industria biotecnológica y anhelados premios nobeles. Estos y otro puñado de acontecimientos marcaron la historia de las ciencias médicas y la biología molecular.

Lo amargo de esta singular historia fue que Henrietta no vivió lo suficiente para saber que sus propias células habían contribuido sobremanera al avance de la ciencia y su familia tampoco recibió desde un comienzo la información precisa para que ellos pudieran comprender el motivo de la inmortalidad de aquellas células. Varios temas éticos y legales estuvieron involucrados en este caso debido a que los descendientes de Lacks sólo se enteraron 20 años después del óbito de su madre de lo que habían hecho con sus células y tenían la plena convicción de que el Johns Hopkins usaba a los negros como cobayas para sus crueles experimentos.

Ante las millonarias denuncias, acusaciones y demandas, los médicos y científicos detrás de esta inmemorable leyenda alegaron que en aquella época una vez sustraído cualquier tejido o muestra biológica de un paciente este se tornaba automáticamente propiedad de la institución. Así fue como lentamente fueron naciendo los códigos, declaraciones y leyes sobre los derechos que tienen los pacientes al aceptar o rechazar la participación en cualquier investigación o acto médico sobre el cual pueda generarse un prejuicio o sacar algún tipo de provecho, sobre todo económico.

El consentimiento informado es ahora el instrumento usado por los investigadores para explicar en un lenguaje que todos puedan entender la finalidad de las pesquisas, los procedimientos que se llevarán a cabo, los riesgos y/o beneficios secundarios a ella, el sigilo sobre los datos y fotos del paciente, el permiso para almacenar sus tejidos, DNA, fluidos biológicos, etc.

Por otra parte, constituye una herramienta para defensa en caso de posible conflicto de interés o ganancias secundarias. Con la firma de este documento legal se puede decir que se sella una especie de contrato y se le otorga un voto de confianza a cientos de científicos interesados en responder lo desconocido y hacer posible lo imposible.

La historia de Henrietta inició como un descubrimiento de algunos investigadores bien intencionados y actualmente ha beneficiado a miles de personas, pero al mismo tiempo causó mucha incertidumbre en su familia.

¿Como explicar que alguien fallecido hace 60 años de cierta manera continua vivo? ¿Y cómo explicar que una familia tan pobre nunca recibió un centavo de dólar por la comercialización de aquellas magníficas células? La ciencia pasó de una era de ficción a una realidad palpitante y creo que es una obligación darles el lugar que se merecen y tratar con transparencia a cada uno de los voluntarios que aceptan ayudar a nuestra creciente comunidad científica.

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