La “pinta de puta”

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Por Sandra Oróstegui

Las damas, como dice Margarita Rosa, tienen la falda más larga, pero también la voz más baja, las ideas más reservadas y las acciones más cautas. La “pinta de ”, por tanto, no es sólo escote, es un modo de ponerse en un mundo de hombres para quienes el peor insulto es ser un hijo-de-.

VENICE, ITALY – March 2019. (Photo by Awakening/Getty Images)

¿Se puede insultar a una mujer con una palabra peor que “puta”? La pregunta me quedó resonando después de que un compañero me comentó de los trabajos que había hecho en clase con Satanás, de Mario Mendoza. Me decía que en el libro se usa reiteradamente el término para insultar a las mujeres, “como si no hubiera nada peor”.

Sentí la conversación como una segunda parte de la columna La puta y la dama publicada por Margarita Rosa de Francisco, días antes, en El Tiempo. La columnista contrapone las dos palabrejas y afirma que, como mujeres, no podemos permitir que nos sigan definiendo en esos extremos.

Y es que la cosa comenzó a hacer comezón, como le sucedió a Margarita, a raíz del comentario “con pinta de putas”.

Cuenta Julio César Londoño en su famoso ensayo Historia de una mala palabra que el vocablo procede de la palabra griega budza que significaba sabia. Sucedió que cuando las atenienses se tropezaron con las de Mileto y se dieron cuenta de que además de retozar con sus maridos, los hacían reír, se llenaron de celos y la b, se transformó en p.

Resulta interesante la historia porque se siente el tiempo como un verdadero estanque, en el que casi no pasa nada. El veneno que, según Londoño, impregnó el primer latigazo a la palabra, se mantiene en el trino del señor Greiffenstein. Lo que se esconde detrás del insulto, como sucedía en la Grecia antigua, no es sólo la crítica a la libre sexualidad, sino a la libertad femenina.

El patriarcado que dominaba en Atenas, no regía en Mileto. Las mujeres aquí eran cultas y podían compartir con los hombres; mientras que a las atenienses no las dejaban asistir ni a las fiestas que se hacían en su propia casa. El rencor surge ahí y ahí se quedó.

Me atrevo a afirmar que la rabia de Greiffenstein no se refiere a la ligereza de ropas que pueda ver en las mujeres petristas, sino en la libertad que ostentan. Las putas siempre han representado un desafío para las sociedades, pues su actitud frente a la sociedad es desafiante, rompe con el orden perfecto de la mujer en la casa y el hombre en la calle. Es decir, invaden el espacio público, tan celosamente resguardado por el género masculino.

Las damas, como dice Margarita Rosa, tienen la falda más larga, pero también la voz más baja, las ideas más reservadas y las acciones más cautas. La “pinta de puta”, por tanto, no es sólo escote, es un modo de ponerse en un mundo de hombres para quienes el peor insulto es ser un hijo-de-puta.

 

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