Opinión Periodismo

La Desaparición Forzada, Sin Ritual no hay Muerte y no hay Duelo


Por Gustaf Refalosa/@hbecas


“no se torna carroña, el cuerpo que

habitaba la palabra, que el lenguaje

cadaveriza”

Jacques Lacan 


De pronto la pandemia nos sirva para reflexionar aquellas cosas que en la vertiginosa vorágine del consumo y el movimiento perpetuo no nos permite hacerlo. Una de ellas es la , algo que en los medios de comunicación y en las altas esferas, no pasa de ser un ruido blanco.  Según el Instituto Nacional de Medicina Legal se han registrado 89.736 casos de personas desaparecidas hasta el 31 de diciembre de 2013, y contando. Porque de la esperanza del fin de la guerra, se pasó a la desazón de la reactivación de los fusiles y a la perpetuación de las condiciones que lo hacen posible. Este es el legado del gobierno de Iván Duque. Esta es una reflexión sobre el dolor de la imposibilidad de despedir a nuestro ser querido, sobre la no-muerte, sobre el sufrimiento y ambivalencia de la familia del desaparecido. 

Según Gloria Galíndez, quien fue coordinadora Jurídica de ASFADDES, la desaparición forzada es: “La privación de la libertad a una persona, cualquiera que fuere su forma, cometida por agentes del Estado o por personas que actúen con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la falta de información, o de la negativa a reconocer dicha privación, o de informar sobre el paradero de la persona, con lo cual se impide el ejercicio de los recursos legales y de las garantías procesales pertinentes” (Convención Interamericana sobre desaparición forzada de personas, OEA, Junio 1994). La práctica sistemática de la desaparición forzada está considerada por la Naciones Unidas como un (Asamblea General de la ONU, diciembre de 1992). Aunque creo que por las características y la dinámica que tiene el conflicto en  Colombia, ésta en términos prácticos, no solo se circunscribe a la acción de agentes del estado y a lo que voy a referirme específicamente es a la desaparición de un ser querido sin hacer énfasis en las motivaciones políticas o socioculturales que la determinaron. Es tratar de señalar qué pasa cuando  el ser amado no está mas, cuando desaparece intempestivamente de nuestra vida y nuestra mirada, sin saber verdaderamente cúal es su paradero, si vive o muere y en que circunstancias está ausente. Y esto tiene unas diferencias con otro tipo de pérdidas en la vida anímica del sujeto.

La desaparición forzada, tiene su origen con la promulgación por parte de Hitler del decreto “noche y Niebla”(Nacht und Nebel) 1941, establecía “la detención de toda persona peligrosa para la seguridad de los alemanes y su liquidación, sin dejar huellas, en la noche y en la niebla de lo desconocido, y sin que sus familiares recibieran ninguna noticia, referente a la suerte de los afectados”. Es importante subrayar  que los Nazis usaron la desaparición forzada no solo como un método para neutralizar opositores políticos, sino también como una práctica sistemática para eliminar al otro, o sea al diferente, en términos de que la eliminación del otro es masiva a través de la segregación, la esclavitud, la tortura, la muerte y la quema de cuerpos en los campos de concentración. 

En América Latina, esta práctica se inició en Guatemala en 1966, en Chile tras el golpe militar en 1973, en Argentina en 1976 con la ascensión al poder por parte de la Junta Militar y en Colombia en 1977, en el gobierno de Lopez Michelsen, aunque su práctica se generalizo durante el gobierno de Turbay Ayala con la promulgación del estatuto de seguridad nacional.  Digamos entonces, que la desaparición forzada no solo busca eliminar la amenaza que puede representar un contendor político a través de su asesinato, sino también  y de manera intencional ocultar el cadáver en aras de borrar las huellas del crimen y sostener un estatuto de impunidad en la perspectiva perversa de infligir un daño y enviar un mensaje de incertidumbre a los familiares y a todos aquellos  que de forma directa o indirecta tienen un trato con la víctima. 

En el ámbito legal la desaparición forzada, implica la cesación de todos los derechos de la víctima, ya que se viola el derecho a la vida, que implica una cesación del resto de derechos como el de la libertad, el de tener unas garantías procesales, con un juicio justo y una defensa. A nivel simbólico se le niega a la familia el ritual funerario y por lo tanto la posibilidad de inscribir la muerte del ser amado en el lugar de los muertos, a través del ritual funerario, que es la ceremonia que hemos inventado los hombres  para decir adiós a aquellos que amamos y que desde las cenizas de lo irreparable tendremos que irnos acostumbrando paulatinamente a la ausencia de aquel que ocupó un lugar en nuestra historia y que con su partida y la despedida que le hacemos nos tocará inventar nuevas formas de estar en el mundo, así para ello sea necesario sumergirnos en las desgarradoras notas que harán surgir una tristísima melodía en el dolor de lo que nunca jamás será, a no ser en la majestuosidad de la muerte. El duelo es eso, es la desconexión paulatina de aquello que amamos, y lo hacemos poco a poco porque la libido no abandona de buena gana a aquello que le da consistencia, que es el objeto y es doloroso en tanto nos prepara para la ausencia de aquello que añoramos  porque ya no está, el duelo no es un estado patológico en sí, es el trabajo de sutura que hace la psiquis para tramitar la pérdida del objeto. Además aunque no lo digamos la ausencia permitió que afloraran los sentimientos en toda su complejidad, así el odio latente hacia el ser amado se hace evidente y se convierte en reproche hacia sí mismo: Aquel que se fue no-solo nos hace llorar, también nos hace  sentir culpables, pero ¿culpables de qué? Seguramente de desear su muerte o al menos de gozar con esta idea. Ya no está el objeto de amor al lado y nuestra alma inicia un camino a solas consigo misma, ya el mundo no importa, el verde no es ya de todos los colores, ahora es cualquier color. Los ojos de aquel que se fue no están en ninguna mirada, son un recuerdo inasible, imposible de atrapar, es lo que Freud llama la “prueba de realidad” lo que está en cuestión, porque el objeto así tenga una existencia real, también tiene una existencia imaginaria en la psiquis, o sea que está afuera en tanto su presencia corpórea lo denuncia y está adentro gracias a que es un objeto imaginario. Por ello es que el primer movimiento psíquico ante la pérdida es la negación, porque una parte del yo reconoce la pérdida, pero otra la niega porque su presencia estaba regida por el placer que el objeto nos causaba. 

Es precisamente el ritual, el que nos prepara para la elaboración del duelo, en este encuentra la psiquis la vía simbólica para la elaboración o sea para tomar partido por el principio de realidad, el doliente entonces a través del ritual hace una prueba de realidad que lo confronta a la aceptación  de la pérdida del otro y permite expresar el dolor de la pérdida. Es el ritual el que protege al vivo de los terribles poderes del muerto y lo protege de todos los poderes sobrenaturales de éste, que no son otra cosa que la proyección que hace el vivo en él de sus sentimientos.  O sea que permite llorarlo como es debido e inscribirlo donde corresponde, en el lugar del cadáver para que el muerto retorne a su lugar simbólico. No es esta acaso la apuesta de Antígona:” Yo voy a enterrarle y en habiendo así obrado bien, que venga la muerte: aquí yaceré con él, con un amigo, convicta de un delito piadoso; por mas tiempo debe mi conducta agradar a los de abajo que a los de aquí, pues mi descanso entre ellos ha de durar siempre. En cuanto a ti si es lo que crees, deshonra a lo que los dioses honran”…”bien, y tu te escudas en este pretexto, pero yo me voy a cubrir de tierra a mi hermano amadísimo para darle sepultura”  ella con este gesto reclama para su hermano su lugar entre los muertos, o sea un lugar simbólico que tiene en la sepultura su consistencia. En el sentido del reclamo inicial, Antígona es una madre de la Plaza de Mayo de la antigüedad.                                               

Ahora bien ¿qué pasa con el desaparecido?, ¿Está muerto o vivo? ¿Y si los indicios dan para suponer que está muerto, entonces porque no aceptarlo y ya? La ausencia del cuerpo da pie para que lo imaginario retorne permanentemente. Rubén Blades dice que el desaparecido está en el agua, en los matorrales, en la noche, en el día, en el parque, el bar, la esquina, en su habitación aún duerme aunque no esté, gravita incesantemente en cualquier lugar, perfora sin descanso la tranquilidad de aquel que se niega a aceptar su muerte. Y este fenómeno tiene una lógica en la dialéctica de la prueba de realidad y la parte del yo que hace negación del evento y que encuentra en lo real una constatación de este no-lugar de la muerte, de esta forma lo imaginario desatará la terrible esperanza de que algún día aparezca y mientras tanto el duelo no tiene lugar, porque no hubo constatación y por lo tanto la libido no se desprende del objeto y este retornará permanentemente, así la prueba de realidad  se verá constantemente amenazada bajo el influjo del principio de placer que se sostiene con fortaleza. Recordemos que el ritual prepara al sujeto para la ausencia, por ello es que este inscribe al muerto en el lugar simbólico de la perdida. Miren el recorrido de las Madres de la Plaza de Mayo, ellas iniciaron cada una por su cuenta preguntando en la comisaría policial por la suerte de sus hijos, al no encontrar respuesta encontraron que en la Plaza de Mayo ese lugar de no silencio, ese sitio para hablar de su dolor, donde cada una podía hablar con las otras, al respecto Hebe Bonafini, la presidenta de la Asociación dice que en la plaza no había escritorios, ni trámites burocráticos, ni largas esperas, ni dilaciones, allí eran libres de hablar de su dolor e identificarse a partir de la ausencia de sus hijos. Es que allí estaban las madres que buscaban a sus hijos, a quienes evocan con el símbolo del pañuelo, porque los pañuelos eran en realidad pañales que cada una había guardado como recuerdo, creo que esas madres  buscaban proteger imaginariamente a sus hijos, evocando su infancia: vuelve hijo mío que yo te protegeré, es como un auto reproche por haberles permitido crecer.  El  primer reclamo  que se le hizo a la dictadura fue el de que les devuelvan a sus hijos con vida, después ante el silencio de los funcionarios empezaron a preguntar ¿a dónde están los desaparecidos?, después ante la imposibilidad de ver a sus hijos con vida y posteriormente ante la certeza de que no les entregarían los cuerpos de sus hijos, ellas empezaron a reclamar justicia, a que se condene a los asesinos de sus hijos y en esa lucha llevan 40 años o más, ellas lograron hacer de la pérdida de sus hijos una causa de la humanidad. Ellas son responsables con su lucha de tratar de poner fin a la impunidad, de que en Argentina se haya dictado sentencia sobre la no prescripción del delito, en oposición a la ley de punto final  y amnistía decretada por Menem. En la Corte Penal Internacional se trata precisamente de juzgar a aquellos que habiendo cometido  delitos de lesa humanidad y siendo protegidos  por las leyes nacionales, puedan ser juzgados por el resto de la humanidad representada en este organismo.

La certeza es que el desaparecido no aparece y hay una imposibilidad para tramitar la pérdida, por ello es necesario preguntarnos si es posible hacer síntoma y lazo social, frente a la inhibición y la angustia. Creo que del lado de lo social, sería importantísimo el castigo de los culpables, ya que permitiría al doliente descargarse de la propia culpa por la pérdida.  Alguien me decía que cuál era el beneficio de castigar a Pinochet por los desaparecidos en Chile si a fin de cuentas los muertos ya estaban muertos y nadie, ni siquiera dios podría revivirlos. Yo le respondí que era precisamente para que estos descansen en paz (requiescat in pace) y para que quienes le sobrevivieron, puedan vivir la vida con las dificultades inherentes a la condición humana. o sea, que con el castigo, este Otro absoluto dueño del saber y de la muerte, retorne a su lugar precario de humano. No hay justicia divina que valga, solo la maltrecha justicia humana, puede devolvernos un poco de sosiego.

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