Víctimas

Hidroituango:  otra tragedia que nos divide    

Por Yesid Espinosa
@YESIDESPINOSAZ

Las imágenes son escabrosas: el del río apenas puede contener la enorme masa de agua; el río corre furioso, invade poblados, inunda estructuras, arrasa con puentes; comunidades enteras marchan loma arriba temiendo por sus vidas. De otro lado, la montaña expulsa con la fuerza de lo reprimido poderosos chorros de agua, un hombre corre desesperado mientras se escucha a sus compañeros gritarle con angustia que otra descarga de agua, otra erupción, se avecina.

Desde finales de abril la construcción de , la represa que generará el 17% de la energía que requiere Colombia, está en crisis. Los túneles de desviación del río Cauca se taponaron, fue necesario inundar la casa de máquinas para dar salida al agua, la fuerza del líquido logró luego desatascar uno de los túneles de desviación, pero éste de nuevo se taponó y se destapó otra vez, aumentando con ello el volumen del río aguas abajo. De nuevo este ciclo de obstrucción y despeje se repitió el pasado 16 de mayo, pero esta vez en el caudal que se evacuaba por la casa de máquinas. El agua buscó entonces salida por la parte alta de esta estructura y la encontró en las galerías de tránsito o vías de acceso generando una emergencia en la zona, que después derivó en declaratoria de calamidad pública.

Hoy se contabilizan 600 personas afectadas en su patrimonio, 4800 personas de poblaciones rivereñas evacuadas y albergadas en escuelas, colegios y coliseos, cuatro trabajadores lesionados, el municipio de Ituango incomunicado. Llueve y llueve, mientras aumentan el caudal del río, el miedo y el riesgo para más de 200.000 personas del norte y bajo Cauca antioqueño.

Aparecen ante esta el oportunismo y el temor “represados” por años: a la mejor usanza de la Casandra mitológica, se escuchan voces enrostrando que habían anunciado la tragedia y que nadie atendió en su momento el terrible vaticinio; saltan sesudos periodistas criticando procederes del consorcio Hidrohituango y reclamando cabezas de EPM. Aparecen, como siempre, figuras políticas buscando réditos y figuración, —más ahora en la recta final de las campañas presidenciales— asignando responsabilidades a candidatos y a mentores de candidatos porque aquellos, mientras estaban en el poder ejecutivo, avalaron,  promovieron o guardaron silencio en algún momento del diseño o la ejecución del megaproyecto. Salen movimientos cívicos y sociales señalando y juzgando como inquisidores. Brotan ciudadanos rivereños exigiendo indemnizaciones inmediatas. Asoman iracundos y agudos personajes reclamando desde las redes sociales  investigaciones rigurosas o indicando oscuros intereses económicos en la aceleración del cronograma de la obra. Ahora todos somos expertos, todos sabemos de hidrología, de generación y comercialización de energía y más de represas; todos somos ingenieros, geólogos, físicos. Todos, como trinaba César A. Betancur (@Yopucheros), tenemos el título de “Hidroituangólogos”.

En este país, paradójico y atormentado, es tradición que las tragedias en lugar de congregarnos, nos polaricen. Un bando señala la responsabilidad del consorcio y en especial de EPM en aspectos del diseño y seguridad de la obra, otros reconocen la trayectoria e idoneidad de EPM y defienden su proceder.

Es necesario que en estas circunstancias nos acerquemos emocional, y materialmente si es necesario, a las comunidades y a las personas damnificadas y en riesgo; considerar empáticamente a aquellas personas que pueden perder, o están perdiendo, su patrimonio, su arraigo, su historia, su vida. Pero de la misma forma nos debemos aproximar a las personas que laboran en el consorcio y en EPM. Según Jorge Londoño De la Cuesta, gerente de EPM, 11.000 empleados están trabajando 24 horas al día en la obra, intentando superar esta crisis. 11.000 personas que también tienen familias, 11.000 personas que también están exponiendo su vida procurando que este desastre no se convierta en una catástrofe.

Es innegable: lo que acontece en Hidroituango es una tragedia de proporciones descomunales. Tan grande es esta calamidad que aún no se pueden dimensionar su impacto ni sus costos sociales, políticos, ambientales, económicos. Mucho se perdió y mucho se está perdiendo, pero no podemos permitir, no solo como ituanguinos, antioqueños o colombianos, sino como seres humanos, que se agreguen vidas, vidas de personas, a la columna de las pérdidas. Es preferible que este megaproyecto porte el lunar del fracaso y no que se convierta en sinónimo de camposanto.

No solo los directivos y expertos del consorcio, y en especial de EPM, deben actuar y hablar con tino y responsabilidad; también los medios de comunicación y nosotros, los ciudadanos de a pie — de viva voz y en redes sociales—, también estamos en el deber de obrar y expresarnos de esta manera. Al miedo y la zozobra que un siniestro de esta magnitud produce, no debemos sumar oportunismo, rencores, desinformación y negativismo. Mucho se está perdiendo, eso es indiscutible, pero que el río no arrastre nuestra empatía y buen juicio, que no queden hundidos bajo miles de metros cúbicos de agua nuestra solidaridad y sensatez; que no queden sepultadas bajo miles de toneladas de tierra nuestra hermandad y cordura.

Fuerza a las comunidades y las personas que las conforman, fuerza también a las empresas y las personas que las conforman y que están trabajando para superar este desastre. Tiempo habrá de sobra para investigar, valorar perdidas, asignar responsabilidades y exigir sanciones. Por lo pronto, prudencia y fe.

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