Feminismo

El día que comprendí que podía y debía ser feminista

El día que comprendí que podía y debía ser -()

Por Eva Palié
@evapalie

Foto: noticias.com

Tengo veinti cinco años, cumplidos, nací una tarde calurosa del mes de mayo, para ser más precisa el día 13. Nací en el caribe colombiano por esas casualidades del destino, mi padre es bogotano, mi madre santandereana. Para esos días mi padre había sido trasladado a gerenciar una oficina “por unos meses” mientras asuntos burocráticos se solucionaban. Ese por unos meses se convirtieron en siete largos años. Así que allí me crié y por tanto le debo mucho a mi formación cultural y espiritual.

Cuando llegamos a ese infernal pueblo, mi madre estaba embarazada de mi y tenía 7 meses. Mi hermano tenía catorce meses. El plan no era que yo naciera en el pueblo, sino que mi madre fuera a tener el trabajo de parto en la capital del país, pero los planes no siempre salen como se quiere. Así que estando en el octavo mes de embarazo mi madre rompió fuente y tocó, sí, tocó nacer allí.

Allí estudié mis primeros años de colegio. Allí tuve mis primeros amigos. Allí vi y sentí lo que sería mi universo poético. Viví, crecí, y sentí en un hogar no idílico pero en gran medida tranquilo. No había preocupaciones trascendentales. Mi madre era una mujer infeliz, a la que le tocó posponer su deseo para seguir el de mi papá. Ella era una mujer hermosa, realmente hermosa, una hembra grande, pero muy infeliz. Mi padre era, mejor es un tipo demandante. De esos tipos que cree que el mundo gira en torno suyo, y más el mundo familiar.

Crecer en un pueblo tiene su encanto. Ibamos de vacaciones a donde los abuelos, pero solo a las vacaciones de fin de año. Las de medio la pasabamos en la costa atlántica en un apartamento que tenía mi papá, pero solo íbamos mi hermano, mi madre y yo. Mi padre nos alcanzaba los fines de semana y no todos. El señor era de esos que tenía aventuras pasajeras y una que otra permanente. Vi muchas veces a mi madre llorar por las que mi padre frecuentaba. Pero acá lo que quiero recalcar es la crianza en un pueblo del caribe donde el no se disimula como se disimula en el interior.

Los caribe, son gente sincera, fresca y espontánea. Si tienen mozas no lo ocultan, si sin guaches lo demuestran, hablan fuerte y sin delicadezas. Así eran mis amiguitos de siete años. A esa edad los dejé, y ellos me dejaron a mi una profunda huella. Ellos me mostraron que los hombres eran unos cafres. Odie a mi padre y creo que aún tengo sentimientos encontrados.

Desde mi infancia sabía que debía defenderme del patriarcado dominante. De mi hermano, de mis amiguitos, de mi padre. Esos primeros hombres que tuve que encontrarme, esos que creen que el mundo es de ellos y los demás viven alquilados. No de mis primos cachacos, que de niños son tranquilos y hasta amables, pero cuando crecen son otros hijos de . Mi hermano me pegaba, me mandaba a hacer cosas que a él le tocaban, con el beneplácito de mis padres. Pero gracias a eso comprendí que debía prepararme para no dejarme joder de ningún cafre con pelotas. Allí me hice feminista. Con el idiota de mi hermano, con el imbecil de mi padre, con la pelotuda de mi madre, que no hacía sino llorar, callar, aguantar, la odie por eso, por su debilidad cabrona. No siento que haya sufrido, y que sea una traumada por eso, por la debilidad de mi madre, pero sí me juré que no sería tan pendeja, tan llorona, tan débil. Juré que formaría mi mente y mi espíritu para afrontar a los machos que llegaran a mi mundo a querer sabotearme.

Foto: theaglawold.com

Salí de ese pueblo a la edad de siete años, con una mirada contundente de la razón patriarcal. Y me di cuenta que no son invencibles, que son más débiles de lo que creen. Claro eso fue un crisol, creo que ahí no me di cuenta de nada, sino fue más adelante que lo descubrí que fui a esa tierra infernal a prepararme, a saber que puedo mirar a los ojos a los hombres y mujeres y decirles que el machismo no es más que basura. Que detrás de esas posiciones se esconden seres mediocres y ruines, infames. Sí, son más fuertes que nosotras, y no siempre, pero somos más grandes, pero no todas. Las mujeres que se entregan, que se arrodillan, que perdonan golpes e infidelidades, son tan machistas como sus machos.

Hay muchas clases de machismos, y de feminismos. De hombres y mujeres. He conocido hombres maravillosos, grandes, sin pizca de machistas, y también he conocido mujeres gûevonas, perdidas en su pendejada. Y viceversa. El feminismo me enseñó que se podía luchar por un mundo mejor, sobre todo para mi. Si madre se dejó maltratar a ya ella con su sufrimiento, pero lo que soy yo, dejo la culpa para otros. Ese fue, lo repito, mi crisol, para la feminista que llegué a ser, y seguiré siendo. Ojo, el feminismo no tiene como enemigo al hombre, pero sí al macho, a ese macho pendejo que recorre nuestra cultura.

Más adelante en otra entrada contaré otras etapas de mi vida, que fueron consolidando a la puta que llevo dentro, a la que aviva a flor de piel.

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