Estado natural de las cosas

Efectivos de seguridad acordonaron la zona cercana a la explosión. AFP

Por: Javier Morales Cifuentes

Digo que debe entristecernos la reacción de la sociedad colombiana porque ante el horror de un ataque de este tipo la gente se ve mucho más cómoda

Hay algo que debe entristecernos profundamente luego del reciente atentado con un carro bomba en la Escuela General Santander en Bogotá, y no hablo solamente de la pérdida de vidas ni de la “carroñería” de los sectores políticos que ven en estos aborrecibles acontecimientos una oportunidad para sostener su discurso en época electoral (porque preparémonos: el discurso para las elecciones de alcaldes y gobernadores va a estar plagado de propuestas “contra el terrorismo” y de muchos que apuntarán a deslegitimar aún más los Acuerdos de Paz con el ahora partido político Farc).

Este atentado del pasado jueves 17 de enero nos debe producir una profunda tristeza pero por la reacción de buena parte de la sociedad (sin mencionar la reacción del gobierno, que ya se podía predecir, pues desde siempre demostró no tener voluntad para seguir negociando con el ELN ni ha mostrado mayor voluntad de implementar los acuerdos según lo acordado, basta revisar el punto 1 del Acuerdo Final para que corroboremos esto, es mínimo lo que se ha avanzado en el acceso y el uso de la tierra, y menos aún en temas de infraestructura como las vías terciarias).

Digo que debe entristecernos la reacción de la sociedad colombiana porque ante el horror de un ataque de este tipo la gente se ve mucho más cómoda, sí: cómoda, como si esto fuera lo normal, lo natural. Y no se trata de mezquindad ni mucho menos, se trata del retorno a lo que esta sociedad ha vivido durante décadas; es lo que generación tras generación nos acostumbramos a ver, es con lo que los colombianos hemos crecido y lo que siempre nos ha llevado de la mano: la presencia latente de la violencia.

Ese es tristemente nuestro estado natural de las cosas. Y es lo que nos lleva a ver que la opinión de la gente en las calles resulte incluso tan fácil de expresar; no hay nadie que diga algo fuera de lugar cuando le preguntan cómo se siente después del atentado, qué le pide al gobierno, qué le pide a los violentos, cada persona responde de forma casi admirable, con las palabras y expresiones justas para una ocasión como esta, profunda y sinceramente conmovidos, otros movidos por la rabia y el deseo de justicia, pero lo que más puede uno notar en esas respuestas es un estado de hábito, una suerte de costumbre que llevamos todos muy adentro cuando nos enfrentamos a estos hechos.

¿Y por qué digo que esto es triste? La respuesta obvia es que estar habituados a algo así demuestra la degradación de nuestra sociedad al verse enfrentada durante tantos años a una violencia que nos ha dado el libreto de cómo actuar y responder a estos hechos; pero es más triste porque cuando a esta misma sociedad se le inquirió por la paz y la reconciliación no fue capaz de responder cómodamente, no era común ver a personas que hablaran con propiedad sobre los acuerdos de paz, sobre temas como los modelos alternativos de justicia, o sobre las raíces del conflicto armado en el país. El resultado del plebiscito del 2016 me da la razón: no fuimos capaces de apropiarnos de estos temas, de habituarnos a esa nueva realidad. Realidad y discurso que desde la voluntad de un gobierno fue posible transmitir pero que a la mayoría de la gente de las ciudades, justamente quienes viven esta violencia así, a través de atentados magnificados por los medios, no se sintieron cómodos con ese discurso, con esa perspectiva de lo que es el país en otras dimensiones.

Es muy triste que un acto de violencia en la capital del país sea lo que esta sociedad necesita para sentirse cómoda y apropiada de un discurso de justicia y de paz. Es muy triste que estos hechos nos regresen al estado natural de las cosas, un estado natural que seguirá siendo conveniente para unos pocos.

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