Opinión

El psiquiatra anormal: una visón desde adentro


Edward Julián Bravo Naranjo/Psiquiatra Tuitero


La práctica clínica psiquiátrica se ha hecho notable por su fluctuación diagnóstica, fenomenológica, terapéutica y epistemológica. Las corrientes que influencian la psiquiatría varían de acuerdo a las concepciones filosóficas vigentes y que explican la existencia de la enfermedad mental; el individuo que excede la norma, el anormal.

Sin embargo, la característica que parece prevalecer en todas las escuelas es aquélla que pretende normalizar: establecer parámetros dentro de los cuales debe desarrollarse el individuo y su psique, dentro de los cuales se considera aceptable la experiencia de lo mental. Así, el anormal, aquel que excede dichos límites, se considera enfermo y objeto de estudio de la disciplina.

Para que la anormalidad sea tangible, surgen diferentes modelos explicativos y aproximaciones al origen del síntoma, derivando en el tratamiento ulterior que pretende retornar al extraviado al camino de la normalidad. 

La psiquiatría  como ciencia médica

A pesar de los esfuerzos de la psiquiatría de legitimarse como ciencia médica, la influencia de las ciencias sociales se ha hecho cada vez más evidente, contaminándola de interpretaciones análogas, incluyentes, complejas y cercanas al sujeto.

La etnopsiquiatría recoge varios de los esfuerzos por caracterizar la enfermed ad mental desde el individuo y las poblaciones, descartando la idea positivista que la enfermedad mental es un natural kind, idea expuesta magistralmente por Peter Zachar (2001).

Surge así un campo del conocimiento que permite realizar descripciones fenomenológicas, sociales, antropológicas y sistémicas del distress y del sufrimiento psicológico, o bien de la ra mpante desconexión de lo real.

El estudio de los idioms of distress, los síndromes culturales y las variaciones sintomáticas que dependen de la cultura han permitido comprender y llegar a un concepto mucho más amplio de la enfermedad mental y de aquellos que la sufren.

El de lo social, lo político, lo económico, de la comunidad y las redes de individuos que se tejen influencian de manera e vidente la salud mental
y determinan la aparición de enfermedades.

El hombre como sujeto social

El hombre como sujeto social no es un concepto nuevo. Sin embargo, el exocerebro de Bartra resulta revolucionario. La existencia de redes neuronales externas, dependientes de lo social, que trascienden lo orgánico y complementan lo bioquímico, pretenden ubicar a la cultura al mismo nivel de la serotonina y la dopamina.

Si bien Bartra no se aventura a incluír a la enfermedad mental en su teoría, es relativamente sencillo extrapolar los desequilibrios bioquímicos a los culturales y encontrar etiologías novedosas de los síntomas psiquiátricos, así como de las manifestaciones de distrés dependientes de lo cultural.

Es posible que a muchos médicos psiquiatras estas disertaciones les resulten aberrantes, anormales y carentes de rigor científico; producto de una mente anormal o enferma. 

El psiquiatra que acoge estas aproximaciones comprende ahora de manera más amplia que los enfermos no son clones sino individuos, con historias de vida particulares, ligadas a un contexto cultural específico, con matices culturales determinados, con redes sociales influyentes y que comunica su sufrimiento por medio del lenguaje, todos estos factores irrepetibles, no cuantificables y subjetivos.  

¿Lo hace esto anormal? ¿O será anormal aquel que pretende lo contrario? Aquel que considera a los individuos como recipientes idénticos de enfermedades, alejados de un contexto, en los que su historia es un mero adorno y su lenguaje debe descifrado y depurado, aquel que considera que los matices culturales son velos que deben retirarse para observar plenamente a la especie enfermedad mental y que es posible hacer de la psiquiatría una ciencia de laboratorio desprendida de lo humano… ese psiquiatra está loco y merece ser hospitalizado.

La integración de los aspectos culturales, los idioms of distress, las historias de vida y los saberes locales en la práctica psiquiátrica deben convertirse en la norma y dejar de ser la excepción. Sólo de esta forma será posible serle fiel a una ciencia que nació, y se resiste a dejar de ser, humana. 

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