El país del berrinche: lugar de la felicidad

El país del berrinche: el lugar de la felicidad

Por Sandra Oróstegui

Vivo en un país donde los niños berrinchosos son mal vistos. No es común que los dejen botarse al piso en un centro comercial, o que puedan chillar en un restaurante. Al mismo tiempo, los adultos patalean si les toca detenerse en un semáforo en rojo, si deben hacer fila para pagar, si aprueban la marihuana como droga recreativa o si eliminan el aborto del código penal.

Las jerarquías son ovacionadas. Es común ver a los militares pavonearse con fusiles al hombro por el centro de las ciudades. Es común que lo público se ordene con toques de queda. Es común que las medidas autoritarias tengan nombres infantiles. Y lo más común es que a la menor provocación pidan más clases en el colegio o más años en la cárcel.

La autorregulación es un concepto incomprendido, pues implica gobernar la propia vida. De ahí que no le teman a la muerte. Pocas decisiones, en la cotidianidad, se relacionan con la libertad, el ocio, la alegría o la paz. Es decir, la vida no es la fuente de la que emanan las decisiones del día a día.  

Todos están muertos: los que andan por ahí y a los que ya asesinaron como fruto de una conspiración internacional, según dicen los que mandan. Porque los mandatarios, incapaces de gobernarse a sí mismos, están desprovistos de toda habilidad para gobernar a este país de adultos/infantes. Culpan, en un delirio monstruoso, al que salga del dedo acusador, que apunta a donde sea, en esta ruleta infame en la que cualquiera puede caer muerto en algún instante fortuito.

El país del berrinche: La autorregulación es un concepto incomprendido, pues implica gobernar la propia vida

Los sueños que adornan a esta pequeña patria no consideran aquello que enaltezca la dignidad colectiva. Aquí, cada cual quiere ver únicamente a cuántos tiene por debajo. Y hay placer al ver que son  muchos, muchos. 

Hablo del país de la felicidad que dirige un bebé regordete con su respectivo papá mandón. Ambos aniquilan a los que reclaman libertad, dignidad o soberanía, enardecidos por un pánico que solo es comparable con el de los niños más pequeños cuando afirman que hay monstruos debajo de la cama.

Parece, sin embargo, que los más jóvenes están asumiendo una adultez precoz ante el desamparo y la orfandad en la que los han dejado los más viejos. Piden para todes y hacen ollas comunes. 

Pensar en tiempos de pandemia

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