Perfiles

EL Conde de Cuchicute (Primera Parte)  


[Un caso severo de enfermedad bipolar] 


Por: Ernesto Rueda Arenas 


   

Voy a contarles señores, 

la historia de un personaje 

prolífico en amores  

y amante del libertinaje  

   

El  

cuyo título compró, 

eso nadie lo discute, 

aunque según él, lo ganó 

  

Mi abuelo Roberto Arenas   

que era un músico sin par 

le compuso esta estrofita 

un poco por vacilar 

 

“Esa vaina de ser Conde 

ya no es algo de admirar 

porque todo el mundo esconde 

cuando acaba de orinar” 


Primera parte

 Quien haya nacido en , o en las provincias Guanentina o Comunera del departamento de Santander, y tenga más de 50 años, seguramente ha oído hablar en algún momento de aquel personaje excéntrico y polémico, que se hizo llamar El Conde de Cuchicute.  

, nació en San Gil el 28 de abril de 1871, en el hogar conformado por don Timoleón Rueda Martínez y Cimodocea Gómez de Rueda. Su familia, muy honorable, poseía una gran fortuna representada en abundantes tierras en las provincias antes mencionadas, donde se criaba ganado y se cultivaba café, caña de azúcar y otros productos agrícolas; tenían, además, una destilería de aguardiente, con la cual obtenían una buena renta en todo el departamento. José María fue el mayor de 4 hermanos: le seguían Timoleón, Julia y Silveria.  

Desde muy temprano, fue catalogado de “loco” por sus compañeros y maestros, dadas sus conductas indisciplinadas, su manera contestataria de comportarse, su malcriadez; también por sus travesuras y por ser protagonista de múltiples riñas. Todo ello, a pesar de tener una inteligencia posiblemente superior al promedio.  

Trataré de contar esta historia basándome en su patología psiquiátrica que fue muy evidente desde una edad muy temprana, pero que, en razón de la época, posiblemente no recibió un manejo adecuado. Esto hizo que su enfermedad siguiera la evolución natural, hasta llevarlo a un compromiso mental significativo. 

Fue el doctor Luis López de Mesa, eminente médico Psiquiatra que ejerciera en la ciudad de Santafé de Bogotá, quien en su concepto científico sobre el Conde de Cuchicute: 

[solicitado por el presidente de la Corte Suprema de Justicia, durante el litigio que el Conde instauró contra su hermano, en la década de 1930], refirió que desde muy pequeño el señor José María Rueda mostró varias alteraciones en su personalidad que le produjeron múltiples inconvenientes. Pero, además, relató que la preocupación era mayor, ya que “…en los antecedentes de familia abundaban las perturbaciones nerviosas; su madre misma, por ejemplo, y tíos de ambas líneas ascendentes, las padecieron.” Aunque no informó el tipo de “perturbaciones”, es muy importante como antecedente familiar en la patología que más adelante saldría a flote en nuestro protagonista. Mencionó también, aunque no profundizó en ello, que sus deseos sexuales se hicieron evidentes desde los 7 años y a los 9 tenía gran facilidad para conquistar muchachas. Todos ellos y muchos otros detalles que luego referiremos son clara muestra de una personalidad con hipomanías y manías y posteriormente claros elementos depresivos.  

Como se dijo antes, fue un personaje muy indisciplinado que le ocasionaba frecuentes disgustos a sus padres, con los cuales tenía permanentes conflictos, especialmente con don Timoleón. Cada pelea finalizaba con la huida de José María de la casa y el proceso de traerlo de vuelta incluía ruegos y promesa del padre de que cambiaría su manera de reprenderlo. De tal forma que se crió prácticamente a su antojo, en medio de lujos y dinero en abundancia, lo cual en parte explica también sus comportamientos en la niñez y adolescencia.  

De 1882 a 1884 fue matriculado en el Colegio San José de Guanentá, donde tuvo un rendimiento académico mediocre y con faltas grandes en su conducta y se refiere que en esa época, con tan solo 11 años hirió con una navaja a un muchacho de 18; fue ingresado luego, en 1885 en el colegio Pedro Alarcón Gómez de Zapatoca, donde tampoco hubo cambios en su disciplina ni aprovechamiento en sus estudios y peor aún, en ese año se desató la guerra civil y teniendo 14 años, se enlistó en las filas del General Daniel Hernández. Para ese momento ya había probado la cárcel. Posteriormente el padre decide enviarlo a estudiar en 1886 a Bogotá, con la esperanza de que mejorara su rendimiento y su conducta. Llegó allá de 15 años, con una buena suma de dinero que le suministraba su padre y con la cantidad de placeres que le ofrecía la gran ciudad, todo lo cual contribuyó a que se dedicara a la “vida buena”. Se cuenta, que se dispuso a gozar de diferentes placeres; tenía palco en el teatro Colón, invitaba a comer a señoras de la alta sociedad, se paseaba con generales y políticos y tuvo además una novia que le debía consumir fuertes recursos, pues como dijo el doctor López de Mesa “…sostiene de casa, vestido, diversiones y amor a la chica más costosa, de la calle de Las Águilas [actual carrera décima], con quien vase frecuentemente de holgorio por campos y pueblos de esta altiplanicie”.   

Inicialmente fue matriculado en el Colegio Académico de Manuel Antonio Rueda, de donde muy pronto fue expulsado en vista de su bajo rendimiento y las múltiples faltas de disciplina. En 1888 inició estudios en el Colegio de Nuestra Señora del Rosario, en donde en una clase de Historia Sagrada contradijo a su profesor Venancio Ortiz diciéndole que “¡No hubo diluvio y es patraña imbécil lo de la torre de Babel, Maestro!”, lo cual le valió la expulsión inmediata. Para 1889 fue matriculado en el colegio de El Externado, donde encontró un ambiente más liberal, además de que era regentado por laicos y del cual al parecer guardaba gratos recuerdos. El doctor López de Mesa en su concepto médico, insistió en la inteligencia superior de José María y refirió que “…lee a Pérez Escrich, cual entonces solía hacerlo la juventud, en vez de repasar sus lecciones, pero a hurtadillas de su inquietud irrefrenable atrapa los conocimientos del pensum y, sin que nadie sepa cómo, obtiene cifra de sobresaliente en cuatro materias”.    

Con la vida que llevaba, fue acumulando deudas inmensas y por supuesto también enemistades. El padre le envió bestias, comida, dinero y mozos de compañía para que regresara a San Gil, a pasar vacaciones, pero en vez de hacerlo, vendió los animales, las provisiones y los avíos y se fue a vivir con su novia a la calle de Las Águilas. 

Hasta este momento, todas las acciones de José María Rueda Gómez, demostraban un trastorno importante de la personalidad y cumplían con varios de los criterios para el diagnóstico de episodio maníaco, a saber: Aumento de la autoestima o sentimiento de grandeza; disminución de la necesidad de dormir [?]; más hablador de lo habitual o presión para mantener la conversación; fuga de ideas o experiencia subjetiva de que los pensamientos van a gran velocidad [posiblemente]; facilidad de distracción; aumento de la actividad dirigida a un objetivo (social, en el trabajo o la escuela, o sexual) o agitación psicomotora [en este caso predominaba lo sexual]; participación excesiva en actividades que tienen muchas posibilidades de consecuencias dolorosas: como dedicarse de forma desenfrenada a compras, juergas, indiscreciones sexuales o inversiones de dinero imprudentes. 

Pero es tal vez hacia finales de 1889 cuando empieza su primera crisis depresiva, magistralmente descrita así por el citado psiquiatra: “… algo inusitado pasa por toda la intimidad de su ser. Es un malestar, vago, difuso, inmotivado, indefinible. Quisiera llorar, quisiera aislarse. El porvenir le cierra enigmáticamente todos los horizontes con que antes le atraía. Insomne se revuelve en el lecho, presa de ingratas fantasmagorías, cual si molestas pesadillas le visitasen despierto. Todas las funciones de la vida decaen, en un punto: el que era una tempestad, tórnase encogido, asustadizo, inapetente. Es la garra de la melancolía que le pincha tenuemente por la vez primera. Nadie lo sabe. Él mismo no lo entiende. Y aquello se va. Despacito y alevoso, como vino, como volverá otra vez”. 

Don Timoleón deseaba que su hijo se preparara profesionalmente para que pudiera manejar todos sus negocios. Decidió enviarlo a Estados Unidos en 1890, para que estudiara en una de las mejores escuelas de comercio del momento, en donde estudiaban los hijos de grandes empresarios y comerciantes de Nueva York y otras ciudades del país. Lo matriculó en el Eastman Business College, instituto del cual había egresado Mark Twain. Para José María, este cambio de ambientes fue fenomenal pues empezó a disfrutar de la libertad y el libertinaje que tanto le fascinaban. Al mes de haber llegado ya entendía el idioma y se hacía entender. El dinero que le remitían era suficiente para su manutención y para sus parrandas, lo que le permitió una vida alegre, paseos, peleas, diferentes proyectos y se hizo novio de una irlandesa de la cual se enamoró y con quien se iba a pasear los fines de semana. En varias oportunidades su padre le solicitaba informes de sus calificaciones, pero con cualquier excusa evadía el tema. Finalmente, don Timoleón decidió hablar directamente con el director del College quien le informó que el comportamiento y el rendimiento de su hijo eran muy deficientes y no podría tener el título. Cuenta el doctor López de Mesa que una vez el padre se enteró de los malos resultados académicos y de las trifulcas que había provocado su hijo, le ordenó regresar inmediatamente a Colombia. José María logró convencer a sus profesores de que le realizaran exámenes de habilitación, que sorteó con eficiencia para completar el pensum que le correspondía. 


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