Dos fronteras, mil tipos de migrantes. Un país llamado Tijuana: V Parte

Archivo particular


El Shabbat 



Por Esteban Alvarez Rojas


«Si quieres leer la secuencia completa de esta crónica la encuentras en este enlace: Dos fronteras, mil tipos de migrantes: I, II, III y IV Parte»


Llegué a la ciudad sabiendo lo mismo que cualquier adolescente que creció en los noventa. Manu Chao se equivocó en todo o las cosas cambiaron mucho desde ese Rock al Parque en 2006 en que se me prometió “Tequila, Sexo y Marihuana”, que aunque estoy seguro abundan en las calles de Tijuana, no constituyen ni el 1% de su encanto.

 

Por casualidad mi contacto en Baja California resultó ser una pareja de estadounidenses, en realidad ella es mexicana y él un gringo obeso, aunque buen tipo. Ambos trabajan esporádicamente en el rubro turístico. Según pude entender durante nuestras interacciones, que en realidad fueron escasas, él vive de manera ilegal en México porque aquí puede pagar la renta y en California no. Al gobierno mexicano no le importa mucho en realidad.

 

Mis anfitriones son un cliché en todo sentido, no sólo porque ella se llame Guadalupe y sus vecinos la llamen ‘Lupe’ y él se llame George e incluso Lupe lo llame ‘Gringo’, sino porque tienen un vehículo con placas de California y procuran vivir con lo mejor que les puede ofrecer la frontera de cada lado. Allá no podrían pagar la renta, acá no podrían permitirse un auto. Es una ecuación que funciona bien.

 

Me paseé por la ciudad durante el primer día más o menos sin rumbo, esperando quizás que me pasaran cosas, pero las cosas no funcionan así. Para el segundo día, habiendo visto apenas lo que llaman la Macroplaza, que en realidad no tiene mucho de impresionante y me parece que funge como una centralidad artificial alejada de la realidad de la ciudad, pude hablar con George quien me mandó directamente a la playa.

 

-¿Cómo te recibió Tijuana?

-Es más costoso de lo que pensé, pero se come bien.

-Viniste para investigar algo, decía tu solicitud ¿no?

-Me interesa el tema de las caravanas, pero no he visto la primera.

-¿A dónde fuiste a buscar?

-Al centro, me paseé por la Macroplaza y estuve por la zona de los arcos.

-A la Macroplaza no vuelvas, por la zona de los arcos ten cuidado de noche, yo de ti me iría directamente a la playa.

-Claro, hay una pared y todo que entra hasta el mar.

-¿Una pared que entra hasta el mar?

-El muro existe hace años, pero nunca tuvo tanta prensa.

-¿Es peligroso?

-No, qué va, tranquilo. La gente incluso se toma fotos, apenas llegues vas a entender todo.

 

El transporte en Tijuana funciona alrededor de una centralidad imaginaria. Todos los colectivos van al centro y desde allí se redistribuye el tráfico a cualquier área de la ciudad. Dos trayectos de aproximadamente 30 minutos me dieron tiempo para imaginarme muchas cosas, sin embargo, los estadounidenses suelen ser bastante literales, no era necesario imaginarme nada.

 

Hay una pared enorme construida con hierro que entra en el mar y divide a California de Baja California. Incluso pueden verse por los resquicios gente del otro lado de la barda y si se aguza el oído se tendrá la suerte de escuchar sus conversaciones. Más de uno mete la pierna a través de las vigas bien como diversión, o desafío, a un régimen liberal que aunque los necesita, los detesta al mismo tiempo.

 

La manera como se banalizan las agresiones culturales es particularmente fuerte en este territorio. Justo frente al muro hay una especie de vaya turística que dice ‘Aquí comienza la patria’, al lado venden langostinos en brochetas a precios para turistas y en general, todo mundo parece coincidir que la gente que viene a ver el muro hundiéndose en el mar. Al final, se trata de nada distinto que una fuente de ingresos para la comunidad.

 

Es cada vez más obvio que he llegado tarde para presenciar lo que los medios han llamado las ‘caravanas migrantes’. No me queda más remedio, que sabiéndome convertido en un gringo californiano, perseguido por ideas erróneas de lo que pasa en Baja California, termine por entregarme a la tentación de posar frente al muro y de comer mariscos atravesados en una vara.

 

Allí parado frente al muro, sintiendo vergüenza de las ganas que sentía de que alguien me tomara una foto, conocí a dos personajes interesantes. El primero, un mexicano que no me quiso dar su nombre, pero que me explicó que los listones rojos que hay en intervalos regulares en el muro le indican a los que se arriesgan a cruzarlo cuáles son los puntos débiles.

 

El segundo, un guatemalteco llamado Manuel que se ganaba la vida como electricista es un poco más generoso en su conversación. No sólo accede a tomarme la fotografía frente al muro, sino que se arriesga con un comentario personal ‘yo voy a atravesarlo hoy en la noche’. Claramente ha captado mi atención y es lo que vine a buscar desde el comienzo de mi viaje, pero no quiero ahuyentarlo demostrando demasiado interés.

 

Le digo que soy periodista, que estoy de paso por el norte de México y que quiero entender cómo funciona la frontera. Manuel se amedrenta un poco, no le gustan los periodistas, pero mi cara de tonto siempre ha funcionado como un bálsamo para que la gente baje la guardia, le tiendo la mano y me presento, este gesto de formalidad parece hacer mella en su resistencia y lo invito a que comamos algo.

 

-Si quiere lo invito a comer y me cuenta exactamente qué es lo que tiene en mente.

-La situación es que no estoy solo, estoy con mi mujer y mi hija.

-No hay problema. (Se me hiela la sangre, no tanto por pensar en el precio de un almuerzo para cuatro, sino porque desde el principio advertí que Manuel no planeó bien esto).

-¿Dónde podemos ir?

-Allá no más, la comida es buena y abundante.

Caminamos en dirección al lugar que elige Manuel, pero aún no veo a su mujer, ni a su hija, en la cabeza hago cuentas de lo que puede salir un almuerzo para cuatro personas y me alegra saber que el dinero que cambié me alcanza.

-¿Es aquí?

-Sí, aquí es. Allá vienen María y la más pequeñita es mi hija Elizabeth.

 

Habría querido que se llamaran diferente, pero así se llamaban, uno de los nombres mueve fibras sensibles en mi memoria. Me siento en una silla de madera, dura como el asfalto pero que se ha estado tibiando al sol. María me da la mano y mira a Manuel preguntándole casi de manera telepática ¿Quién es este tipo?

 

Ellos piden sin sentir ninguna vergüenza, yo sigo la orden y pido unos tacos de pescado. Manuel empieza la conversación sin que haya llegado todavía la comida y yo empiezo a sentir escalofríos, no tanto por lo que dice, sino porque lo entiendo indefenso ante la situación a la que planea lanzarse y no tengo derecho a cuestionarlo frente a su mujer y su hija.

 

-Lo que vamos a hacer es nadar alrededor del muro y cuando estemos en la playa nos echamos a correr.

-¿Eso es todo?

-Sí, no tiene porque ser más complicado que eso.

-¿No hay otra forma de hacerlo? Pedir refugio por ejemplo.

-Tengo un conocido que lo intentó, pero una vez están allá les quitan todas las cosas que traen, los meten en una nevera gigante y los dejan ahí un tiempo, no quiero eso para mi hija.

-¿Y si los atrapa la policía?

-No quiero pensar en eso.

 

La comida llega y los cuatro comemos rápido. Miro a la niña y me imagino que puede con la fuerza del mar. Parece estar en buena forma, es delgada y aunque me mira con desconfianza, no puedo sino imaginarme que su historia termina bien, que cruza el muro en un acto de justicia divina y comienza una vida diferente a la que se vio obligada a dejar atrás.

 

-Manuel ¿usted por qué se fue de su casa?

-Hubo un momento en el que no se podía vivir más, era esperar a que nos mataran a todos o irnos con lo que tuviéramos encima.

-¿Usted habla inglés?

-No, ni una palabra, lo que vi en las películas, ‘hello’, ‘my name is Manuel’. Cosas básicas.

-¿Y el plan cuál es?

-Llegar allá y conseguir trabajo de electricista, tener suerte.

 

Siento deseos de interrogarlo a fondo, de interpelarlo y de hacer que se arrepienta de la locura que implica circunnavegar el muro a brazo y simplemente correr, pero al hombre le brillan los ojos, su valor pende de un hilo, su mujer lo acompaña y siempre que le hago una pregunta y él responde, posa su mano sobre la de él. No tengo derecho a quebrar lo que tienen para anotarme una victoria moral.

 

-¿Y México no es un plan mejor?

-La gente acá ha sido muy generosa casi siempre, pero luego se cansan de las visitas y no es lo que queremos. La idea es empezar de ceros, ser otras personas en otro lado.

 

Si no puedo persuadirlo, al menos pretendo llenarlo de valor, insuflarle un poquito de bienestar y despejar sus dudas. Hago todo tipo de ademanes ridículamente calculados, me tomo la barbilla apenas con pelos, me rasco la cabeza, miro hacia un lado y otro y empiezo a soltarle frases, no preguntas.

 

-Creo que lo que está haciendo puede ser arriesgado, pero posiblemente es lo mejor para su familia.

-Gracias joven.

-¿Usted cuántos años tiene Manuel?

-¿Yo? 28.

-Me dice joven y yo tengo 34.

 

Por fin María afloja un poco y se ríe. Elogia mi ‘juventud’ y me dice que la comida estaba muy buena. Les pregunto si no es igual la comida en Guatemala y empiezan a hablar del ‘chuchito’ y del ‘pinole’. Son las cosas que más extrañan, para mi son referentes completamente nuevos. Llega la cuenta, pago sin darle mucha importancia al asunto, sé que se sienten incómodos con la invitación.

 

-Pues muchas gracias joven, estuvo buena la merienda.

-Mucha suerte Manuel, espero que todo salga bien.

-Gracias ¿me repites tu nombre?

-De nada, me llamo Esteban, usted es María ¿verdad?

-Ay qué buena memoria, sí, yo me llamo María y la pequeñita es Elizabeth. ¡Elizabeth dale las gracias al señor!

-Gracias señor.

-De nada Elizabeth.

No pasan más de 30 segundos cuando los tres casi han desaparecido de mi vista. Paso saliva y siento el nudo en la garganta. No hay nada que yo pueda hacer por ellos, experimento la misma sensación que cuando veía esos documentales de National Geographic en los que las cebras o los ñus intentaban beber agua de algún estanque atestado de cocodrilos. Soy espectador, nada más, mi empatía no sirve para nada.

Si te ha gustado, ¡compártelo con tus amigos! No critiques, crea

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*