Dos fronteras, mil tipos de migrantes. La casa de la flota del Pacífico: VI Parte

Teniendo una visa cruzar desde Tijuana hacia San Diego no tiene ningún misterio. Basta tomar un colectivo que lo deje a uno cerca a San Ysidro y caminar en dirección al paso internacional. A diferencia de lo que sucede en Texas, aquí la eficiencia burocrática es obvia. No tardo más de 10 minutos en cruzar migración y aduanas y el policía no me pregunta nada, tampoco sella mi pasaporte.

Archivo particular



El Shabbat 



Por Esteban Alvarez Rojas


«Si quieres leer la secuencia completa de esta crónica la encuentras en este enlace: Dos fronteras, mil tipos de migrantes: I, II, III , IV y V  Parte»


Teniendo una visa cruzar desde Tijuana hacia San Diego no tiene ningún misterio. Basta tomar un colectivo que lo deje a uno cerca a San Ysidro y caminar en dirección al paso internacional. A diferencia de lo que sucede en Texas, aquí la eficiencia burocrática es obvia. No tardo más de 10 minutos en cruzar migración y aduanas y el policía no me pregunta nada, tampoco sella mi pasaporte.

 

Dentro de las instalaciones del puesto fronterizo sin embargo, pueden verse cubículos de contención donde hay personas con mantas que parecen tejidas con papel aluminio. No parecen estar en una situación particularmente desfavorable, pero tampoco en el momento más cómodo de sus vidas. Escucho incluso a un oficial diciendo que viven el sueño americano en stand by.

 

Una vez fuera de las instalaciones migratorias el paisaje se transforma. La infraestructura se transforma. No estoy más en una ciudad alejada al noroeste de México, sino en la casa de la flota del Pacífico, una ciudad mucho más popular en la imaginación de cualquiera que la capital del Estado, Sacramento.

 

He hecho arreglos con mi contacto local para encontrarnos alrededor del medio día en el centro de la ciudad, cerca a su trabajo. Es un arquitecto mexicano a quien al parecer le está yendo muy bien y cada tanto recibe viajeros en su casa para distraerse y compartir su tiempo libre. En teoría, todo lo que tengo que hacer es tomar el tranvía en línea recta. Piece of cake dice uno de los funcionarios que están en la estación para orientar a los viajeros en la compra del boleto.

 

No hay una boletería, hay máquinas a las que debe pagársele directamente e imprimen un boleto con una validez durante un tiempo específico. Se supone que a lo largo del recorrido puede haber controles aleatorios del boleto, no obstante, la aleatoriedad es una cuestión relativa. Claramente el policía que controla los boletos está más interesado en los viajeros de ascendencia hispánica, indígena y afroamericana.

 

En este primer pulso todos llevan su boleto y el guardia sonríe y le desea los buenos días a todos. Finalmente bajo en Fifth Avenue y empiezo a guiarme por las señas que me dejó mi anfitrión. Sin embargo, al esplendor de la ciudad se contraponen las hordas de ‘homeless’ que merodean por todas partes, algunos arrastrando todas sus pertenencias en carritos de mercado, otros simplemente con una cobija al hombro.

 

Fabian no tarda en aparecer en un Volkswagen modelo 72. Elogio su automóvil no tanto por simpatizar, sino porque en realidad me parece un vehículo adorable, ya hemos estado charlando un par de días a través de Couchsurfing y de WhatsApp y necesitaba un vector emotivo para que finalmente pudiéramos conectar. Le comento mis planes de comprar un Citroën 3 CV del mismo año en Argentina y se sonríe. Lo sé de inmediato, conectamos.

 

Sin embargo, nuestro encuentro empieza de una manera accidentada. Me dice que tiene que pagar una multa de tránsito y que puede ir a dejarme en su casa o puedo acompañarlo. Me ofrezco a acompañarlo por curiosidad. Vamos a un edificio de ladrillo de una sola planta pero muy amplio al que Fabian llama “La corte de asuntos de tránsito”. A la entrada todas nuestras pertenencias pasan por un escáner, muy similar al que tienen en los aeropuertos, pero totalmente fuera de lugar en cualquier dirección de tránsito de América Latina, después de superar el control de seguridad, atravesamos dos pasillos largos y tocamos la puerta de una oficina, se nos abre desde adentro y hacemos una fila de dos o tres minutos.

 

Mi anfitrión explica la situación y aunque al parecer tiene la posibilidad de apelar, decide pagar sin resistencia. Mientras salimos me explica que fue sorprendido conduciendo sin licencia, la había dejado en casa, pero que lo más grave es que había tomado una cerveza en el almuerzo y que el policía había no lo notó. Una ‘ofensa’ de este tipo habría podido costarle no sólo su licencia, sino también su trabajo.

 

Camino a su casa me dice que hay una persona a la que quiere presentarme, una californiana a la que conoció en clases de salsa y que recientemente ‘adoptó’ a una inmigrante de Guatemala. Ya hemos hablado antes de mi interés por la caravana y me asegura que después de conocerlas, voy a entender gran parte de la situación.

 

En los tres días que transcurren hasta el momento en que nos veremos finalmente con Michele  y Diana no pasan muchas cosas. Fabian permanece ocupado la mayoría del tiempo y yo deambulo por la ciudad intentando entender cómo funciona. Me sorprende la cantidad de indigentes y de ‘gente loca’ que veo en la calle. Esto último quizás no sea una categoría muy rigurosa, pero en ningún otro lugar del mundo vi nunca hombres vestidos de conejo entrando en grupo a comer hamburguesas, ni mujeres paseando a cinco chihuahuas en una carreola.

 

Es una ciudad distinta a todo lo que vi antes, la gente es atractiva por defecto y hay marineros por todas partes. Las diferencias con McAllen son enormes, pero sería injusto comparar, pese a no tratarse de una capital, San Diego es una ciudad después de todo. Vago por las calles sin mucho rumbo, una botella de agua cuesta 2 dólares, una cerveza 7, un sandwich 5. La economía es próspera, pero deja a muchos atrás, mi única diferencia con los ‘homeless’ es que no nací aquí y tengo un lugar al que largarme.

 

Una noche antes del encuentro que considero definitivo con Michele y Diana, Fabian me dice que deberíamos ir a conocer “Barrio Logan”, conocido también como el distrito latino, y beber y comer algo. Ante la ausencia de mejores planes acepto y ni bien son las nueve de la noche tomamos un taxi hacia allá.

 

Merodeamos sin mucho rumbo de bar en bar, tomamos tragos cuya relación de costo / beneficio me resulta ridícula, pero que terminan por hacerme olvidar del precio y finalmente comemos una buena imitación de comida mexicana. La dinámica parece ser tranquila, hay gente bonita por todas partes, anglosajones e hispanos conviven en medio música aturdidos y un aparente ambiente de prosperidad económica.

 

No pasa nada más esa noche. A la mañana siguiente el día comienza con la tradicional resaca y Fabian prepara un desayuno acorde a las necesidades energéticas, me habla sobre su novia y los problemas que vienen teniendo hace meses, por fin empieza a quebrarse el hielo que nos había mantenido a cierta distancia durante mis primeros días de estancia y por fin se lanza a contarme toda su historia.

 

Se trata de un mexicano que creció en la frontera y que logró estudiar del lado norte. Intentó por todos los medios fundar un negocio propio en Chihuahua, pero la imposibilidad de estar allí finalmente lo llevó a la quiebra y se quedó con mucho resentimiento contra la manera ‘del mexicano’ de hacer las cosas.

 

Por esa razón decidió volver a Estados Unidos, donde trabaja como arquitecto y pese a que los horarios pueden resultar muy desgastantes, tiene el plan de permanecer unos años más. Su plan a mediano plazo es ahorrar dinero, volver a México y hacerse cargo de su propio negocio. Es lo que tendrían que hacer todos los mexicanos que vienen a trabajar al norte, dice al menos tres veces mientras mueve el tenedor y se lleva huevo a la boca.

 

Yo respondo ocasionalmente con comentarios de mi propia vida, él presta atención, nos reímos juntos y hablamos de ‘lo complicadas que son las viejas’. Entonces empieza a contarme la manera como llegó a California. Supuse que sería una de esas historias aburridas como la mía, en la que se llega a un país con una maleta y las cosas fluyen o no y al final la conclusión es más o menos amarga. Mi error.

 

Todo empezó con un recital de Soundgarden en Los Ángeles que vino a ver con su mejor amigo. Llegaron en autobús y sin mucho dinero para permitirse lujos. Sin embargo, después de haber salido del concierto, se cruzaron por accidente con la que sería una de las mujeres más importantes en la vida del Fabián. Su nombre no me lo dijo por que era ‘alguien importante’. Como fuere, ella y su marido le recibieron algunas noches en casa, lo que pasó después es la razón por la cual los ‘latinos’ tenemos reputación de mujeriegos.

 

Eventualmente Fabián volvió a México, pero la red de contactos que dejó en California en esos meses que estuvo jugando a Giacomo Cassanova, le permitieron volver más adelante, con un trabajo formal y la garantía de no tener que pagar derecho de piso. Es un gran narrador el arquitecto, incluso tiene una colección de onomatopeyas con las que sonoriza los golpes, los besos y los giros de su historia, no dudo ni por un segundo que no soy el primero, ni seré el último en escuchar con atención su relato.

 

Finalmente volvemos a Barrio Logan a vernos con Michele y Diana. Estoy emocionado por la posibilidad de finalmente hablar con una de las mujeres que entró en los Estados Unidos con la primera caravana migrante. He leído toda la tarde al respecto, asumo que Diana es lesbiana o transexual, considerando la opción sexual de este primer grupo de seres humanos que llegó a las puertas de San Diego pidiendo refugio.

 

Me equivoco de nuevo. Diana se infiltró en este grupo para poder entrar a los Estados Unidos, nos presentan y acudo a las maneras sudamericanas de formalidad para generar algo de confianza en mi interlocutora. Me mira sin saber qué pensar de mi, pero no es de ella quien debo cuidarme, es Michele quien nos interrumpe cada vez que nos ve demasiado cerca, Fabian me ha advertido ya antes de venir que a su amiga no le gustan los periodistas y que no quiere problemas.

 

Pasan tres cuartos de hora en los que la compañía de esta norteamericana y una amiga más que se ha sumado al grupo me resultan insoportables. Fabián atina a que después de tomarnos unas cervezas vayamos a jugar billar a un sitio que al parecer todos conocen, menos Diana y yo. Es una oportunidad perfecta para hacer el tonto y conversar tranquilamente sin la supervisión de Michele.

 

-Nunca aprendí a jugar billar, cuando estaba en el colegio decían que era cosa de vagos.

-Yo nunca había agarrado un taco hasta que vine a vivir con Michele.

-Es muy buena persona, se le nota en la cara.

-Sí, de no ser por ella seguiría en la nevera.

-¿La nevera?

-Ese sitio en el que lo ponen a uno cuando pide asilo. Es un cuarto grande donde hace frío y no hay nada para arroparse.

-¿Cómo fue que se conocieron?

-Es como si ella me hubiera adoptado, ella intercedió por mi y eso.

Michele nota que hemos dejado de jugar y se acerca. Planta su cuerpo grande y largo entre nosotros dos, la conversación se trunca por un par de minutos, Fabián guiña el ojo y le pregunta a su amiga si está celosa. Sus mejillas pálidas se colorean de rojo y dice que no, se retira tentativamente, pero vuelve a plantar resistencia, hace un comentario sobre las zapatillas deportivas que le compró a Diana hace unos días.

 

La atención de todos cae sobre el asunto. Diana se incomoda y toma el taco de nuevo, me siento en la mesa a ver como juega frunciendo el ceño. Si algo sé reconocer es a una mujer latinoamericana enojada. La situación toma otro matiz cuando Michele en medio de una conversación con Fabian llama a Diana ‘su adolescente’. Quizás habla español, pero definitivamente no conoce la carga emocional de cada palabra que escupe con su sonrisa boba.

 

Basta eso para que Diana se siente junto a mi y me muestre su teléfono, me cuenta que le tomó 6 semanas atravesar México caminando, que a veces la gente los alimentaba y era muy amable con ellos. Otras veces no tanto. Que dejó a seis hijos en Guatemala y que se fue del país porque tuvo problemas relacionados con las drogas. De hecho, me confiesa que consumía heroína, pero asegura estar limpia ahora.

 

En un razonamiento muy extraño, me explica que lo que más odia de Estados Unidos es que la gente fuma marihuana todo el tiempo. Intento cuestionarla, pero no tiene sentido, sigue contándome cosas, echa de menos a sus hijos, pero no a su marido, él hace parte de las razones por las que dejó su país, pero no me dice por qué.

 

-Yo me hice pasar por lesbiana para entrar con la primera caravana.

-Me imaginé algo por el estilo.

-¿No me vas a decir nada?

-Claro que no, entiendo perfectamente.

-Fabián también entiende, la que no entendió fue ella, me hizo un reclamo airado y todo.

-Algo me dice que no será el único.

-Es una buena persona, no digo que no.

-Los gringos son diferentes a nosotros.

-Más perversos, más tontos también.

 

Justo cuando Diana empieza a abrirse conmigo y me muestra una fotografía de una compañera que se quedó por el camino, Michele interrumpe de nuevo, dice que es hora de irse, literalmente le toma de la muñeca, como si en efecto fuera ‘su adolescente’. Diana bosteza y dice que sí, pero que tiene hambre, las tres mujeres impulsadas por el apuro de Michele se despiden de Fabián y de mi y se marchan, Fabian y yo apenas si estamos terminando nuestra última cerveza.

 

Antes de irse Diana me da las gracias sin ninguna razón y me dice que todo va a salir bien. Quiero entenderle, pero algo me dice que el mensaje no es para mi, inclino la cabeza con uno de esos ademanes bobos que arrastro de la infancia y le ofrezco la mano. Me da un abrazo y vuelve con Michele. Ella se resigna a decirme “bye” desde la distancia igual que su amiga y finalmente no las veo más.

 

Camino al taxi que nos llevaría de vuelta a su departamento en Hillcrest Fabián me pregunta si mi conversación con Diana me dio lo que esperaba. Le contesto pensando en lo último que dijo Diana sobre los estadounidenses ‘más perversos, más tontos también’. Bostezo y le digo que si vamos por una última cerveza y algo de comer. Se sonríe y contesta que es mi última noche en California, que me invita.

 

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