Dos fronteras, mil tipos de migrantes. Un vecindario bonito de Reynosa: IV Parte

Al principio no entendía porque la gente bromeaba diciendo que lo único bonito de Reynosa era McAllen, después de cruzar la frontera fue obvio. No se trata en lo absoluto de una ciudad, no tiene refinería, ni la potencialidad de convertirse en un centro económico relevante, pero tiene orden y el impacto del orden en la mirada es contundente.

Archivo particular



El Shabbat 



Por Esteban Alvarez Rojas


«Si quieres leer la secuencia completa de esta crónica la encuentras en este enlace: Dos fronteras, mil tipos de migrantes: I, II y III Parte»


Un vecindario bonito de Reynosa

Al principio no entendía porque la gente bromeaba diciendo que lo único bonito de Reynosa era McAllen, después de cruzar la frontera fue obvio. No se trata en lo absoluto de una ciudad, no tiene refinería, ni la potencialidad de convertirse en un centro económico relevante, pero tiene orden y el impacto del orden en la mirada es contundente.

No obstante, el orden tiene consecuencias, o mejor manifestaciones muy particulares. La idea de peatón no existe, el individuo comienza a partir de su relación con un vehículo y con el consumo de gasolina. El transporte público es precario, todo mundo tiene coche y las autopistas son gigantescas para un pueblo que no debe tener más de 200,000 habitantes.

 

Esta primera impresión de los Estados Unidos me sirvió para entender la diferencia básica entre las cosmovisión anglosajona y la latina. El liberalismo económico no implica necesariamente una defensa de las libertades individuales. Me animaría a decir que ‘the land of the free’ no alude tanto a los hombres como a los mercados.

 

Porque no tengo auto y no sé conducir tampoco, no pude explorar demasiado los alrededores de McAllen sin tener que recurrir a mi contacto local, Jon, un hombre joven con apellido latino cuyos padres se beneficiaron con la amnistía que le ofreció el gobierno de Reagan en 1986 a casi cuatro millones de inmigrantes y que pese a sus facciones y calidez, no habla español.

 

Hay muchos como él en Estados Unidos. Ciudadanos biotípicamente hispanos, pero cuya conexión con sus raíces se quebró en el cambio generacional. Cualquiera el caso, mi anfitrión es un hombre que opera con los valores anglosajones clásicos, de una generosidad muy distinta a la mía, posiblemente porque no parte de la base católica de la compasión para dar con las manos abiertas, sino de la confianza.

 

Esta es la única explicación para que a un recién llegado, que cruzó la frontera a pie y que lo único que tiene que ofrecer sea su reputación en Couchsurfing, le entregue sin pensarlo dos veces la llave de su casa y le ofrezca un dormitorio completo durante tres o cuatro días. Ya había experimentado esto en Europa, pero nunca me sentí así en ningún país de América Latina. No entre completos extraños.

 

Dos cosas me enseñó este pequeño pueblo al sur de Texas sobre la forma en la que piensan los estadounidenses y en la que está conformada su cultura. La primera es que tienen una fascinación, incomprensible para el universo latinoamericano, por las leyes. Mi sospecha es que su noción de ciudadanía parte de la obediencia al código, antes que de su comprensión.

 

A diferencia de lo que experimentamos como cotidiano al sur del Río Bravo, aquí hay fe en el sistema, al menos para un sector muy amplio de la población las cosas funcionan bien y no importa si la ley no tiene sentido, hay que obedecerla. Este mecanismo está bien implantado en las autoridades, que actúan de manera casi automática en su aplicación.

 

Todo lo anterior como preludio para narrar lo que sucedió mientras me tomaba unas cervezas con Jon, que como dije ya , pese a su condición de ciudadano, luce incluso más hispano que yo. Dos noches antes de marcharme de su casa mi huésped decidió presentarme a una de sus colegas de trabajo, una chica que según sus propias impresiones ‘amaba a los sudamericanos y no podía perderme por nada del mundo’.

 

Por esa razón, organizó una especie de encuentro tripartita en un bar en el que mi inglés de turista nuevamente me traicionó. No sólo porque los texanos hablan a una velocidad que para mi es indescifrable, mucho más en un espacio contenido donde el plan es alicorarse y la música suena fuerte, sino porque no permitió ningún tipo de vínculo empático con la amiga de Jon.

 

Fue entonces, que viéndome en medio de una charla que comprendía a medias y en la que participaba asintiendo con la cabeza a intervalos regulares o diciendo algo cada vez que entendía una frase, vi resplandores azules y rojos en las ventanas del bar y de repente, un grupo de al menos seis oficiales recorriendo el espacio alrededor de las mesas.

 

Mi primera idea fue que se encontraban buscando a un sospechoso de algún delito, casi que clavé la nariz en mi vaso y no le di mucha importancia al asunto. Sin embargo, como era fácil de advertir, en algún momento uno de los oficiales querría hablar conmigo también, el problema como lo dije antes, es que mi comprensión del contexto era limitada.

 

Parece ser que en Texas a la gente no le gusta repetir lo que ya ha dicho una vez. El caso es que mientras yo hacía cara de estupefacción frente al oficial, que además tengo que decir, es uno de los hombres más fornidos que haya visto jamás, él perdía la paciencia y tiraba un manotazo para insistir en su punto. La escena transcurría en cámara lenta para mis adentros, pero afuera estoy seguro de que todo ocurría a la velocidad de la luz.

 

Jon se puso de pie y miró al oficial a los ojos mientras le decía que no tenía derecho a gritar a su invitado, que si hablaba más despacio probablemente yo iba a comprender y a seguir sus instrucciones. No sé si esto lo estoy imaginando, o sucedió en verdad, pero recuerdo un susurro, casi telepático de mi anfitrión preguntándome por mi pasaporte.

 

No llevo mi pasaporte cuando salgo de juerga, pero no lo iba a dejar en casa después de ver lo que sucede en las fronteras cuando atrapan a un inmigrante indocumentado, saqué mi documento del bolsillo de la chaqueta y se lo entregué al oficial, quien tras revisarlo de manera automática, me dio las gracias, me ofreció excusas por haber gritado y me deseó buena noche.

 

Mi anfitrión insistía en su molestia por el incidente. Para mi había tenido lugar una especie de episodio macondiano. ¿Un oficial de policía me ofreció excusas? En Bogotá probablemente nos habrían arrestado por ‘irrespeto a la autoridad’, en México nos habrían querido extorsionar, aquí en cambio, la autoridad admitió in situ el error en su procedimiento, lo enmendó y me dejó en paz.

 

Al día siguiente tuve que imprimir mi boleto del autobús en el que regresaría a Monterrey para tomar mi vuelo con destino a Tijuana y de nuevo choqué contra el espíritu local. En cualquier ciudad latinoamericana, lo digo sin temor a equivocarme, me habría bastado acudir a un kiosco con mi memoria USB y pedir que me imprimieran X documento.

 

No encontré este tipo de establecimientos en McAllen, tuve que registrarme en la biblioteca pública, dejar mis huellas dactilares, llenar un formato, recibir una credencial y superar un trámite de 40 minutos para finalmente poder imprimir una hoja con el pasaje de Greyhound que me devolvería a América Latina.

 

La segunda cosa que me enseñó McAllen sobre la cultura norteamericana es que pese a que su manera de comprender el mundo pueda resultar vulgar y poco sofisticada en principio, hay una vocación real por la asimilación de otras formas de pensar y ver el mundo. Es ridículo, pero esta reflexión la movió una invitación de Jon a probar una suerte de especialidad local. Un helado parecido al que en Colombia llamamos ‘raspado’, que es básicamente hielo triturado con jarabe de frutas, pero en el caso del ‘Picadilly’ texano, se le agregan pepinillos encurtidos y chile en polvo.

 

Parece una monstruosidad salida de alguna pesadilla de Palahniuk, pero allí donde la sumatoria de ingredientes parece mezquina y azarosa, en realidad hay un sabor que no cuesta tanto trabajo aprender a apreciar. En una comparación muy acotada, si bien no se trata del mole y su sofisticación casi milenaria, este tipo de experimentos ‘gastronómicos’, un poco ingenuos quizás, conforman una parte de la identidad estadounidense con la que no me sentí en conflicto. Aunque se haya tratado esencialmente de comida chatarra.

 

Dos fronteras, mil tipos de migrantes: III Parte Reynosa

 

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