Dos fronteras, mil tipos de migrantes. Reynosa, la ciudad sin orgullo: III Parte

No hace falta mentir. Nunca estuve en un lugar tan feo y en el que la violencia fuera tan manifiesta. Nací en Colombia en 1984 y aún así haber crecido en la década del noventa no me preparó para una visita de una sola tarde a Reynosa, una urbe que excede en importancia económica a Ciudad Victoria, capital del Estado de Tamaulipas y dicho sea, la excede también en maldad.

Archivo Personal



El Shabbat 



Por Esteban Alvarez Rojas


«Si quieres leer la secuencia completa de esta crónica la encuentras en este enlace: Dos fronteras, mil tipos de migrantes: I Parte y Dos fronteras, mil tipos de migrantes: II Parte»


III. Reynosa, la ciudad sin orgullo:

No hace falta mentir. Nunca estuve en un lugar tan feo y en el que la violencia fuera tan manifiesta. Nací en Colombia en 1984 y aún así haber crecido en la década del noventa no me preparó para una visita de una sola tarde a Reynosa, una urbe que excede en importancia económica a Ciudad Victoria, capital del Estado de Tamaulipas y dicho sea, la excede también en maldad.

En Reynosa me recibieron Sergio Casas y su pareja Celeste García, ambos son a su modo la encarnación de la impresión que la ciudad dejó en mí. Nunca conocí a nadie que como Sergio supiera de historia de la música y que incluso fuera parte de ella, literalmente, hablamos de un personaje que aunque ignoto, creció ensayando con Jumbo y anduvo en correrías con la crema de la escena musical norteña. Celeste es su equivalente pero en el mundillo del diseño gráfico.

 

La situación no ha sido sencilla para ellos, como no ha sido sencilla para Reynosa, que pese a contar una refinería de PEMEX en su perímetro urbano y una boyante industria alrededor de las maquilas, tiene un centro histórico empobrecido y un museo reducido a cuatro salas de no más de 20 metros cuadrados con anaqueles desordenados. No dejo de pensar en la idea de que a esta ciudad le vendría bien un museo de la inmigración, donde no sólo documentaran la historia de todos aquellos que cruzaron el Río Bravo y florecieron, sino la de aquellos a los que engañaron cruzando el canal Anzadúas, haciéndoles creer que del otro lado están los Estados Unidos, cuando sólo encontrarán una prolongación de Reynosa.

 

Y fue así como después de recorrer la ciudad con Sergio y Celeste, me invitaron a tomar un café en una pequeña tienda de historietas emplazada en la colonia Bella Vista. Se trata de uno de esos lugares a los que no iría un turista, pero que para los locales, representa un pequeño recodo de tranquilidad, donde pueden conversar sobre ‘cosas sin importancia’ que le dan significado a la vida y olvidarse lo cerca que puede rondar la muerte.

 

Es esto último lo que me hace ignorar los disparos en ráfaga que se advierten a lo lejos durante nuestra conversación, hago una broma sobre los ‘cohetes’ y las quinceañeras, pero todos en la mesa sabemos lo que está pasando. En Reynosa es mejor no estar en la calle hasta muy tarde y sobre todo, no andarse con ligerezas a la hora de interactuar con extraños. Algo que en Buenos Aires o Bogotá terminaría en un intercambio de improperios, en Reynosa fácilmente termina en un tiroteo.

 

Me voy de la ciudad con la angustia de quien se va dejando a dos amigos en las fauces de un lobo. Reynosa podría ser fácilmente una ciudad industrial en la que la refinería de petróleo e incluso las maquilas generaran las riquezas necesarias para crear condiciones de bienestar social para la mayoría de los habitantes, sin embargo, el narcotráfico y sobre todo, la ansiedad de cruzar hacia los Estados Unidos, configuran en este paso fronterizo, un ambiente propicio para la ilegalidad y la tanato-política.

 

Cruzando hacia Texas

 

Aunque la mayoría de las guías que leí sobre visitar McAllen cruzando desde Reynosa sugerían que la mejor forma era en automóvil o autobús, decidí cruzar a pie para apercibirme de la situación que viviría cualquier residente de la frontera. Admito que mi intención desde el principio fue experimentar el racismo hipotético de las autoridades norteamericanas y encontrar una suerte de metáfora que sirviera para ilustrar la fraternidad que imaginé existía entre nosotros los latinoamericanos.

 

La situación no pudo ser más distinta. Cruzar el puente internacional McAllen – Hidalgo – Reynosa a pie es una situación a la que en teoría sólo se someten los viajeros frecuentes entre Texas y el noreste de México, un proceso que cuando el gobierno estadounidense está de humor para que sea eficiente dura entre 20 y 30 minutos, incluyendo el proceso físico de atravesar el torniquete del lado mexicano, pagar los 5 pesos, caminar la extensión de todo el puente y persuadir al oficial de migraciones de que no representaos una amenaza.

 

Cuando el gobierno estadounidense no está de humor, el proceso tarda un poco más, no tanto porque los oficiales trabajen con menos eficiencia, sino porque operan menos garitas de las que se encuentran habilitadas. Esto aplica tanto en el tráfico vehicular, como para el peatonal. Para mi caso particular, el proceso completo tomó cuatro horas y cuarto, desde el momento en que mi contacto me dejó en el puente, hasta que finalmente estamparon el sello en mi pasaporte y salí de las instalaciones del puente.

 

La primera regla que aprendí durante este proceso, es que la solidaridad no es un sentimiento que provenga de las raíces étnicas, sino más bien, de compartir cierto marco legal y algunas pautas de comportamiento. Durante las horas que estuve parado bajo el sol de Texas aguardando mi turno para sellar mi pasaporte, tuve la ocasión de presenciar la forma en que llegaron dos autobuses llenos de los que presumo eran inmigrantes centroamericanos listos para ser deportados a México.

 

El espectáculo no podría ser más triste. Descendieron de los autobuses dos veintenas de hombres encadenados de pies y manos, tras de sí varios oficiales armados que les hicieron formarse en frente de los vehículos. A los pocos minutos llegaron al lugar dos patrullas de las que descendieron oficiales de otro cuerpo policial -ICE POLICE-, y empezaron a poner a los pies de cada uno de los ‘prisioneros’ una bolsa plástica con sus pertenencias.

 

Durante un cruce tan lento como el de esta frontera no pasa absolutamente nada, salvo por los movimientos de la fila, no hay ninguna actividad física o mental que pueda llamarse entretenimiento, así que no soy solamente yo quien observa a los hombres listos para ser deportados, sino todos los demás hombres y mujeres formados en la fila, en su mayoría, ciudadanos mexicanos y estadounidenses.

 

Sé lo que está sucediendo, es justo lo que vine a ver, pero quiero confirmar. Le pregunto al tipo junto a mi, un hombre de no más de treinta años y de piel morena, lleva una ‘playera’ de los Bravos de Atlanta y una gorra con un logotipo que no logro reconocer, estoy seguro de que está tan agotado como yo por este proceso, su frente está empapada en sudor pese a la visera. Nuevamente marco distancia con mi acento bogotano.

 

-¿Usted sabe qué está pasando ahí mi hermano?

-No, pues que estos ‘mojados’ se dejaron agarrar y los están echando para México.

-¡Uy! Pobre gente, los tienen encadenados de pies y manos.

-No, esos no son pobres, esos cruzan nada más para hacernos quedar mal a nosotros.

-¿A nosotros?

-Pues claro, a los que estamos haciendo las cosas bien.

 

Me como las ganas de mandarlo a la mierda, asiento con la cabeza y vuelvo a formarme mientras veo como un oficial de policía instruye a los hombres a subirse en dos autobuses diferentes a los que los trajeron hasta este punto. Los que fueron prisioneros reciben una bolsa plástica y suben sin cadenas en un vehículo que los llevará a México, donde según la gente con la que hablé en la fila, serán liberados después de que se les haga un legajo o en el peor de los casos pasarán unos días en la cárcel.

 

La segunda cosa que aprendí cruzando la frontera es que los policías norteamericanos con apellidos hispanos son los menos amigables. No sé si intentan probar que no son ‘sudacas’ o tuve mala suerte, pero entre “Cortez” y otro cuyo apellido bien podría ser Álvarez, me dejaron claro que aún estando dentro de la normatividad, ciertas fuerzas policiales no escatimarán para llenar de dudas e infundir miedo en el migrante.

 

Para el momento en que llegué a la garita y conocí al oficial Cortéz, ya habían transcurrido unas tres horas desde que Sergio me dejó en la entrada del puente. Tenía sed y lo peor, había bebido tanta agua durante el cruce que necesitaba mear, pero en este contexto no era una opción que fuera viable. Apreté las piernas lo mejor que pude y puse mi cara de situación, esa que siempre ponemos los colombianos cuando entregamos el pasaporte frente a un funcionario extranjero.

 

-¿Motivo de su visita?

-Vengo de vacaciones.

-¿Cuántos días va a estar?

-Cuatro, máximo cinco.

-Un momento ¿Usted es residente en Argentina?

-Sí, vivo allá hace siete años.

-Documento por favor.

-(Le entrego el documento) ¿todo está bien?

-¿Voló de Buenos Aires a Bogotá, estuvo ahí dos semanas y de ahí voló nuevamente a Ciudad de México?

-Sí, mi familia vive en Bogotá.

-¿Y usted pretende que le crea que vino hasta McAllen de vacaciones?

-Es lo que puedo pagar.

-¿Cómo sé que no quiere quedarse?

-No me quedé en Europa, no tendría porque quedarme en McAllen.

-Ok, sígame, vamos a hacer un OTM. (Pega un post it anaranjado con estas letras en mi pasaporte).

 

Mientras seguía a Cortéz fuera de la zona donde se encuentran las garitas intentaba darle sentido a las siglas que había pronunciado en su espanglish, ou-ti-em. ¿orden de traslado matutino? Caminé unos tres minutos siguiendo al oficial, no muy seguro de si me había sido concedida o negada la entrada a Estados Unidos y con la vejiga a punto de estallar y fui depositado finalmente en una pequeña sala de espera, en cuya entrada se paró Cortéz y le gritó a su colega del otro lado del mostrador “OTM”.

 

En ese momento era el segundo de la fila, eventualmente la sala empezó a llenarse, pero para todos era más o menos claro que el orden de llegada determinaba el turno en que seríamos atendido. Quizás hayamos nacido al sur del Río Bravo, pero tenemos interiorizada la idea de hacer la fila y esperar. Mientras veía la sala llenarse e imaginaba alguna fórmula para evaporar la orina sin tener que mear, los minutos seguían pasando.

 

Al único hombre que estaba por delante mío el oficial, ese que dije que podía apellidarse Alvarez, le puso las cosas bastante difíciles, no sólo le preguntó por sus motivos para entrar en los Estados Unidos, sino que además le pidió desbloquear el teléfono para leer sus conversaciones de WhatsApp y una copia de su historial bancario. Pensé en las fotos que podría tener en mi teléfono y me alegró haber superado el sexting años atrás.

 

Finalmente el hombre logró persuadir al oficial de que no representaba una amenaza y se largó con una sonrisa. No advertí que era mi turno, porque me quedé siguiendo al tipo con la mirada y después me perdí en un afiche con el que pretendían decorar la pared de la oficina: Un mapa de los Estados Unidos bordeado en rojo con la leyenda “We are America’s first line of defense”.

 

Habrán pasado cuarenta segundos entre turno y turno, cuando escuché el grito de “Alvarez”. Llegué al mostrador y después de un intercambio de palabras en lo que cualquiera habría dicho que era español, hice lo que supuse tenía que hacer, entregué mi pasaporte. El oficial decía cosas de vez en cuando y yo asentía, la situación pronto iba a volverse insostenible.

 

-(palabras en español incierto).

-(asiento con la cabeza).

-(palabras en español incierto, en tono imperativo)

-hombre, discúlpeme pero no entiendo lo que me está diciendo.

-(palabras en español incierto, en tono aún más imperativo)

-We can speak English if you want.

-I need to know where are you supposed to stay (respiro de tranquilidad al advertir que pude entender su inglés pese al acento).

-I’ve booked a place thru Couchsurfing.

-Show me your reservation.

-It does not works like that, somebody is allowing me to sleep by his place for free.

-You can bet.

-(empiezo a ponerme nervioso y saco el teléfono del bolsillo).

-Give me that.

-(desbloqueo el teléfono y se lo paso con la aplicación abierta)

-I’ll tell you something, I’m gonna call this guy and ask him about ya’.

-Sure, I was just chatting with him this morning.

-(intenta llamar desde mi teléfono, pero advierte que no tengo crédito en mi línea mexicana, levanta la bocina y antes de empezar a marcar, cuelga y me devuelve el teléfono).

-It is six dollars.

-(me quedo viéndolo a la cara como si me hubiera pedido el soborno más ridículo de la historia).

-Are you paying or not?

-yeah, sure. (por suerte tengo los seis dólares exactos y no fuerzo una segunda transacción por el cambio).

-(Sella mi pasaporte, abre la registradora y pone los seis dólares adentro).

 

Estoy a punto de largarme no entendiendo muy bien lo que acaba de suceder y Alvarez grita de nuevo. Tengo mi pasaporte, pero aún no me entrega mi recibo, ni tampoco mi permiso de internación. Vuelvo a hacer la cara de guevón que de tantos problemas me ha librado siempre, sonrío, recibo los dos papeles y el oficial grita de nuevo: Next!

 

Mi plan original era volver al lugar en el que había encontrado a Cortéz. Salí de la oficina y quise caminar en esa dirección, avancé unos doscientos metros, cuando de la nada sentí que una mano muy pesada me caía en el hombro. Volteé a ver, intentando mostrarme tranquilo como siempre y me encontré con uno de los hombres más altos que haya visto jamás, me preguntó en un español muy correcto a dónde me dirigía, le dije que a McAllen y sin pedírmelo tomó el pasaporte directamente de mi mano.

 

En Argentina habría puesto el grito en el cielo y probablemente habría podido llamar fascista al policía, pero después del Río Bravo es obvio que el sur ya queda lo suficientemente lejos y las reglas son otras. Después de revisar mi pasaporte en cuestión de segundos, este hombre caucásico y gigante se sonríe y me dice “todo en orden”, su actitud se transforma, me devuelve mi documento y como si se tratara de un familiar lejano, me da instrucciones para abandonar las instalaciones fronterizas. Como es obvio que no estoy entendiendo, me acompaña y mientras caminamos a la salida aprovecha para darme recomendaciones. Según él, tengo que comer en “What a burger”.

Dos fronteras, mil tipos de migrantes: II Parte

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