Dos fronteras, mil tipos de migrantes. La ciudad de Monterrey se parece a Medellín: II Parte

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El Shabbat 



Por Esteban Alvarez Rojas


II La ciudad de Monterrey se parece a Medellín

 De los 3,169 kilómetros de frontera que comparten los Estados Unidos Mexicanos y los Estados Unidos de América pueden decirse muchas cosas, salvo que se trate de una línea uniforme en la que las mismas leyes operan en la extensión de todo su trazado. Desde California hasta Texas y desde Tamaulipas hasta Baja California, los contrastes económicos y culturales que ofrecen ambas federaciones, configuran lógicas bien específicas en los flujos migratorios.

 

La primera vez que visité Monterrey me sorprendió encontrar su centro histórico prácticamente abandonado. En esta segunda ocasión la situación es diferente, puede advertirse la presencia de turistas en las calles y la mezcla de acentos en las murmuraciones. Sin embargo, aún faltan años para que pueda decirse que el centro de Monterrey tiene la vitalidad propia de la segunda o tercera ciudad de una nación latinoamericana.

 

La explicación a este fenómeno tiene que ver con el encumbramiento del narcotráfico en la región y la cercanía geográfica de la ciudad con la frontera norte del país. Sin embargo, más allá de la violencia y los empresarios al margen de la legalidad vigente, Monterrey comparte muchísimos referentes urbanos y culturales con Colombia y en particular con Medellín.

 

La capital del Estado de Nuevo León es el hogar de un fenómeno musical muy inusual: el Festival Internacional Vallenato de Monterrey, evento que se celebra desde 2007, al margen de la Fiesta de Santa Lucía y que es síntoma del arraigo popular que tiene desde la década del setenta este ritmo musical de origen colombiano. La razón por la que el vallenato se enquistó tan lejos de su lugar de origen tiene un origen incierto. Aunque varios documentales presentan diferentes hipótesis, el más sensato y juicioso parece ser el de la realizadora Ana Barcenas “Regiocolombia”, que establece una conexión causal entre los sonideros originales -una suerte de DJ vernáculos- y una colección de Discos Fuentes que se puso en circulación hace cuarenta años, que explicaría el arraigo del vallenato en la región.

 

No es casualidad que Monterrey sea también el epicentro del fenómeno de los ‘cholombianos’ y la casa de bandas como El Gran Silencio, en la que se funden ritmos locales con cumbias y vallenatos en una especie de reivindicación de clase que va mucho más allá de lo que un extranjero puede llegar a entender a simple vista. Un fenómeno de colonización cultural muy parecido al que tuvo lugar con el cine mexicano en Colombia, pero a la inversa y con producción propia.

 

Monterrey y Medellín no sólo se parecen en que son ciudades tendidas a la sombra de sendas cadenas montañosas, que tienen dos líneas de metro funcional, una oligarquía vergonzante y un genotipo distinto al de la capital. Además, comparten su espíritu aspiracional, un profundo clasismo y últimamente, índices de contaminación alarmantes.

 

Mi contacto en la ciudad es Juan Casas, un arquitecto con quien compartí casa en Buenos Aires y de quien eventualmente me hice muy amigo. Es la primera vez que coincidimos en Monterrey y me brinda la misma hospitalidad que cualquier paisa orgulloso de su tierra. Sólo tendremos dos noches no consecutivas para compartir después de cuatro años sin vernos: es natural que me quiera mostrar todo.

 

Lo primero que veo es el Hotel Ancira, un edificio decimonónico de estilo neoclásico que parece haber sido teletransportado a esta región. Literalmente no armoniza con nada salvo consigo mismo y, sin embargo, es una de las joyas arquitectónicas de la ciudad, cuyo valor agregado reside justamente en el detrimento que sufrió a manos de Emiliano Zapata durante la revolución, de quien se dice que entró montado a caballo disparando a los abalorios de mármol en el techo del salón principal. Hoy, las lajas agujereadas por la revolución no están más y en su lugar se han dispuesto unos espejos que bien podrían haber salido de una pesadilla de Foucault: el salón es prácticamente un panóptico al que la gente va a comer bien y a ser vista comiendo. No muy lejos de este pedacito perdido del porfiriato en el norte de México, muchos de los denominados ‘braceros’ aguardan sentados en las veredas a que su autorización para ir a los Estados Unidos se haga efectiva.

 

Juan me llevó a lustrarme las botas después de salir del hotel. Es algo que nunca había hecho antes y que según sus palabras ‘debería haber hecho alguna vez’. No me siento cómodo, pero la conversación entre mi contacto y el lustrabotas desentraña una relación que, aunque a primera vista podría parecer de dominación, en realidad, es la charla entre dos pares con oficios diferentes: uno saca brillo a los zapatos, el otro da clases aunque podría levantar edificios.

 

– Esta raza que está ahí en la esquina no es de acá.

– No, todos esos vienen del sur, están esperando a que les salga la visa para cruzar.

– Se les siente en el acento que son braceros.

– Buenas bestias, vienen, se quedan unos días y apenas tienen los papeles pasan al otro lado.

– No se lustran los zapatos ¿no?

– No, todos vienen con zapatillas deportivas o zapatos de trabajo.

 

Después de lustrarme, merodeamos todavía un rato por el centro con rumbo a una suerte de bar secreto donde todavía se puede fumar puertas para dentro. No soy fumador, pero me gustan estas cosas. Observo que no todos los agujeros de bala han sido saneados de las paredes: en el camino pasamos frente a varias fachadas, que como las del Convento de Santo Domingo en Buenos Aires, tienen cicatrices de bala; sólo que, en lugar de tratarse de recreaciones para atraer turistas, estas son reales y muy feas.

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