Deseo y libertad, o el abrazo entre posmodernidad y neoliberalismo

Les amants. RENÉ MAGRITTE

El éxito del discurso de Ana Iris Simón es una muestra del agotamiento del proyecto individualista, ya sea liberal o posmoderno, de derechas o de izquierdas

José Saturnino Martínez García 26/05/2021

El pensamiento posmoderno se caracteriza por su intensa crítica al orden social existente, al considerar que todo lo real no es más que es el resultado de luchas de poder, cristalizadas no solo en instituciones, sino también en percepciones del mundo. Es un pensamiento que se ve a sí mismo con un gran potencial liberador, pues al cuestionar todo lo existente, pone en el centro al ser humano, un ser humano con una capacidad de demiurgo, de crear un nuevo orden social emancipador, liberado de esas relaciones de poder. Paradójicamente, un pensamiento tan crítico tiene un espacio de intersección con otra corriente de pensamiento, que, por el contrario, considera que hemos llegado al fin de la Historia, y que lo único que necesita el ser humano es lograr el buen funcionamiento de las instituciones que ya existen: el mercado (mucho) y el Estado (poco). Esta otra corriente es el neoliberalismo. ¿Cómo pueden el pensamiento más crítico y el más legitimador darse la mano? Paradójicamente, ambos comparten una ilusión ideológica: el individualismo.

Según esta ilusión, es libre la persona que realiza sus deseos, y la única atadura posible a la propia libertad está en respetar el deseo de las demás personas. Los deseos individuales se transforman en derechos. La voluntad individual es la fuente de legitimidad del orden social. Pensamientos posmoderno y neoliberal se diferencian en cómo problematizan esta libertad. Si para las posmodernas es un resultado histórico, debido a diversas determinaciones sociales de las que hay que escapar, hasta llegar a un deseo primigenio, para las neoliberales es un deseo inexplicable, que simplemente obedece al libre albedrío. Pero eso es transitar distintos caminos para llegar al mismo punto: la soberanía del deseo.

Para posmodernos y neoliberales, las tradiciones, los rituales, las instituciones, la costumbre… son simplemente fuentes de opresión

La ilusión individualista, al poner el deseo como fuente de la política, ignora la polis. Para posmodernos y neoliberales, las tradiciones, los rituales, las instituciones, la costumbre… son simplemente fuentes de opresión. Las gafas individualistas  nos ciegan ante el hecho de que somos un animal social, y como tal, nacemos en un lugar y un tiempo que no elegimos, con vínculos familiares y comunitarios que, si bien podemos renegar de ellos, no por eso van a dejar de ser determinantes en la configuración de nuestra identidad. Por ejemplo, no es lo mismo declararse ateo en la España nacional-católica de los años sesenta que en la Polonia comunista de la misma época, lo que en un caso es una impugnación al orden social, en el otro es su exaltación. Una parte del pensamiento posmoderno lleva a su vez a la paradoja de ser extremadamente colectivista, pues al asumir que somos resultado de determinaciones históricas y sociales, da el mismo valor a todo tipo de determinaciones (tan opresor es un Estado laico y liberal como una teocracia autoritaria), sin entrar a considerar que unas permiten más que otras el florecimiento de la libertad.

El error de ambas corrientes de pensamiento está en creer que la polis simplemente puede ser el agregado de voluntades que se deben responsabilidad ante sí mismas y ante los acuerdos voluntarios con otras personas, y nada más. Por eso, neoliberales y posmodernas están de acuerdo en cuestiones como la prostitución, la maternidad subrogada, el poliamor… Si bien en su fundamento filosófico son corrientes muy distintas, como vemos, pueden terminar yendo de la mano en cuestiones relacionadas con los estilos de vida. Eso no quita que en otras cuestiones, como economía, reconocimiento de minorías o relación con tradiciones culturales ajenas a Occidente, sus planteamientos sean opuestos.

La unidad entre pensamiento legitimador y pensamiento crítico en estas cuestiones hace más difícil la oposición a la ilusión individualista. El riesgo de desarrollar una sociedad basada en la soberanía del deseo individual es la opresión de quienes tienen poder sobre quienes no lo tienen. Al final, se impone el deseo de quienes tienen más poder. Una ingenuidad de los posmodernos es pensar que puede existir un mundo sin relaciones de poder o en el que el poder esté distribuido igualitariamente. En cualquier orden social habrá quienes tengan recursos o capacidades escasas, y por tanto, estarán en mejor disposición a la hora de imponer su voluntad. Por eso, es fundamental que el deseo no sea algo que quede en lo privado, que no se pueda cuestionar públicamente. La idea tan extendida de que hago lo que quiero y no tengo que rendir cuentas, o lo que deseo solo es mi problema, es una mentira, con gran éxito, eso sí. Lo que yo quiera, lo que yo deseo, puede afectar a otras personas que no tienen la capacidad de resistencia o negociación. Por eso es necesario que haya valores, instituciones, tradiciones y rituales que nos recuerden que el deseo individual no es la fuente de la legitimidad, la legitimidad está en el bien común de la polis. Un bien común que pasa por embridar a quienes tienen más poder, no por la tarea intrínsecamente imposible de dar a todas y todos el mismo poder.

El bien común no es el agregado del bienestar de los individuos, sino precisamente generar las condiciones de que cada individuo pueda desarrollar una vida digna. El bien común no es que un médico haga lo que le dé la gana, sino que cumpla con su vocación y la responsabilidad que se le asigna. El papel que cada persona pueda desempeñar en una sociedad debe ejercerse en unas condiciones donde su aportación al bien común se haga con dignidad. Un médico al que no le preocupa el bienestar de sus pacientes, sino su cuenta corriente, no es un buen médico, así como un médico que ejerce su oficio en condiciones de precariedad y con salario de miseria no puede llevar una vida digna. La responsabilidad con la vocación y las condiciones materiales para ejercerla van de la mano a la hora de hablar del bien común. Dar por supuesto que la autorregulación del mercado va a mantener la coherencia entre ambas caras (aportación al bien común y vida digna) es caer en la fantasía de que los intercambios voluntarios son sinónimos de libertad, cuando la dignidad de las condiciones de existencia es previa a la libertad.

Un planteamiento así es más realista, tanto con los individuos como con el orden social. Por el orden individual, es un absurdo poner el deseo como fuente de la política, pues por su propia naturaleza, es insaciable y caprichoso. La satisfacción de un deseo no es más que el paso previo a  que aparezca otro. Y no todos los deseos son igualmente válidos, como nos recuerda el crimen de la pederastia, un crimen que tras el 68 se relativizó, precisamente porque lo importante era la liberación del deseo. Cualquier deseo que pase por tratar al otro como objeto, aunque sea con su consentimiento, no es legítimo. El consentimiento debe relativizarse cuando la relación de poder es muy asimétrica, y el sometido ve esa relación no como un fin en sí mismo, sino como un medio para lograr otros objetivos. Una relación sexual entre dos personas en posiciones de poder muy desiguales no es un problema si el fin es la propia relación, el problema está en si la persona en inferioridad necesita de esa relación para lograr otros fines, como un trabajo, dinero, etc… El problema moral no se agota si hay consentimiento, sino que además debe tenerse en cuenta el fin del intercambio. Por eso, se emplea la etiqueta “prostituido” para referirse a muchas relaciones en las que lo que está en juego no es la relación en sí misma, sino en cómo se usa para lograr otro objetivo, normalmente dinero.

No es voluntad libre la que se rinde a los deseos del otro, debido a que no tiene poder, a que son pocas las alternativas sobre las que puede elegir, sino la que coopera con el otro.

La incapacidad para pensar los sacrificios que implican las responsabilidades de vivir de forma colectiva lleva a cada una de estas corrientes a sendas fantasías legitimadoras del capitalismo tardío. Por un lado, la integrada. Es la fantasía conservadora de que vivimos en un mundo en el que el esfuerzo, el talento y la capacidad se premian, y que por tanto, si hay desigualdades, son merecidas, y que la redistribución de la renta para garantizar derechos sociales fundamentales es poco menos que un robo. Eso sí, se pueden emplear los impuestos para garantizar la propiedad privada (policía y jueces), pero no que todos los seres humanos tengan una vida digna. Se defiende a las cosas antes que a las personas.

Por otro lado, la fantasía pseudo-crítica. En esta fantasía, el mundo es un lugar inhóspito, y la alternativa es la renuncia, la introspección. Olvida la sociedad de consumo, conecta con tu espiritualidad, con la vida ancestral, con elementos pre-modernos o con culturas exóticas para la mirada occidental. El otro lejano (en el tiempo o en el espacio), puro, no contaminado por la modernidad y el capitalismo, representa la vida auténtica. Una vida que, en última instancia, acaba siendo una exaltación del narcisismo, pues a base de conectar con el auténtico ser interior, acaba quitándose la responsabilidad colectiva de transformación.

Ambas fantasías responden al problema de cómo vivir en común sin ver más allá del individuo, en un caso integrándolo en el engranaje capitalista, en el otro, en una escapada que no transforma ese engranaje, sino que se adapta mediante la renuncia aparente. El tercio excluso de este dilema es la transformación social colectiva, la organización consciente y voluntaria de la vida en común. Huir de estos delirios individualistas, que quieren hacer creer que el ser humano es un yo dado a sí mismo, con una voluntad que no debe rendir cuentas, devaluando la moral en puro emotivismo, es decir, en emociones primarias, de lo que da placer o displacer, cuando la moral debe ser la sustancia consciente y racional de la vida en común. El terror totalitario que conoció el siglo XX o la opresión comunitaria en la que viven seres humanos oprimidos por tradiciones inhumanas han creado evidencias sólidas contra el peligro de no poner al individuo en el primer plano. Pero la alternativa no es dejar solo al individuo.

La polémica generada en torno a la intervención de Ana Iris Simón ante el presidente del Gobierno cabe enmarcarla en este hartazgo ante el individualismo, ya sea moderno o posmoderno. Es una reivindicación de la comunidad, de recuperar una vida con sentido y con apegos sociales, frente a individuos libres y perdidos. Pero busca esta comunidad idealizando un pasado del que toma, de forma aislada, los elementos más románticos. Esta salida comunitarista y conservadora es por la que ha sido acusada de falangista, etiqueta que confunde más que aclara el debate.

En la izquierda ha habido otro comunitarismo, que sabe que lo bueno de los tiempos pasados son las idealizaciones de quienes no los vivieron, pero no la dureza de quienes sí les tocó vivirlo. Es un comunitarismo que reconoce la universalidad que portamos todas las personas, y que vivimos en una sociedad organizada de tal forma que genera conflicto e impide el desarrollo humano. Es un comunitarismo que busca proyectarse de manera racional y consciente en el futuro. Es el comunismo. Sí, salió mal durante setenta años, pero el capitalismo también ha generado muchos problemas durante quinientos años, con mucha sangre y sufrimiento. Ya sabemos que no queremos el comunismo que vimos, queda por saber el comunismo que puede venir.

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José Saturnino Martínez García

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