Opinión

¿De qué hablamos cuando hablamos de Neoliberalismo Progresista?

Por: Felipe Pineda Ruiz

Cuando Margaret Thatcher , primera ministra británica durante toda la década de los ochentas, se refirió a y la “” como su “mayor logro”, realmente no estaba bromeando. Este enunciado realmente explica hasta donde llegó la victoria del neoliberalismo cultural y económico después de la caída del muro de Berlín,  momento coyuntural particular, en donde el repliegue programático de la socialdemocracia europea, encabezada por el SPD alemán, el Partido Laborista británico, el PSOE español y el Partido Socialista francés, se convertía en una realidad.

Sumado al oportunismo del liberalismo mundial, liderado por el Partido Demócrata de Estados Unidos, el neoliberalismo y su aséptico “fin de las ideologías” pudo establecer el marco, las reglas de juego, y el modelo de los Estados-Nación de occidente al construir una “izquierda” de bolsillo afín a la privatización de los servicios públicos, los patrimonios estatales, y todo aquello que significara derechos sociales para las mayorías. 

En esa coyuntura particular, los años noventa, estos proyectos políticos gobernaron en Norteamérica y Europa implementando políticas neoliberales mientras defendían las libertades individuales y las reivindicaciones particulares de sus nuevos votantes, ya no entendidos como sujetos políticos sino como clientes o consumidores electorales. A esta particular mezcla de neoliberalismo y defensa parcial del multiculturalismo liberal, por encima del interculturalismo, ha venido siendo denominada , término acuñado por la filósofa norteamericana Nancy Fraser (shorturl.at/epwB4) a los pocos meses de la victoria de Donald Trump como presidente de Estados Unidos.

Ante la desindustrialización y privatización llevada a cabo en estas sociedades por sus antecesores conservadores (Reagan en Estados Unidos y Thatcher en Inglaterra), donde el núcleo obrero y el modelo de producción fordista fue reemplazado por la robotización y deslocalización  de las cadenas de producción, principalmente a países periféricos, el neoliberalismo progresista optó por reemplazar a esos antiguos votantes blancos, concentrados en los núcleos urbanos, por nuevos votantes de minorías étnicas y sexuales a los cuales se les vendió la idea de la “superación personal”, la “reinvención”, “la no discriminación” y el “empoderamiento”. Fue así como algunas figuras de estas comunidades (empresarios, atletas, políticos, artistas) fueron convertidas como el referente a seguir que el nuevo modelo multiculturalista defendía para la sociedad.

Paralelamente a esta “oleada” superficial de emancipación e inusitada participación de diferentes actores se facilitó la financiarización de la economía, es decir el apalancamiento del crecimiento de la especulación financiera, la desregulación de la banca y la concentración del capital en manos del 1% de personas más poderosas, destruyendo por completo el tejido industrial de dichas sociedades.

En la convulsa de los noventas, se llevó a cabo la misma operación neoliberal progresista con los Gobiernos liberales de Gaviria y Samper en Colombia, de Cardozo en Brasil, de la concertación chilena, y del hegemónico PRI en México. Los resultados económicos no solo destruyeron el entramado industrial de estos países sino acabaron con su aparato productivo agrícola y su soberanía alimentaria, proceso facilitado por la liberalización de importaciones, principalmente de Estados Unidos, en conjunto.

Un aggiornamiento en tiempo presente de esa primera fase de neoliberalismo progresista, llevado a cabo en los noventas, fue el famoso Obama 2.0 que llevó al primer hombre negro de la historia a ser presidente de los Estados Unidos (2016). Mezcla de marketing político y redes sociales, de imagen y aprovechamiento del descrédito en los partidos políticos y el neoliberalismo reaccionario de George Bush por parte de la ciudadanía, el neoliberalismo progresista logró vender la idea de “cambiarlo todo” cuando en realidad no cambió nada. 

 Esa segunda fase en Latinoamérica ha tenido lugar en la segunda década del siglo XXI con los proyectos políticos de Luis Lacalle Pou en Uruguay, Claudia López en la ciudad de Bogotá, y el fallido segundo gobierno de Michelle Bachelet en Chile, los cuales gobiernan o han gobernado defendiendo los intereses de los empresarios y el sector financiero mientras implementan en simultáneo programas de asistencia social focalizados y gobierno en línea para simular un halo meritocrático de sus gestiones.

Quizás uno de los paradigmas de esta sinuosa forma de gobernanza sea Juan Manuel Santos, quien en sus 8 años de Gobierno en Colombia llevó a cabo la política sistemática de privatizaciones y destrucción de demandas colectivas más regresiva de los últimos 30 años, mientras a la par llevaba a cabo un proceso de paz neoliberal con las Farc, que dio fin al conflicto histórico con dicha agrupación insurgente pero no a las condiciones objetivas, relacionadas con una reforma rural integral y el fin del paramilitarismo, que propiciaron el levantamiento armado de la guerrilla más antigua de Latinoamérica (1964). 

Solo un populismo progresista, parafraseando a Nancy Fraser, capaz de construir poder territorial digital y presencial, y dotar de un nuevo sentido la lucha por la emancipación, puede anteponerse a este nuevo progresismo de bolsillo, construido a imagen y semejanza de los verdugos de ayer y de ahora, pertenecientes a la cada vez más poderosa clase corporativa mundial. 


 Felipe Pineda Ruiz, Investigador social de la Fundación Democracia Hoy y el Centro de Estudios Sindicales y Populares (Cesipor), publicista, director del Laboratorio de Innovación Política Somos Ciudadanos.


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