Emprendimientos

De humos y otras historias: Divagación de un pipafumador


Por: Nicolás González Gutiérrez


No quiero hacer de estas letras un documento técnico, mucho menos un texto publicitario. Tan sólo quiero compartir a quien se tome el tiempo de leerme, algunos vagos pensamientos acerca de las pipas, gusto adquirido hace tiempo y del que, además, ha derivado mi aproximación al arte de su confección.

Lo primero que me gustaría decir es que por más extravagante que parezca, fumar en pipa se remite simple y llanamente a eso: el acto de fumar, quemar un tabaco relativamente seco y llevarlo a la boca (o a los pulmones, en el caso del cigarrillo) Lo que varía es la relación con la acción en sí en términos de tiempo, disfrute e intención.  Un cigarrillo es un instante efímero que suele repetirse, a veces sin conciencia, en cualquier lugar y cuya intención es satisfacer una necesidad inmediata.  Por su parte, la pipa requiere un tiempo y lugar distendidos, sin afanes, casi ritual, casi teatral por el grado de conciencia que implica cada uno de los elementos de su ejecución. Quiero hacer la salvedad que no pretendo hacer una apología, simplemente me interesa hacer una distinción muy somera de dos formas de consumir tabaco.

Por otro lado, suele asociarse la pipa a algo suntuoso y a veces arribista. Nada más lejos de la realidad: si bien existe, como en casi todo, una gran variedad de gamas de pipas y tabaco, en últimas se trata de un trozo de madera (u otros materiales) con una cánula y mezclas de un sinfín de olores y sabores. Una chimenea portátil que trasciende su funcionalidad para convertirse en un objeto íntimo que se funde con el carácter de su dueño.  Dicho esto, CUALQUIERA puede fumar en una pipa, lo que sucede es que algunas culturas la tienen más presente en sus imaginarios. 

Nosotros como colombianos tenemos una visión un tanto estereotipada de la pipa: la que usan los abuelos o los intelectuales. Un viejo que fuma tranquilamente en su sillón, escuchando música en su vieja radiola y acompañando la nube con su trago favorito.  O en el caso del intelectual, enfrascado en su lectura o escritos, pipa en boca mientras las ideas llenan el recinto a la par del humo. 

Ambas imágenes remiten a un estado de calma y pensamiento que se repite en multiplicidad de épocas y contextos: en los orígenes, donde los pueblos ancestrales unían su espíritu con la naturaleza haciendo uso de ese puente entre el fuego y la tierra. O en las fotos de los soldados fumando su pipa en esos momentos breves de tregua durante los conflictos. O en figuras como Baudelaire, Einstein, Sartre, Tolkien, Piaget, De Greiff, por mencionar algunos, disfrutando del humo con regularidad. La pipa eternamente cercana a la humanidad.

En mi caso, la conocí a los quince años a través de un amigo que me dio a probarla en el descanso de una tertulia literaria.  El dulce sabor y aroma del tabaco (asociado al romanticismo de un eterno aprendiz de escritor en relación con el humo) quedó tatuado para siempre en el alma.  Aunque en su momento no me hice a una, si comencé a fumar puros hasta finalizar mis estudios en psicología cuando pedí que me regalaran una pipa de grado, sellando del todo el vínculo.

Lo que vino después fue el encuentro con el arte de construcción de las pipas, capítulo que trataré de resumir al máximo en relación a la cantidad de sucesos que lo rodean. De manera simultánea a mi formación como psicólogo, también lo incursioné en las artes escénicas, primero como actor y posteriormente como director de escena.  Poco tiempo después de mi grado universitario me encontraba tomando un taller de Commedia Dell Arte en el que, además del módulo de interpretación, también había un taller de máscara, que implicaba la talla de un molde de cedro para luego dar forma a un personaje repujando el cuero. 

Fue tal la fascinación que me produjo modelar la madera con mis propias manos, que la maestra me preguntó si yo había trabajado escultura previamente; tenía encima cursos de dibujo y pintura (cosa que me facilitaba la comprensión de lo volúmenes) pero nunca había pasado a lo tridimensional. El caso fue, para no extenderme mucho, que con el propósito de hacer máscaras compré madera, un par de máquinas y unos formones que perdieron su filo al primer contacto con la pieza… pero las máscaras nunca aparecieron.

Toda la vida he sido obstinado para materializar cosas: desde textos dramáticos, obras de teatro, revistas de dramaturgia hasta cuadros y dibujos. Lo mismo sucedió con las pipas cuando me pregunté “¿y por qué no?” amparado en la tutoría ingenieril de mi padre, mezclado con el espíritu investigativo del humanista y la terquedad del teatrista.  Hice pruebas con distintas maderas (zapán, cedro, flor morado, pino) para dar forma a monstruosas y deformes cazoletas (así se le llama a la parte mas gruesa de la pipa). Luego compré unas boquillas de plástico y la indagación me llevó hasta la teca, madera que hoy en día sigo usando y en la que fumo a pesar de tener pipas en brezo (madera típica para la construcción de estos objetos).

Recuerdo que las primeras cinco piezas que fabriqué las publiqué en un blog. Puse mi número y a la semana me estaban llamando para preguntar si las vendía. De esa manera, hace nueve años, nacieron las Pipas Nico Zanig. Luego vino la compra de cánulas (boquillas) de vulcanita y la sistematización de un proceso que permite la confección “a la carta” de las esculturas para saborear el fuego.

Actualmente me muevo entre la rigidez de lo clásico y la creación de formas propias en un mundo que tiene tantos diseños como personas. Pero siempre conservando el horizonte que, aunque dos pipas sean similares, nunca serán idénticas, serán piezas únicas. Cada pieza tiene su propio tiempo y dedicación para darle al nuevo pipafumador su objeto íntimo ideal.

Si las circunstancias lo permiten, le ofrezco a mis clientes la posibilidad de sentarnos a hablar y darnos el gusto de estrenar su pipa. Y despejar todas las dudas al respecto del arte de los humos. De hecho, creo que esta es la parte que más me gusta del oficio. Porque más que el objeto, con el fuego se forja una amistad.

Aunque el tema podría extenderse por páginas enteras. Creo que es momento de cerrar este texto y quiero hacerlo con esta máxima: una pipa no es un objeto raro. Lo raro es no tener una pipa para darse un tiempo personal o compartido diferente, tranquilo, especial.

Si has llegado hasta acá, espero haberte generado curiosidad y si no, por lo menos que hayas disfrutado de mi anécdota. Sin más, ¡Buenos humos!


Redes: Facebook.com/nicozanig

Instagram: @nigogul

Nicozanigpipes.blogspot.com

Psicólogo Pontificia Universidad Javeriana. Actor de la Escuela del Teatro Nacional.  Máster en Estudios Avanzados de teatro de la Universidad Internacional de La Rioja. Fundador y director del Grupo Trastorno Obsesivo Teatral. Con el que ha llevado a la escena parte de sus textos y con el que ha desarrollado su propio entrenamiento. 

Fundador de la Revista Micra de dramaturgia con apoyo de la Red Nacional de Dramaturgia Colombiana y el Ministerio de Cultura. En 2019, la editorial española Sial Pigmalión publicó su obra “Escuadrón Pi”. Artesano de las pipas para tabaco Nico Zanig


#SomosPeriferiaUrbana


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