Claudia Bustamante y La Historia De La Mochilita De Fique    

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Por Elvis Vargas González
@elvis_vargas_g

A un par de días de las elecciones presidenciales de Colombia en 2018, leí el trino de la excandidata del Centro Democrático al congreso Bustamante, en el cual aparece una flamante Audi de la serie Q con publicidad de la campaña de Iván Duque esperando a que cambie un semáforo en rojo y a su lado un modesto Daewoo Tico con un afiche de Gustavo Petro. El texto del trino era: “¿Cómo quiere ver rodando el país? #DuqueEnPrimeraVuelta”.

Más que indignación, por la obvia y burda utilización de uno de los iconos del arribismo colombiano (las SUV de alta gama), el trino me trajo a la memoria una de mi infancia, que voy a relatar, advirtiendo que, por los detalles que se me puedan haber escapado con los años, me voy a tomar un poco de licencia poética.

Corría 1983 o 1984. Mi papá había decido pedir su pensión de jubilación después de 24 años de trabajo y, ya sin la obligación laboral de vivir en Bogotá, la opción familiar para disfrutar de su retiro fue la de vender la casa para mudarnos a una región con un clima más amable. Para que se hagan a una idea del valor de la casa, digamos que hoy en día puede costar unos 400 millones de pesos.

Hubo múltiples prospectos de compradores, los cuales en muchas ocasiones llegaban en carros que para la época eran lujosos, como por ejemplo un Mazda 323, una Renault 12 Break, un Toyota Crown o un Dodge Dart (partan de la base de que mi papá tenía un campero Dacia 10 y los vecinos decían que debía ser traqueto). Lo cierto es que todos esos pudientes compradores siempre hacían más o menos el mismo show: se quitaban los lentes de sol, se bajaban muy ceremoniosos de sus carros, recorrían toda la casa comentando qué muebles iban a poner en cada rincón, miraban un poco desdeñosamente nuestro mobiliario y decorados, preguntaban el valor de la casa, pedían rebaja y sacaban las cuentas de cómo le iban a hacer la propuesta al banco. Finalmente, se despedían de la misma manera ceremoniosa y partían con la promesa de llamar en unos días para finiquitar el negocio, cosa que nunca sucedía.

Así transcurrieron varias semanas, hasta que un día sonó el timbre y al abrir la puerta estaba allí una típica familia campesina del altiplano cundiboyacense, compuesta por papá, mamá y dos o tres niños, todos usando botas de caucho, ruana, mochilas de tejido y sombreros de ala muy angosta. Recuerdo mucho que lo que más me llamó la atención fue ver a los niños de mejillas quemadas por el frío usando esos sombreros, porque eso solo se veía en mi colegio cuando nos disfrazábamos para alguna presentación.

Mis papás los atendieron muy cortésmente y cuando supieron que venían averiguando por la casa, simplemente repitieron el ritual tantas veces ensayado con anterioridad de recorrerla palmo a palmo, aunque lo raro fue que esta vez el posible comprador se dedicó a prestar atención y a hacer unas pocas preguntas para despejar dudas. Al terminar el recorrido, preguntó el precio de la casa y cuando mis papás lo dijeron solamente preguntó cuánto tiempo necesitábamos para entregársela, sin pedir rebaja, ni hablar de bancos. Mi papá le dijo que un par de semanas, el otro señor dijo que nos daba un mes, y sin más adornos, él y esposa vaciaron sus mochilas y empezaron a contar rollitos de billetes bastante maltratados, pero igualmente valiosos, hasta que completaron la cifra acordada.

Los dos caballeros sellaron el pacto con un apretón de manos y quedaron de hacer papeles de la casa en el próximo encuentro, no sin que antes el señor nos extendiera invitación a Machetá para conocer su finca y al resto de su familia. Se fueron caminando hacia la avenida más cercana y nosotros nos quedamos en la puerta, los niños jugando y los adultos mirándose, incapaces de salir de su asombro.

Ustedes dirán que nada tiene que ver el tema del trino con esta historia, pero tienen todo que ver, porque en este país de “wanabees”, a muchos se les critica por tener un carrito viejo como ese Daewoo, pero que no está pignorado a nadie y siempre tiene el tanque lleno, mientras que otros tienen camionetas como la de la foto y más caras, pero le deben a cada santo una vela y les toca echarle gasolina de a 20 mil pesos cada vez, porque lo que entendemos por progreso son solamente apariencias y eso es producto de nuestro arribismo. Si Mark Zuckerberg viniera a Colombia y en la recepción del hotel más fino lo atendiera alguien que no sabe quién es, probablemente lo miraría de arriba a abajo por su pinta y, con mucha condescendencia, le daría la tarjeta de una pensión de mochileros que estuviese “más a su altura”.

Una buena metáfora del país ideal representada con la imagen de esos dos carros no sería la de una sociedad en la que todos andemos en Audi o en Mercedes Benz, ni tampoco una en la que todos tuviéramos que andar a pie o nos tuviéramos que conformar con un taxi jubilado o un Frankenstein hecho de varios carros chatarrizados como pasa en Cuba. La metáfora de un país ideal representada por esos dos carros, debería ser una foto de ambos dueños, parqueados en sus carros tan distintos, dejando a sus hijos en la puerta del mismo colegio o de la misma universidad, como pasa en Finlandia, donde el hijo del barrendero estudia con el hijo del ministro. Así sí, según yo lo veo, sería rico ver rodando el país.

Urge repensar nuestro sistema de valores, porque nos volvimos un país que idolatra el exceso material hasta el absurdo. Si no, piensen por qué un niño con pinta de rico borracho en el parque de la 93 trata a los policías como se le da la gana y nada pasa, mientras que un muchacho que hace lo mismo en un bar de la Primero de Mayo termina lleno de moretones y empapado en agua helada en cualquier CAI, si le va bien. Y no es que les deban dar a ambos igual de duro, sino que los deberían tratar a ambos con justicia y ecuanimidad.

La dignidad de las personas está en el ser y no en el tener, y ese es un principio que deberíamos rescatar para que cada vez sea más anacrónico ese pensamiento tan nuestro de “no importa ser, sino aparentar”. Hay que entender qué, metafóricamente hablando, cada quien a su manera tiene algo valioso en su de fique para aportarle a la sociedad y nadie es quien para ningunear a otro por lo que tiene, por lo que piensa o por lo qué es. Y terminenos ya ese absurdo “usted no sabe quién soy yo” 

no critiques, crea

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