Bogotá como metáfora de la crisis del Contrato Social    

Por Fabian Esteban Alvarez Rojas
@festeban111

Cualquiera que haya tenido la fortuna de desplazarse en un radio superior a los mil kilómetros de su punto de nacimiento sabrá sentirse insignificante ante la vastedad del mundo; en consecuencia, reconocerá cómo, desde su insuficiencia, es imperativo llegar a consensos que implican el sacrificio de libertades individuales para asegurar el bienestar común.

Desplazarse una distancia tan amplia, sin embargo, implica la acumulación de una cantidad de recursos significativa, que por cuestión de decantación histórica, una franja amplia de la población colombiana no ha podido permitirse. Ahora bien, esta lucha por acceder a recursos y bienes, no privilegios, como educación, vivienda y trabajo ha convertido en endémica una característica muy particular de la sociedad colombiana: el egoísmo.

No hablo de la sociedad rural por supuesto, hablo de las multitudes que habitan nuestras ciudades apenas funcionales atestadas de vehículos y casitas asimétricas y muy feas, construidas con buenas intenciones y esfuerzo, pero que sólo refuerzan la percepción de inseguridad y de que la voluntad individual puede sobreponerse al abandono colectivo. Hablo en particular de y de la perceptible del entre sus habitantes.

Si bien ya es un hecho frustrante que tome el mismo tiempo volar desde Lima hasta Bogotá, que desplazarse en autobús en hora pico desde cierto punto alejado de Suba hasta el centro, lo es aún más percibir que nuestra escasez de recursos nos lleva a disputarnos un asiento libre con garras y dientes como si se tratara de una botella de agua, o un fardo de billetes.

Es egoísta pretender que estamos dormidos en el autobús para no cederle el asiento a un viejo, tanto como ahorrarnos 30 segundos de recorrido hasta el tacho de la basura y tirar un papel en el espacio público, pero lo que es mucho más egoísta es justificar nuestros excesos bajo la bandera de la libertad individual.

En ese sentido, Bogotá es una ciudad donde las libertades individuales parecen estar garantizadas, pero donde los acuerdos colectivos son imposibles. Los que habitamos en ese espacio casi místico existente entre el estrato 1 y el 4, sabemos que cualquier vecino es capaz no sólo de convertir su vivienda en un rascacielos si tiene los recursos, sino que lo hará aunque una hipotética curaduría urbana se oponga a su proyecto. Llegamos así a un problema no sólo de urbanidad, sino ante todo de urbanismo.

El urbanismo es precisamente la búsqueda de la armonía en la materialización de las voluntades edilicias individuales, y allí es donde hemos fallado con mayor estridencia en Bogotá. Sobre el supuesto de que se puede organizar la ciudad (y en consecuencia la ciudadanía) sectorizando a la población con valores que van del 1 al 6 según al acceso que se tenga a ciertos privilegios, hemos votado proyectos políticos que privilegian esta visión piramidal de la vida urbana.

Hace no mucho tiempo volví a vivir Bogotá, después de estar por fuera del país aproximadamente 6 años y tener el privilegio extraño de visitar veintiún capitales diferentes, algunas más pobres como La Paz, otras sensiblemente más ricas como Estocolmo. Sin embargo, aunque en el periplo en el que construí la visión que tengo de lo que debería ser la vida en la ciudad me encontré con muestras de egoísmo profundo y también de solidaridad, en ninguna otra parte me pareció que el egoísmo fuera una cuestión sistémica.

Según la tradición política francesa, el contrato social puede rescindirse cuando una de las partes acusa un nivel de insatisfacción insalvable con su par. Los alemanes son más románticos y prefieren justificar su forma de conglomerarse socialmente a partir de una explicación que reúne rasgos distintivos como la lengua y la , y que en ese sentido el contrato social es imposible de romper. Ambas visiones tienen perfecta validez y creo que se pueden erigir como oportunidades para pensar en la forma en que nos relacionamos con el otro en tanto al hecho inevitable de habitar la ciudad.

Es cierto que hablamos español, que llamamos vecino al panadero o al carnicero y que por alguna cuestión que está más allá de la comprensión de la mayoría de nosotros, cuando una persona aborda un autobús por la puerta de atrás en Bogotá y paga su viaje enviando el dinero al conductor a través de una cadena humana, tanto el dinero del pasaje como el vuelto llegan a salvo a destino, pese a que estamos en una ciudad carenciada y peligrosa. Estas son características que nos hacen ser quienes somos, y a las que difícilmente podríamos renunciar.

Sin embargo, podemos ser otros y rectificar el contrato social y la forma en la que nos relacionamos con los humanos diferentes a nosotros mismos que pueblan este centro urbano. Es un hecho que sistemas vitales para la ciudad como Transmilenio parecen están concebidos para optimizar las ganancias de un grupo de empresarios privados y maximizar nuestro malestar, pero también lo es, que nos preceden 5,000 años de civilización, 200 años de vida republicana, y apenas unos meses de habernos dejado de matar en las selvas, y que eso debería ser suficiente para detenernos antes de golpear al otro con una sombrilla en la cabeza porque se sentó en la silla que queríamos ocupar.

no critiques, crea

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*