Cultura

Nukak Makú o el lamento de los últimos en entrar al cansancio occidental

Por: Carlosgermán Celis E

Hay un hermoso poema de Pablo Neruda dedicado a la resistencia quieta, activa y florecida del Cactus. Lo llama pequeño héroe tranquilo que sin ojos ni hojas permanece inmóvil, minúsculo, firme y puro sobre huracanado territorio donde el mundo es un naufragio. Sus palabras sugieren el nacimiento, entre piedras y alfileres, de un ser pequeño, bruto, inmóvil, que de sangrados dedos hace brotar una flor rosada y solitaria. Este poema resulta una invitación a apreciar la belleza hostil de un sobreviviente del paso del tiempo y la indolencia del clima. Un testimonio de la vehemencia vital que se impone sobre la aridez rocosa que en lugar de amenazarlo le sirve de soporte. Es propio de la vida manifestarse de las maneras más incautas y prodigiosas, expresar su movimiento y despuntar sencillo, con la simplicidad floreciente y tímida con que se asoman las rosadas luces del amanecer, que le recuerdan al hombre el milagro de un nuevo despertar.

Y la gratitud por el nuevo despertar se pierde cada vez en afanes y costumbres. 

Para el hombre occidental estar vivo es la repetición de la vida diaria que despojó la cotidianidad de todo milagro, para hacer de la vida un engranaje que se repite y hastía. Por esa monotonía el ser humano es la única criatura que experimenta el aburrimiento, lo cual contrasta con su afán de novedad que lo moviliza curioso por lo insondable de la vida. 

Sin embargo, la búsqueda de lo nuevo es vivida por la civilización occidental como un agotamiento; bien lo señala el filósofo Coreano Byung-Chul Han cuando habla de “La sociedad del cansancio”. Se trata del modo de vida actual que obliga a una quietud enferma y decepcionada donde la falta de ilusiones arroja al hombre a la depresión. Ese mal del que se cree que la causa es cerebral, biológica, pero si así fuera los animales en su hábitat la padecerían. Por eso, parece tratarse más bien de una enfermedad de la civilización que hace insoportable la idea de la finitud humana sumada a los imperativos de éxito y riqueza. El saldo de tanta obligación es el cansancio, la inactividad que contrasta con la hiperactividad maniaca con que el modo de vida contemporáneo nos empuja a la diversión con el deber de ser felices, según la idea de felicidad en el consumo que pulula virulenta en las redes sociales y los centros comerciales.

Getty Images

Los imperativos de éxito y felicidad tan imposibles como venenosos van sumiendo la vida humana en el sinsentido; es tan viral su fuerza que por generaciones se han instalado en las mentalidades al punto de producir un rechazo a lo que privilegie valores más cercanos a la naturaleza y la simplicidad de la vida. Esa desnuda simplicidad es homologada a lo salvaje, que remite al horror de la selva donde se carece del seguro refugio que promete la vida civilizada. El salvaje es el otro. Mientras que la civilización uniforma y tranquiliza al hacernos a todos iguales en las formas del cuerpo, el vestido y los ideales, el salvaje está al margen, por eso es rechazado, se lo hace objeto de repudio, discriminación y, por tanto, es tratado como indeseable, como algo que debe ser eliminado. Porque goza de aquello que no se deja inscribir en los odiosos ideales de civilización, eso lo hace digno de repudio, o de lástima que es otra forma de rechazar y hacer daño.

El afán de occidente hace del hombre un individuo, es decir, alguien sin división que no ve en el otro la posibilidad de ser sino un rival con el que hay que competir. La indivualidad es un efecto de la competencia y del deseo de superioridad que ha tenido como consecuencias la degradación de la vida comunitaria y ha despojado al hombre de un sentimiento histórico que le permita un vínculo con la tierra, una manera de verla más allá de un recurso a someter y explotar. Esta forma de concebir una relación con la tierra y que podría salvarnos la vida es la que se pierde cada vez que un grupo social habitante de la selva es seducido y devorado por las falacias de occidente. Cada vez que van siendo abrazados por el sentimiento de muerte que les enseña a rechazar su cuerpo, su lengua, y los introduce en la vergüenza por su ser, a causa de percibirse como ajenos a sí mismos y no encarnar ni encajar en los ideales de belleza y moral que nos hemos impuesto en occidente. 

Ese sentimiento de muerte civilizado, ese malestar en la cultura que denunció Freud, trae consigo la creciente y pulsional desazón, el lamento, el cansancio y el suicidio. En 2006 la revista Semana publicó un artículo titulado “Indígenas, tristeza y muerte” con el cual se confirmaba la muerte de Mow Be, un líder de los Nukak Makú la última tribu nómada que habita las selvas de la Amazonía colombiana. Belisario, como fue el nombre que adoptó para entrar a la civilización, se quitó la vida al no encontrar posibilidades para su pueblo, que al concentrarse en San José del Guaviare tuvo que renunciar a su espíritu caminante. Los Nukak Makú se quedaron sin donde vivir, pues en la selva eran asediados por el conflicto armado y en las urbes explotados por los colonos de quienes recibieron los mortales virus de la dependencia, la gripa y el dinero.               

Cuando un Nukak Makú se ve obligado a renunciar a su espíritu caminante su alma es desalojada de un cuerpo que entra a la sociedad del cansancio. Moverse es su naturaleza y su manera de respetar la tierra. Son cazadores y recolectores que cambian de lugar cerca de unas 80 veces por año, su movilidad es la manera de expresar la vida y de no sobre-explotar los recursos de la selva, es el modo en que entran a hacer parte del equilibrio de la naturaleza y no una carga ni un parásito.

El arqueólogo Gustavo Politis en 2011 narró su experiencia como investigador al entrar a compartir con los Nukak Makú y refiere que es un error pensarlos como una sociedad fosilizada, es decir, leerlos desde los ideales de progreso: ellos no viven en el pasado, tienen un modo de vida que se actualiza según sus necesidades. Tampoco son los representantes exóticos de sociedades extintas sino que encarnan otra racionalidad, otras formas de vida, otra manera de entender el cosmos. Por ejemplo, nos enseñan, que en cada persona hay tres espíritus, uno que cuando muere va al mundo de arriba; otro, al que le atribuyen la claridad, ese va al mundo de abajo a un lugar mítico gobernado por la Danta o el Tapir, para ellos un animal tan poderoso que tiene al jaguar por mascota. Y un tercer espíritu que es la sombra de cada persona, que cuando muere queda en el mundo, se esconde entre los árboles y en las noches sale a molestar a la gente. Esa manera de entenderse le da un sentido a su vida y, dice Politis, en ellos no existe la sensación de no haber logrado un fin o el objetivo de su vida, porque para ellos el propósito es su familia y cazar, y como es lo que hacen todo el tiempo, es su modo de vivir, por eso no hay en ellos un índice de infelicidad por no haber logrado algo. 

Esto nos permite pensar que al interior de su estilo de vida no hay lugar para la depresión que es la enfermedad de los ideales no alcanzados y el reproche por haber perdido el sentido de la vida. La razón de ser de su nomadismo nos da interesantes lecciones de ecología y economía; van de un lugar otro, juntos, mujeres, niños, ancianos, y hasta el perro, se establecen en un campamento y una vez lo abandonan, allí quedan las semillas de los frutos que consumieron. Tiempo después, los lugares que habitaron se convierten en áreas de la selva en la que crecen especies comestibles, de manera que se transforman en una variedad de huertos silvestres. Ellos no vuelven a ocupar un espacio en el que ya estuvieron, entonces, esto da lugar a un círculo virtuoso en donde el movimiento provoca que haya recursos. No obstante, todo esto ha ido cambiando pues cada vez dependen más de los productos que les proveen los colonos a cambio de raspar coca o de hacer labores agrícolas, hecho que ha generado pérdida de autonomía y cohesión entre los grupos y, por tanto, una desarticulación de sus tradiciones.   
     
El gobierno nacional ha intentado con insuficiencia proveer un terreno para que les sea posible la vida, pero el inevitable encuentro con la cultura occidental los ha introducido en la impotencia de volver a sus propias costumbres. Ese sentimiento de frustración por recuperar lo que les es propio, la indiferencia del otro, así como la discriminación de muchos, inundó a Mow Be del cansancio y la desesperación que se requieren para alojar la muerte de sí. Los Nukak Makú están en vía de desaparición pero no solo ellos si se sigue manteniendo esa mentalidad triste y agotada de felicidad en el consumo y la idolatría de la técnica que paso a paso conducirá a nuestra propia extinción. 

Quizá nos sirva de algo la entereza quieta activa y florecida del cactus capaz de reivindicar la vida pese al sol, la lluvia, el viento, la roca y el desierto. Que nos inspire a crear la posibilidad de refugiarnos en la belleza que se anida en el esfuerzo por no perder la vida en las fauces de la imagen, la moda y el imperativo de felicidad. Que nos aliente a reparar el alma con el arte como sentimiento y recurso que en cada uno reclama existir, recrear una manera simple de habitar la vida, amorosa y con los otros, para compartir la soledad, la muerte y las ganas de sobrevivir a nuestra propia y cansada civilización que olvidó el milagro de un nuevo despertar.       

no critiques, crea

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *