Opinión

Criando machitos: un hijo varón sí me sirvió de laboratorio

Por:Sandra Orosteguí 

Soy madre de un niño varón. Cuando lo supe, estaba en mi vigésima semana de embarazo. Me alegré porque vengo de tres generaciones de mujeres.

La maternidad es una experiencia que enfrenta a las mujeres a desafíos inimaginables. La palabra es exacta porque cuando uno se embarca en la travesía de ser padre cree que tiene una idea, al menos vaga, de para dónde va.

 

Soy madre de un niño varón. Cuando lo supe, estaba en mi vigésima semana de embarazo. Me alegré porque vengo de tres generaciones de mujeres.

 

Durante el embarazo escuchaba decir, a madres experimentadas y abuelas conocedoras, que los hijos varones son más fáciles de criar que las niñas. Que los niños se visten con pantalón y camisa y listo. Que el pelo va corto y no hay que hacerles peinados. Que los niños no se preocupan de su apariencia y que se la pasan golpeando balones. Con los hijos varones la única preocupación son los accidentes; son muy inquietos.

 

En un principio no cuestioné esas afirmaciones porque soy mujer y, como decía antes, crecí en una familia de mujeres. Además, soy hija de  una madre soltera de mente abierta, enemiga de la figura de mujer abnegada. Así que yo pude desplegar mi identidad femenina ampliamente. Pude ponerme ropa de varón y de mujer y de lo que se me diera la gana. La posibilidad de ir a la universidad nunca estuvo en duda, ni fue una obligación. Tuve una adolescencia libre sin el temor de volverme puta por tener sexo, o de volverme lesbiana por no tenerlo.

 

Por eso, ahora me siento tan extraña. Se supone que los problemas de género los tenemos las mujeres, Sin embargo, en los almacenes de juguetes la sección de “niñas” es siempre la más adornada, colorida y grande. La de “niños” tiende a ser gris, café, naranja, sin escarcha, ni castillos, ni unicornios de color pastel.

 

En los almacenes de ropa, para las “niñas” hay faldas, minifaldas, maxifaldas, leggins, vestidos, pantalonetas, jeans, bermudas, blusas cortas y largas, con mangas, sin mangas, mangas ¾, busos, sacos, overoles, etc, etc, etc. La sección de “niños” tiene pantalones, pantalonetas, jeans, camisas, camisetas y punto.

 

La paleta de colores de las niñas tiene permitido los pasteles, ácidos, neutros, primarios y todo lo que se les ocurra. Los colores de los niños son el azul, el caqui, el gris, el negro, el naranja y punto.

 

Las niñas se hacen moñitos, trencitas, llevan el pelo largo, corto con cintas, con ganchos, desordenado, rapado o lo que sea. Los varones lo llevan corto y punto. Las niñas se pintan las uñas, se aplican labial, rubor escarcha… Los niños no se hacen nada de eso y punto.

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A mi hijo, en cambio, le gusta pintarse las uñas, pasear su cochecito rosado, cocinar en su hornito, llevar el pelo largo, ponerse sandalias y no tiene ningún interés en su balón de fútbol. Todo lo hace en una expresión masculina incomprensible para mí.

 

En el coche no pasea ningún muñeco porque no es para eso,  me dice él. En el horno cocina los carros porque así estarán listos, afirma. Las uñas le parecen lindas en lila, amarillo y celeste y las sandalias las encuentra cómodas. Me da golpes en el estómago mientras pelea contra “los malos” al tiempo que canta a todo pulmón el soundtrack de las películas de princesas. Le encanta Rapunzel y la agente Judy Hopes, así como la agente Holly Sheep de Cars.

 

Entonces, tener un hijo varón sí me sirvió de laboratorio. Me ha permitido entender las limitaciones que tiene la masculinidad. A mi hijo lo dejo que haga lo que quiera, pues así como aprendí que las mujeres no nos dividimos entre putas y castas, yo no creo que los varones sólo sean o machos o maricas.

 

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