COLOMBIA: Una Nación que dura noventa minutos. Son solo dos horas.    

Yesid Espinosa
@YESIDESPINOSAZ

Dos horas, conformadas por 90 minutos de juego, 15 minutos de descanso entre tiempos y 15 minutos más, sumadas las caprichosas adiciones hechas por el árbitro al finalizar cada periodo. Por dos horas — quizá un poco más, este país dividido estratégicamente por los políticos y cosido a medias por sus rencores y atrocidades es una nación. Por ese corto lapso, somos un solo pueblo y tenemos, dependiendo del resultado, una sola tristeza o una sola alegría. La derrota o la victoria de once colombianos, es la derrota o la victoria de 50 millones.

En esos once muchachos de razas, regiones, idiosincrasias, familias y clubes diferentes, proyectamos nuestros sueños y frustraciones. Les exigimos más a ellos que a nuestros gobernantes e instituciones (quizá también confiamos más en ellos). Les pedimos a ellos que hagan por este país, con un balón, lo que los dirigentes con el presupuesto nacional, los empresarios con sus capitales y los ciudadanos con actitud y trabajo no hemos hecho.

Este país absurdo en el que hay que preguntar si se quiere la paz y si quiere la honradez, le demanda a esos once muchachos que unan esta colcha de retazos que, a duras penas, se vincula por la madeja de sus rencores y sus horrores. Y ellos, no sé si conscientemente, lo intentan y lo logran por dos horas.

Pero la tregua termina cuando el árbitro señala el centro del campo y hace sonar su silbato. Con ese gesto y ese sonido — Cenicienta al dar las doce— el hechizo se rompe y esa nación que duró dos horas, estalla en los odios, las ambiciones y las perfidias de siempre.

Terminado el partido esa nación se desvanece, el pueblo sólido se atomiza, pierde esa ilusoria unidad en la que se reconocía y todos regresamos a la tradicional tarea de ser enemigos.

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