Cuando tenía 3 años, Adam Kucharski (Reino Unido, 34 años) perdió la capacidad de andar. Se le diagnosticó una rara enfermedad llamada ‘síndrome de Guillain-Barré’, que se desarrolla con una parálisis progresiva. «Les dieron a mis padres una serpentina para comprobar mi capacidad respiratoria. Si no se desplegaba cuando soplase, quería decir que la parálisis había alcanzado a los músculos que bombeaban aire a mis pulmones», recuerda. Por fortuna, la serpentina siempre se desenrolló. Y Kucharski recuperó la capacidad de andar, aunque le quedaron secuelas durante años. Estudió Matemáticas y fue becario en la City de Londres, pero no se dedicó a las finanzas, sino al análisis de los brotes infecciosos. Trabaja en la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres. Ha investigado el zika y el ébola. Y ahora monitoriza en tiempo real la evolución de la COVID-19. Es autor de Las reglas del contagio (Capitán Swing).

XLSemanal. La cuesta de enero viene con la tercera ola…

Adam Kucharski. El año 2021 ha empezado peor que 2020, pero confío en que terminará mucho mejor.

XL. ¿Hemos aprendido algo en 2020?

A.K. Que si retrasas las medidas para controlar pandemia, al final el virus te obliga a tomar decisiones. O los humanos ponemos las reglas o el virus lo hará por nosotros.

XL. El virus va mutando y la nueva variante, que ya es la dominante en el Reino Unido y se ha extendido a otros países –entre ellos, España–, es más contagiosa. Menos mal que no es más letal…

A.K. Me temo que una mutación que es un 50 por ciento más contagiosa, en general, supondrá un problema mayor que una mutación que sea un 50 por ciento más letal. Son matemáticas elementales. Cuando la transmisión aumenta, al cabo de cierto tiempo habrá más muertes que si el virus causa síntomas más severos. Esto se debe al crecimiento exponencial de los contagios.

“El virus te obliga a tomar decisiones. No podemos seguir confiando en métodos que tienen más de cien años, como cerrar fronteras, parar la actividad”

XL. Por favor, haga las cuentas para los que somos de letras…

A.K. Es razonable asumir que la cifra de reproducción del coronavirus, el famoso número R, es del 1,1 por ciento (esto significa que un portador del virus contagiará a 1,1 personas), la tasa de mortalidad es del 0,8 por ciento y el periodo de incubación es de seis días. Con estos datos, si se infectan 10.000 personas, al cabo de un mes tendremos 16.000 nuevos infectados y 129 muertes. Si la letalidad aumenta un 50 por ciento, también tendremos 16.000 nuevos infectados, pero morirán 193 personas. Sin embargo, si la transmisión aumenta un 50 por ciento, tendremos en un mes nada menos que 122.000 infectados y 978 muertes.

XL. Algunos países están cerrando fronteras de nuevo. Reino Unido se ha confinado totalmente.

A.K. Será interesante examinar cómo responde cada país a las nuevas variantes del coronavirus. En concreto, muchos países han adoptado prohibiciones bilaterales a los viajes o exigen un test negativo previo para viajar. Son medidas que ralentizan el contagio, pero no lo frenan. Ya vimos al comienzo de la pandemia que la prohibición de los viajes desde y hacia los países asiáticos no impidió que el virus se propagase. Vivimos en un mundo global, muy densamente conectado. El virus acaba llegando a no ser que se cierre cada ruta posible.

“Un pánico financiero, un brote de desinformación o una ola de violencia se parecen mucho desde el punto de vista matemático porque, en esencia, son contagios. Siguen las mismas reglas”

XL. Todavía no sabemos cómo empezó la pandemia, ¿pero sabemos cómo terminará?

A.K. Puede terminar de varias maneras. La más efectiva es identificar y aislar a los positivos y sus contactos, que es lo que hicieron los países que han salido mejor parados hasta el momento, pero a veces no es fácil. También podemos reducir los riesgos con distancia social, mascarillas, lavándonos las manos… Pero esto tampoco evita del todo que se produzcan brotes. El final llegará cuando la mayoría de la población esté inmunizada. Y esto se consigue con las vacunas.

XL. Usted advirtió este verano que el mundo se dividirá en dos, dependiendo de cómo controle cada país la pandemia. ¿Lo sigue pensando?

A.K. Sí. De hecho, ya está sucediendo. A lo largo de este año veremos bastantes diferencias entre los países según cómo hayan actuado y lo eficaces que hayan sido. Habrá un impacto en la sanidad, un impacto económico y no hay que perder de vista que también habrá un impacto político, que afectará a la confianza hacia las instituciones. Es preocupante porque los países que no consigan encontrar una manera sostenible de gestionar la pandemia van a sufrir durante años, por no decir décadas.

XL. ¿Algunos países autoritarios lo han hecho mejor que las democracias?

A.K. Resulta simplón hacer una división entre la respuesta de las democracias y la de regímenes autoritarios. Cada país ha reaccionado de una manera diferente. Y confluyen muchos factores. Uno es que los gobiernos hayan impuesto medidas restrictivas o no. Otro es el acceso a los datos privados. Hay gobiernos que tienen muy asumido el acceso a la información sobre sus ciudadanos y a ejercer una vigilancia muy intensa. Por ejemplo, Corea del Sur, que es una democracia y donde el acceso a los datos de localización para controlar los brotes es algo que no vemos en Europa. Pero no solo ha dependido de los gobiernos, sino de cómo ha colaborado la población. En el fondo, el virus nos plantea una pregunta muy difícil. ¿Cómo queremos que sea la sociedad en la que vivimos? Y cada país ha respondido de una forma distinta.

XL. La desinformación está siendo una pandemia dentro de la pandemia…

A.K. Las tácticas de desinformación no solo consisten en propagar bulos. A veces son más sutiles y no tratan de convencernos de algo concreto, sino que intentan crear contradicciones en la opinión pública y socavar la confianza en las noticias veraces, hasta hacernos dudar de la noción misma de verdad. En lo que se refiere a la COVID-19, intentan machaconamente ‘colarnos’ que no es algo tan serio o que hay alguien detrás. Es agotador responder y se pierde mucho tiempo, pero, si no se hace, puede ser muy difícil parar la desinformación que, al fin y al cabo, es otro tipo de contagio.

“Los países que no consigan encontrar una manera sostenible de gestionarla pandemia van a sufrir durante años, por no decir décadas”

XL. Para un matemático como usted debe de resultar curioso cómo mucha gente se ha acostumbrado a utilizar conceptos matemáticos como el número R, el aplanamiento de la curva, los ‘superpropagadores’…

A.K. La verdad es que sí. Por supuesto, es más complejo y hay muchos factores que intervienen y que nos ayudan a elaborar un modelo de la pandemia. Y este modelo debería contribuir a predecir su evolución y, finalmente, a controlarla. Pero la gente debe entender que un modelo no es un parte meteorológico.

XL. ¿Qué quiere decir?

A.K. El ser humano no puede influir en el tiempo que hará, pero sí puede influir en cómo evolucionará la pandemia. El aislamiento de alguien que ha dado positivo reduce la transmisión porque la persona está menos tiempo siendo un posible foco de contagio. Las mascarillas reducen las oportunidades de que el virus se transmita. Y las vacunas son decisivas para que la susceptibilidad al virus disminuya.

XL. Las matemáticas son un lenguaje universal, ¿pero le pedimos certezas imposibles en un mundo incierto?

A.K. Hay un trecho entre la elegancia de la fórmula matemática y este mundo caótico. Pero las matemáticas pueden ser muy útiles. Un pánico financiero, un brote de desinformación o una ola de violencia se parecen mucho desde el punto de vista matemático porque, en esencia, son contagios. Mi mujer es publicista. Ella quiere que una campaña se propague al máximo. Yo soy epidemiólogo y lo que quiero es contener las infecciones. En ambos casos y aunque nuestras metas son contrapuestas, las reglas son parecidas.

XL. ¿Cómo de parecidas?

A.K. Uno de los ejemplos más familiares de contagio social es el bostezo. Cuanto más conocemos a alguien, más probable es que imitemos su bostezo… Lo mismo que el coronavirus, que nos lo suele contagiar alguien cercano. Y los contagios se propagan según un patrón: un estallido al que sigue un crecimiento, se alcanza el pico y comienza el declive. Las burbujas son el paradigma. A veces la gente invierte basándose en la asunción de que otros muchos se unirán después, aumentando así el valor de su inversión. Esto se conoce como la ‘teoría del tonto mayor’: la gente sabe que es estúpido comprar algo más caro de lo que vale, pero cree que ahí fuera hay alguien aún más tonto que se lo comprará aún más caro.

“Las tácticas de desinformación no solo consisten en propagar bulos, a veces son más sutiles, intentan hacernos dudar de la noción misma de verdad”

XL. Alcanzar la inmunidad de rebaño es el objetivo de todos, aunque algunos buscaron atajos…

A.K. El debate sobre la inmunidad de rebaño ha sido muy engañoso. Ningún país europeo la hubiera conseguido sin un altísimo coste de hospitalizaciones y muertes. En marzo, cuando abandonó la idea, Reino Unido iba directo al desastre. Suecia siguió adelante. Puso algunas medidas de control, aunque mucho menos restrictivas que los países de su entorno. Y ha sufrido más que Dinamarca o Noruega. Pero hemos descuidado una cuestión muy importante. ¿Qué medidas son sostenibles a largo plazo? Sí, el confinamiento funciona. Pero no puedes pedirle a la gente que se someta a confinamientos durante uno o dos años. Debemos encontrar soluciones más efectivas y con menos trastornos para la población.

XL. ¿Por ejemplo?

A.K. Hay que aprender de los países que lo han hecho bien, como Taiwán y Corea del Sur, donde desde el principio hicieron un esfuerzo por realizar test masivos y rastreos metódicos y donde se aislaba a los positivos incluso antes de que desarrollaran los síntomas. No podemos seguir confiando en métodos que tienen más de cien años, como los cierres de fronteras. Muchos países lo hicieron en 1918 y tuvieron el mismo pobre resultado que ahora. Estamos en 2021 y ya es hora de mirar otras maneras que no sean parar la actividad.

XL. ¿Por dónde empezaría?

A.K. Tenemos la tecnología… El rastreo de la huella digital hace factible el rastreo rápido. Por supuesto, hay que encontrar un equilibrio con la privacidad, pero necesitamos ese debate. Sospecho que mucha gente estaría contenta de compartir sus datos de salud si eso significa que no hay que confinar una ciudad o cerrar los negocios.

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