Filosofía

80 años sin Walter Benjamin: sus últimos pensamientos antes de suicidarse en Portbou


En 1940, en una ciudad española en la frontera con Francia, acorralado por las fuerzas franquistas que lo entregarían a la Gestapo al día siguiente, el filósofo alemán de origen judío decidió morir. En esta nota, un recorrido por algunas de las relaciones —Theodor Adorno, Gershom Scholem, Asja Lacis— que marcaron su vida


¿Cómo habrá transcurrido  sus últimas horas, esas últimas doce horas de vida, en el Hostal Francia, en , en la frontera francesa y española que nunca pudo atravesar? Benjamin se quedó en PortBou, en una habitación del hostal vigilada por tres soldados de la Guardia Nacional franquista española que tenían la orden de entregarlo a las autoridades francesas que en aquel momento estaban regidas por el régimen instalado, y su capital era Vichy, con el Mariscal Pétain, una marioneta de Hitler para simular la genuflexión del gobierno francés ante los nazis, que habían decidido exterminar a judíos e izquierdistas del país galo. ¿Cómo habrá transcurrido el pensador judío Walter Benjamin sus últimas horas en Portbou, antes de decidir suicidarse?

Habrá pensado en Theodor W. Adorno, que se había convertido, entre otras cosas, en el objetivo que salvaría su vida. Adorno había dejado Alemania hacía algunos años y junto a Max Horkheimer había reinstalado la Escuela de Frankfurt en Nueva York. Desde allí le había insistido a Benjamin en que abandonara Europa, pero esas recomendaciones resultaban vanas. Si bien Benjamin había debido dejar la Alemania nazi para radicarse en la París de su Libro de los pasajes, también es cierto que pensaba que no abandonar Europa era un acto de resistencia: el pensador alemán estaba convencido de que el proletariado se alzaría contra el fascismo y la guerra y se produciría la revolución social. No pudo ser.

Cuando Alemania invadió Francia e instaló Vichy, decidió hacerle caso a su amigo, llegar a Lisboa y de ahí partir a Nueva York. Un retén en Por Bou lo impediría pero, antes de tomar una cantidad de pastillas de morfina que le asegurarían la muerte, escribió una nota que le dejaría a uno de sus compañeros de travesía: “En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar. Es en un pequeño pueblo situado en los Pirineos, en el que nadie me conoce, donde mi vida va a acabarse. Le ruego que transmita mis pensamientos a mi amigo Adorno y que le explique la situación a la cual me he visto conducido. No dispongo de tiempo suficiente para escribir todas las cartas que habría deseado escribir”.

Como escribe Santiago Roggerone, “podría decirse que Benjamin no solo reconocía en Adorno a un discípulo y continuador de su trabajo, sino también que le concedía algo de lo que este siempre se había arrogado: ser el benjaminiano más ortodoxo de los dos. (Para Adorno) había un nuevo pacifismo en sus ataques críticos, pues ya no podía seguir liquidando al idealismo —ya no después de Auschwitz—, ya no podía hacer explotar las formas cosificadas —la catástrofe de Hiroshima lo vedaba—, la posibilidad misma de la crítica, de hecho, se encontraba contrariada —Benjamin había sido una fatal víctima de ella—. Era como si tras la desintegración de la experiencia la época vivida fuera una en la que los hombres ya no se encontraban subjetivamente aptos para escribir todas esas cartas que Walter Benjamin y Theodor W. Adorno se escribieron durante la trágica década de 1930”.

Mientras disponía las pastillas de morfina con las que moriría en la mesita de luz de la habitación del hostal Francia, en Portbou, Walter Benjamin habrá pensado en su amigo Gershom Scholem, asentado en las tierras de la antigua Palestina. El alemán Scholem había logrado una gran afinidad con Benjamin por su interés común en la Cábala, ese libro infinito del pueblo judío. Ambos discutían en sus cartas a partir de puntos comunes, como la admiración intelectual del Angelus Novus, del pintor Klee, y sobre todo Kafka, que con su origen común judío permitía una lectura mística de sus escritos. Scholem instó a Benjamin a partir juntos hacia Palestina, donde el pensador místico había decidido radicarse no sólo por sus pasiones talmúdicas, sino por su adhesión política por el sionismo.

Sin embargo, en esos años 20 de la República de Weimar, Benjamin ya había sido ganado a las ideas del marxismo y la revolución social, que se encontraban en oposición al sionismo. Frente al ascenso del fascismo y la subida de Hitler al poder en Alemania, Scholem había redoblado sus esfuerzos para que Benjamin fuera a Palestina. Quizás el estudio talmúdico no implicara una objeción entre los intereses intelectuales de Benjamin, pero el sionismo marcaba un límite. Mientras recorría en grupo los montes que lo depositarían en Portbou, Benjamin habrá pensado en su amigo, quizás revolviendo páginas del Talmud en una sinagoga en el desierto.

¿Y la noche que permaneció solo, apoyado en un árbol en el empinado y pedroso camino que llevaba a Portbou y la frontera salvadora? Walter Benjamin habrá pensado esa noche en Asja Lacis, el gran amor de su vida. Benjamin tenía 48 años y ya había experimentado problemas cardíacos y por eso de noche se había quedado en el camino mientras su guía antifascista Lisa Fittko regresaba al pueblo fronterizo francés en el que vivía y donde Benjamin había tocado su puerta el día anterior. Así recordaba las palabras que había pronunciado esa aparición: “Estimada señora, le ruego que perdone la molestia, espero no haber llegado en momento inoportuno —pensé: el mundo está saliéndose de quicio, pero la cortesía de Benjamin permanece inalterable—. Su señor esposo me ha explicado cómo podía encontrarla. Me dijo que usted me llevaría a España, cruzando la frontera”.

En esos momentos habrá pensado en la Moscú que le mostrara Lacis. La había conocido en Capri en 1924. Lacis estaba allí por el clima propicio para las enfermedades de su hija Daga. Benjamin estudiaba y escribía. Así dice Lacis que se conocieron: “Yo iba a menudo a comprar con Daga a la Piazza. En una ocasión quise comprar almendras en una tienda. No sabía cómo se decían las almendras en italiano, y el vendedor no entendía lo que yo quería de él. A mi lado había un hombre y dijo: ‘Señora, ¿me permite ayudarla?’. ‘Por favor’, respondí. Conseguí las almendras y salí con mi paquete a la Piazza. El caballero me siguió y me preguntó: ‘¿Me permite acompañarla y ayudarla con el paquete?’. Lo miré y él continuó: ‘Permítame presentarme: Doctor Walter Benjamin’. Le dije mi nombre. Mi primera impresión: gafas que despedían pequeños destellos de luz, grueso cabello oscuro, nariz fina, manos torpes (el paquete se le caía continuamente de las manos). En conjunto: un intelectual de verdad, uno de los acomodados. Me acompañó hasta casa, se despidió de mí y me preguntó si podía visitarme. Vino al día siguiente. Estaba en la cocina y cocinaba espaguetis, encendía con paja el fuego. Pronto trabó amistad con Daga. En Calle de dirección única habla de una pequeña muchacha que se negaba a saludar al invitado porque todavía no se había lavado, pero que después de haberlo hecho entró desnuda en la habitación para saludar. Se trataba de Daga. Mientras comíamos los espaguetis dijo: ‘La observo desde hace dos semanas. Cómo usted, en su traje blanco, con Daga, con sus largas piernas, no atraviesan la Piazza, sino que como flotan por ella’”.

Lacis estaba casada con el dramaturgo austríaco Bernhard Reich, que también estaba en Capri. Lacis era una actriz que había abrazado la causa de la Revolución de Octubre y que era una bolchevique convencida. En su faceta actoral, había fundado un teatro infantil proletario para el desarrollo de los hijos de las víctimas de la guerra civil que sobrevino a la revolución. Scholem despreciaba a Lacis: no sólo la subestimaba intelectualmente sino que la veía como un obstáculo para llevar a Benjamin a Palestina ya que era una influencia comunista. Lacis emprendió su relación con Benjamin también como una competencia con el místico. Benjamin viajó a Moscú en 1927, y Lacis se congratulaba de haberlo convencido.

Pero llegó en medio de una internación de Lacis debido a una crisis nerviosa. Debió pasear solo por Moscú, en medio de encuentros y desencuentros con la actriz, de la presencia física y fantasmática de su pareja Reich. Así y todo, Benjamin pensaba en Lacis al escribir:

“El hombre enamorado no solo siente apego por los posibles ‘defectos’ de la amada, por sus tics y sus debilidades, sino que las arrugas de su rostro y los lunares que aparecen en la piel, los vestidos raídos y los andares al sesgo lo atan más duradera e implacablemente que ninguna belleza. Esto se sabe desde hace mucho tiempo. Y ¿por qué sucede? Si es verdadera la teoría que nos dice que la sensación no anida en la cabeza, que no sentimos sin duda una ventana, una nube o un árbol en nuestro cerebro, sino en el lugar donde lo vemos, también cuando miramos a la amada nos encontramos fuera de nosotros. Pero dolorosamente absortos. Deslumbrada, la sensación revoletea, cual bandada de pájaros en el resplandor de la mujer. Y así como los pájaros buscan amparo en los frondosos escondrijos que un árbol les ofrece, las sensaciones huyen a las arrugas sombrías, a los gestos sin gracia y los defectos irrelevantes del cuerpo amado, donde se acurrucan como dentro de un seguro escondrijo. Y ninguno que pase por ahí se imaginará que justamente en lo defectuoso y censurable es en donde anida la emoción tan veloz como un rayo del admirador enamorado”.

La frontera estaba cerrada. Benjamin tomó las pastillas de morfina y tocó la puerta de una de las mujeres del grupo que ansiaba cruzar la frontera, a la que explicó la situación. De inmediato se desvaneció. Nunca más despertó y se lo pudo enterrar en el cementerio católico de Portbou. El maletín donde guardaba unos manuscritos que atesoraba con delectación no fue encontrado luego. Walter Benjamin había muerto.

Al día siguiente se abrieron las fronteras.

#SomoPeriferiaUrbana


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