Perfiles

Más como Malala Yousafzai   

Foto: NYT

Por Andrés Felipe L.

Quizás este escrito resulte un poco trasnochado. sufrió el atentado que casi le cuesta su vida en octubre de 2012 y se ganó el de en 2014. Pero hasta hoy vi su documental titulado “Él me llamó Malala” inspirado en su libro “Mi nombre es Malala”. De inmediato tuve que sentarme para escribir estos párrafos con las ideas aún frescas, antes de que me ataquen de nuevo los prejuicios.

Lo primero que debo decir es que la imagen que yo tenía de Malala dista mucho de la que se puede ver en el documental. Supuse que esta pequeña revolucionaria, proveniente de una cultura por tradición restrictiva con las mujeres, fundaba su lucha en el rechazo total a los mandatos de su religión y sociedad. Pero no, Malala jamás renuncia ni reniega de la esencia de sus creencias sino que se enfoca puntualmente en lo que ella considera adecuado y justo para todas las mujeres que comparten con ella hábitos y costumbres. Su lucha se fundamenta específicamente en el derecho que deben tener las mujeres desde que son niñas a la educación. Además, reconoce con gran tino que la mujer no es inferior al hombre y que por el contrario es “incluso más poderosa”. Por eso se niega a hacerle caso a su madre sobre el mandato tradicional de no mirar a los hombres a los ojos porque es señal de impureza. Su respuesta es simple y lógica “si ellos me miran, yo por qué no los puedo mirar”. Y así son la mayoría de argumentos de Malala, simples y lógicos, propios de la niña de 17 años que era cuando se filmó el documental, pero con una fuerza discursiva y deliberativa enorme, lo que le ha valido ser una líder de talla mundial.

Malala reconoce en sus propias costumbres, cultura y religión, el camino adecuado para su vida y respeta profundamente las creencias de su madre, más allá de que no comparta muchas de sus convicciones y reglas. Malala demuestra que no es necesario renunciar ni denigrar de la propia esencia espiritual o religiosa para exigir derechos que resultan revolucionarios y necesarios en función de construir el bienestar individual y colectivo, luchando desde las mismas entrañas de la opresión.

La región de Malala, el valle del río Swat en , fue ocupada por los talibanes que prohibieron toda la educación para las mujeres, especialmente para las menores de quince años. Los talibanes constituyen el ala más radical del islam y su organización militar les ha permitido someter a las personas que viven bajo su dominio con base en unas normas rígidas cuyo no cumplimiento es castigado con la muerte.

El padre de Malala era maestro en Pakistán y además líder político en su región. Su militancia política lo puso en riesgo inminente ante las represalias talibanes. Pero fue Malala quien se hizo visible desde los doce años cuando asumió las banderas del derecho a la educación de las niñas del Valle del río Swat. Primero, como corresponsal bajo seudónimo de la BBC y luego como el rostro público, joven y femenino de una lucha que parecía imposible en medio de las balas y el miedo, mientras las fuerzas del Estado pakistaní se batían en fieros combates con los talibanes en su valle.

En octubre de 2012, cuando apenas tenía 15 años, a Malala le dispararon en la cabeza. No la querían asustar. La querían silenciar para siempre. Pero sobrevivió. Y su historia después del atentado le hace honor a la grandeza de su historia antes de que intentaran matarla.

Malala no guarda rencor, no transpira odio, no quiere venganza. Y no solo porque ella misma lo diga, sino porque se le nota. Sus palabras son serenas, el aura que transmite produce paz y su vida, aunque viciada por la fastuosidad de las grandes celebridades, mantiene el carácter simple y sano de un hogar convencional. Sin duda, ha sabido asumir el reto que el destino le ha impuesto y se ha convertido en un faro para las luchas profundas de las mujeres en el mundo.

La lucha de Malala no es cosmética ni fanática. No pretende que el mundo se desgaste en discusiones insulsas y estériles como la del lenguaje incluyente, sino que se centra en el derecho universal a la educación, especialmente para las mujeres a quienes se les niega este derecho culturalmente. Pero no tiene ningún interés en atacar religión o cultura alguna. Por el contrario, es desde su propia religión, de la que es ferviente seguidora, desde donde da esta lucha, toma riesgos y logra resultados.

Para resumir y concluir, Malala nos deja dos grandes enseñanzas: Primero, que la educación no es valiosa por el conocimiento que inculca sino por la capacidad que da para discernir, deliberar, criticar y transformar; y segundo, que se pueden generar grandes cambios desde adentro, sin violencia y sin necesidad de destruir el marco de las creencias propias para exigir derechos puntuales, y sin atacar o abandonar a la religión, espiritualidad o principios en los que hemos sido formados.

Finalmente, hay una cicatriz que aún no cierra en Malala: no poder regresar a su adorado valle del río Swat. Ella poco extraña la movilidad del hemisferio derecho de su rostro o poder escuchar por su oído izquierdo. Pero cada vez que recuerda su tierra, la melancolía que emana de sus ojos es enorme, tanto como la porción de planeta que hay desde Birmingham en Inglaterra hasta su natal Mingora en Pakistán. Ese fue el precio que tuvo que pagar para su profundo pesar y para la alegría de la humanidad. Ahora Malala está viva. Y su lucha también.

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