Dossier Coca

La coca, una historia milenaria y ancestral

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Foto: CAMILO MEJíA

Freud fue uno de los primeros defensores de la idea de que la cocaína podría ser la panacea universal, es decir, que podía servir para curar cualquier dolor, mal, enfermedad o adicción. Pero pronto tuvo que reconocer que estaba equivocado, muy equivocado.

El científico vienés escribió un libro que hizo carrera en el mundo científico y sacudió a la comunidad con sus afirmaciones. Este libro tenía como título Ûber Coca. Todavía se puede leer con algo de gozo y apasionamiento. Sin embargo lo que Freud no previó fue que la cocaína -exacto, la cocaína, no la coca- se volvería uno de los peores flagelos que tenga la humanidad en nuestro tiempo. Su hija hizo este retrato sobre el libro y sus ideas acerca de la cocaína.

Julio de 1884

En su apasionado artículo “Sobre la coca” el primero que escribió sobre este tema, Freud ofrece al lector una enorme cantidad de datos sobre la historia de la utilización de esta planta en Sudamérica, su exportación a Europa, sus efectos sobre los seres humanos y los animales, y sus múltiples usos en terapéutica. Incluye detalladas descripciones de las investigaciones realizadas por muchos autores. Ya en este momento aparecen algunos indicios que apuntan hacia las propiedades anestésicas de la droga y las esperanzas que en este sentido hace concebir, aunque no llegue a hablar de aplicaciones concretas.

El autor está en favor del uso de la coca y en algunos momentos se muestra casi entusiasta en sus alabanzas.

En la posterior adenda a este trabajo, Freud menciona el uso que Koller hizo de la cocaína para anestesiar la córnea en las operaciones oftalmológicas, práctica que desde entonces se hizo famosa.

Anna Freud

Lo que aquí nos importa es la coca, no la cocaína, aunque sepamos que son un binomio indisoluble para Occidente.

La planta de la coca

La Erythroxylon coca, planta que produce la coca, es un arbusto que llega a medir entre un metro veinte y un metro sesenta centímetros, y tiene cierta similitud con el endrino. Se cultiva en anchas zonas de Sudamérica, especialmente en Colombia, Perú y Bolivia. Los lugares donde crece mejor son los cálidos valles de las laderas orientales de los Andes, entre los mil quinientos y los mis ochocientos metros sobre el nivel del mar, en climas lluviosos exentos de temperaturas extremas. Las hojas, que proporcionan un estimulante indispensable a unos diez millones de personas, tienen forma ovalada, de cinco a seis centímetros de longitud. Están unidas al tronco por tallos, son enteras y están recubiertas de un polvo blanquecino. Se distinguen por la presencia de dos pliegues lineales, más patentes en el envés de la hoja, que cortan como si fueran nervios laterales a lo largo del nervio central desde la base hasta la punta, formando un arco plano. El arbusto produce unas flores blancas, en grupos de dos o tres, y sus frutos son rojos y en forma de huevo. Puede ser reproducido tanto por medio de semillas como de esquejes; las plantas jóvenes se trasplantan cuando tienen un año, y al cabo de dieciocho meses dan su primera cosecha de hojas. Se considera que las hojas están maduras cuando llegan a endurecerse tanto que su tallo se rompe con sólo tocarlo.

Al llegar ese momento son puestas rápidamente a secar al sol o con la ayuda del fuego, y colocadas luego en cestos para su transporte. En condiciones favorables un arbusto de coca da cuatro o cinco cosechas cada año, y la planta puede seguir a este ritmo durante treinta y hasta cuarenta años. La gran escala de su producción (se dice que la producción anual es de trece millones y medio de kilogramos) hace que las hojas de coca sean un producto importante tanto para el comercio como para la política fiscal de los países en los que se cultiva.

Foto: AFP

Historia y aplicaciones de la coca en su país de origen.

Cuando los conquistadores españoles se abrieron camino por la fuerza hacia el interior del Perú, vieron que la planta de la coca era cultivada y muy estimada por los habitantes de este país, y también que estaba estrechamente relacionada con las costumbres religiosas locales. Según la leyenda, Manco Capac, el hijo del Sol, descendió en tiempos remotos de las cumbres del lago Titicaca para llevar la luz de su padre a los desgraciados habitantes del país; consigo llevaba también muchas enseñanzas y así explicó a los hombres la vida de los dioses, les enseñó la práctica de artes útiles, y les dio además la hoja de la coca, esa planta divina que sacia al hambriento, hace fuerte al débil, y permite al desgraciado olvidar su tristeza. Era costumbre ofrecer hojas de coca a los dioses, masticarlas durante las ceremonias religiosas, y hasta poner algunas en la boca de los muertos para asegurarles un buen recibimiento en el otro mundo. El Inca Garcilaso, historiador de la conquista española y descendiente de los incas, dice que al principio la coca no abundaba y que solamente podían utilizarla los miembros de las principales familias; sin embargo, en la época de la conquista hacía ya tiempo que todo el mundo podía obtenerla. Garcilaso trató de defender la coca contra la prohibición de su consumo impuesta por los conquistadores. Los españoles no creían en los efectos maravillosos que producía la planta -que para ellos eran obra del diablo- debido principalmente a la función de la coca en el ceremonial religioso. Un sínodo celebrado en Lima llegó al extremo de prohibir el consumo de la coca porque, en su opinión, era algo pagano y pecaminoso. Pero la actitud de los extranjeros cambió cuando observaron que los indios no eran capaces de llevar a cabo las penosas tareas que se les imponían en las minas si no se les daba su ración de coca. Entonces decidieron modificar parcialmente su anterior decisión: se distribuyó nuevamente coca a los mineros, tres o cuatro veces al día, concediéndoles cortos períodos de descanso en el trabajo para que mascaran las hojas. De esta manera la planta ha podido conservar su prestigio entre los nativos hasta la actualidad. Quedan todavía algunas huellas de la veneración religiosa que el pueblo indio sentía por la coca.

El indio lleva siempre consigo una bolsita con hojas de coca (una chuspa) cuando viaja, y también una botella con cenizas de la planta (llicta). En la boca hace una bola con las hojas y después atraviesa varias veces la bola con un clavo empapado en la ceniza. Después masca las hojas lenta y sistemáticamente, con abundante secreción de saliva. Se dice que en otras zonas se añade a las hojas un poco de tierra, tonra, que en este caso sustituye a la ceniza de la planta. No se considera exagerado masticar de tres a cuatro onzas de hojas cada día. Según Mantegazza, el indio empieza a utilizar este estimulante en su primera juventud, y sigue haciéndolo a lo largo de toda su vida. Cuando tiene que realizar un viaje difícil, cuando toma a una mujer, o, en general, siempre que sus fuerzas tienen que hacer frente a una prueba que exige un rendimiento mayor de lo normal, el indio aumenta su dosis ordinaria.
(No se ha comprobado con seguridad cuál es la finalidad de la operación de mezclar los álcalis de la ceniza. Mantegazza afirma haber mascado hojas de coca con y sin mezcla de ceniza y que no notó ninguna diferencia. Según Martius y Demarle, la cocaína es liberada de su combinación con ácido tánico mediante la acción de los álcalis. Una llicta que fue analizada por Bibra estaba formada por un 29 % de carbonato de cal y magnesio, un 34 % de sales potásicas, un 3 % de tierra arcillosa y hierro, un 17 % de elementos insolubles de tierra arcillosa, tierra silícea y hierro, un 5 % de carbono y un 10 % de agua.)

Hay muchas pruebas que demuestran que los indios, cuando se encuentran bajo la influencia de la coca, pueden resistir extraordinarias pruebas físicas y realizar trabajos muy duros sin necesidad de tomar una alimentación adecuada durante ese tiempo. Valdez y Palacios afirma que gracias a la coca los indios son capaces de caminar cientos de horas seguidas y correr más que un caballo sin mostrar signos de fatiga. CasteInau, Martius, y Scrivener han confirmado este dato, y Humboldt habla también de ello en el relato de su viaje por las regiones ecuatoriales, donde afirma que éste era un hecho conocido generalmente por todo el mundo. Se cita frecuentemente el informe de Tschudi que habla de un cholo (mestizo) al que pudo observar de cerca. El hombre en cuestión realizó un duro trabajo de excavación durante cinco días y cinco noches sin dormir más que dos horas cada noche, y sin consumir nada que no fuera coca. Una vez terminado el trabajo acompañó a Tschudi en una excursión en mula de dos días. El mestizo hizo el recorrido a pie. Terminada su hazaña dijo que estaba dispuesto a hacerlo todo otra vez, sin comer, si le daban suficiente coca. Era un hombre de sesenta y dos años de edad y no había estado nunca enfermo.

En el Journey of the Frigate «Novara» [Viaje de la fragata Novara] se relatan casos similares de aumento de la potencia física debidos al consumo de la coca. Weddell, von Meyen, Markham, e incluso Poeppig (a quien tenemos que agradecer multitud de informes difamatorios contra la coca) no pueden sino confirmar que esta droga produce los citados efectos. Desde que se conoció la utilización de la hoja de la coca, siempre ha producido asombro en todo el mundo.

Otras informaciones dan gran importancia a la capacidad de los «coqueros» (masticadores de coca) de abstenerse de tomar alimentos durante largos períodos de tiempo sin padecer ningún tipo de consecuencias negativas. Según Unanué, cuando en la ciudad de La Paz no podían conseguirse alimentos el año 1781, sólo sobrevivieron aquellos que tomaron coca. Según Stewenson los habitantes de muchas zonas de Perú ayunan durante uno o varios días sin dejar de trabajar, gracias al uso de la coca.

Ante todas estas informaciones y teniendo en cuenta el papel desempeñado por la coca en Sudamérica durante siglos, hay que rechazar la opinión expresada por algunos que afirman que el efecto de la coca es solamente imaginario y que, gracias a la práctica, los nativos sudamericanos son capaces de realizar las hazañas que se les atribuyen, sin necesidad de la coca. Podría esperarse que llegaran informaciones diciendo que los coqueros compensan su ayuno comiendo más en los intervalos entre los períodos durante los cuales se abstienen de comer, o que debido a su forma de vida entran en una rápida decadencia. Las informaciones dadas por los viajeros por lo que se refiere a la primera posibilidad no permiten extraer conclusiones; en cuanto a la segunda, testigos dignos de crédito han negado que sea cierta. Desde luego, Poeppig pintó una terrible imagen de la decadencia física e intelectual que según él es consecuencia inevitable de la utilización habitual de la coca. Pero todos los demás observadores afirman que el consumo moderado de coca fomenta la salud en lugar de limitarla, y que los coqueros alcanzan larga vida. Weddell y Mantegazza señalan, sin embargo, que una utilización exagerada de la coca produce una caquexia que se caracteriza físicamente por causar problemas digestivos, y una gran delgadez, mientras que mentalmente lleva a la depravación moral y a una total apatía frente a todo lo que no sea el disfrute del estimulante. También los blancos sucumben a veces y caen en este estado, muy similar al de los síntomas del alcoholismo crónico y de la morfinomanía. De todas formas, normalmente la coca no se toma en cantidades exageradas y nunca se utiliza para compensar una posible desproporción entre los alimentos tomados y el trabajo realizado por los coqueros.

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